Horas de ocio en el país del Ying

.

A Bradbury, Lord Dunsany y Machen

Mientras voy a la deriva de mi cuerpo
a través de un río suave va cantando
para mí, un coro de dulces odaliscas
que me cuentan las hazañas del pasado.

El gran Dios Pan cuál Virgilio me recibe
y me lleva a conocer el Pueblo Blanco.
Mientras ellos me ofrecen libaciones,
flores, risas, canciones y remansos,
yo me voy a practicar con los Arqueros
de San Jorge, que certeros van cortando
el vuelo recto de los pulpos y los pájaros.

El País del Ying, como llaman a esta tierra,
tiene mitos eleusinos, tiene espacios
para que en una amalgama misteriosa
vivan celtas, macedonios, jonios, tracios,
cien legiones de dragones que combaten,
bibliotecas de portentos, pozos ácidos,
ciudades que se pierden en la niebla
y campos de amapolas por traspatio.

Yo sé que mi visita de hoy es corta,
aunque largo sea el camino que haya andado
para ver y tocar la maravilla
de este mundo onírico, que tanto he deseado.

Más, al tratar que del arco esa cuerda
mi brazo tense, con asombro me percato
que mi mano no está donde debía,
ni mi pierna izquierda he conservado.

El dolor me muerde con saña repetida,
digo adiós a los ríos y los pájaros
mientras Pan me pide que regrese,
que me ama y desde ayer me está esperando.

Esta vez no habrá capitán que me despierte
de mi sueño que no es opio: se ha agotado
la reserva de oxígeno y el remanente
me transporta alucinando hacia un resguardo
dónde bien podría yo perderme y encontrarme
si esa luna en mi visor no crece tanto.

Inyecto entonces mi última dosis de morfina,
para que estas horas de deriva pasen rápido:
mi cuerpo cojo y manco vuela presto en el vacío
al país del Ying… que mora en esa roca
y acunará a un astronauta destrozado.

-Álex Padrón, diciembre 2020


.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Ir arriba
A %d blogueros les gusta esto: