El yayo viene luego

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 “La muerte no es verdad, cuando se ha
cumplido bien con la obra de la vida”.

José Martí

Xavi era un niño muy majo, pero si algo odiaba era que los mayores mintiesen. Al fin y al cabo, ya no era pequeño: quizás su hermanita de tres no entendía que algo raro estaba pasando, pero él tenía cinco y le extrañaba mucho que su abuelo no regresaba.

¿O quizás ya ella sabía también que algo andaba mal, y por eso lloraba y no podía dormir en las noches? Con poca edad también hay cosas que ya se saben. Lo primero que Xavi recuerda en su vida se remontaba  más o menos a los tres años: el olor tibio a cebolleta regada y a tierra, que despedía su aroma agradecido, mientras él sostenía la manguera y el yayo sacaba con mano experta la maleza entre los apretados canteros.

No era inusual que su primer recuerdo tuviese que ver con el abuelo. Xavi pasaba más tiempo con él que con mamá, siempre atareada en la cocina y con Violeta, o papá, siempre trabajando en el negocio familiar. El yayo no: una vez le había dicho que era su bendición, porque desde que la abuela se había ido con Dios su huerta, sus libros y sus nietos eran toda su alegría. Siempre tenía tiempo para responder a lo que Xavi quería preguntar, y no desesperaba si era muy complicado: la duda se convertía en una aventura en la que ambos echaban la tarde ojeando entre los volúmenes de la biblioteca, el yayo leyendo con sus espejuelos montados al aire y el nieto mirando las láminas. A veces no encontraban la respuesta, pero casi siempre hallaban muchas preguntas aún más interesantes.

A Xavi también le costaba dormir sin las historias de aventuras y mar que el yayo les contaba en la noche, ahora que abuelo tuvo que ir de visita al hospital. En los últimos días antes de su partida no tenía ánimos para perseguirle de mentiras con el rastrillo por la huerta, amenazándole con plantarle para que brotara un árbol de muchos nietos. Tampoco estaba fuerte para escribir en su cuaderno dorado con esa caligrafía bonita y apretada, donde le dedicaba todos los días un poema a la abuela, para que ella supiese cuanto la quería aunque estuviesen lejos. No le dejaban ya quedarse a dormir haciéndose mutua compañía, porque el yayo tosía mucho cuando estaba despierto y le costaba respirar cuando se reía. Xavi prometió que se quedaría quieto y no haría ninguna mueca, pero ahí mismo se sucedieron las toses disfrazadas de risas, y le echaron a jugar afuera, con la excusa de vigilar a Violeta.

Al yayo le vinieron a buscar en una furgoneta blanca que tenía luces en el techo, de esas que cuando van con apuro suenan sirenas, para que todos se aparten. Ese día, sin embargo, parece que tenía tiempo de sobra, porque salió de la cochera en silencio. Xavi quiso acompañar al abuelo para que no estuviese solo, pero papá le dijo que era mejor que se quedase en casa con mamá y Violeta. Aunque se sintió importante por la misión de ser por un tiempo el hombre de la casa, en los días sucesivos vinieron tantas tías y primas a visitarles y quedarse con ellos que preguntó otra vez si podía ir a acompañar al yayo al hospital. No le dijeron ni sí ni no: otra vez le mandaron a jugar fuera, lo que a Xavi le pareció una excusa repetitiva para no decirle la verdad.

Para matar el tiempo y que el abuelo viese que se había ocupado como un hombre de las labores de la casa, Xavi se dedicó con empeño a sacar los yuyos de las cebolletas. Después de todo, esa era la segunda palabra que había aprendido a decir, antes de mamá o papá. La primera había sido “yayo”: el abuelo lo contaba con orgullo a sus amigos cuando iban juntos al parque a jugar petanca, o a montar los columpios. Bueno, el niño, porque el abuelo se mareaba cada vez más a menudo. Pero cuidar de la huerta era una tarea importante, así que por lo menos eso podía hacer un chaval como él.

Un día, aunque despertó y tomó el rastrillo, a Xavi no lo dejaron salir a limpiar las cebolletas. Todos en la casa tenían los ojos rojizos, ocultaban pañuelos y esquivaban al niño cuando les preguntaba cuando venía el abuelo. Poco a poco, la familia se fue marchando a sus casas y sus vidas. La última en irse fue la tía Juana, la hermana menor del abuelo, que le beso en la frente y le dijo que el yayo no regresaba más, que se había ido con Dios.

Por supuesto, Xavi lloró sin consuelo ese día, y aunque su madre trató de distraerle al final terminó desahogándose junto a él. Hasta Violeta se unió al coro, más por solidaridad que por entender que no vería más al abuelo. El niño estaba seguro que se quedaba entonces solo, y aunque el pensamiento que ahora el yayo estaría con esa abuela que no había conocido no era triste, él si lo estaba.

Papá no estaba triste, sino que sonreía.

–¿Por qué la cara larga? –le dijo a Xavi, restando importancia a sus lágrimas– No te preocupes: el yayo viene luego.

Por esa frase, Xavi estuvo molesto con su padre de por vida. Por unos meses le creyó y la seguridad del retorno le dio el ánimo para esperar, sacando los yuyos y desempolvando los muebles del cuarto de su abuelo. Papá incluso le dejó dormir en la cama del yayo, para que fuese el primero que se enterase cuando volviese, perpetuando el engaño. Pasaron los meses y Xavi desesperaba, pero la respuesta de su padre era siempre la misma.

Ahora ya no podía pensar tanto en su soledad, porque había empezado la escuela y había mucho que hacer entre las lecciones y jugar con los otros chavales. Poco a poco Xavi empezó a aprender lo que decían las letras debajo de las láminas de los libros, hasta que comprendió que las figuritas explicaban menos que las palabras, que hablaban con la misma sabiduría del abuelo. Aprendió a encontrar la respuesta a sus preguntas, o encontrar otras nuevas mucho más interesantes. No había tiempo para quedarse despierto en las noches esperando las historias del yayo, así que empezó a inventarlas para Violeta, que aún estaba en la guardería, pero pronto iría como él a la escuela. Incluso comenzó a imitar por un tiempo la caligrafía bonita y apretada del yayo, hasta percatarse que en la ESO había que escribir rápido y legible y luego las teclas sustituyeron al boli.

Ahora ya no era Xavi, sino Xavier, y podía regresar al cuarto del yayo –a estas alturas, el suyo propio– solo para las fiestas, porque la universidad quedaba lejos. Violeta había ido a estudiar modelaje a Londres y mamá usaba gafas cada vez más gruesas. Xavier ya sabía que el abuelo había muerto y visitaba su tumba cuando podía. Aún estaba un poco molesto por la mentira de su padre, pero entendió que en el momento había sido lo mejor. 

Terminó de estudiar y empezó a ocuparse del negocio. Mamá no veía casi, y con papá se mudaron al antiguo cuarto del abuelo, mucho más cómodo para ellos. Xavier volvía a conocer, luego de tantos años, a una compañera de clases que se volvió compañera de vida. Llegó entonces Dieguito, a llenar la casa de gorjeos y lloros…

Ahora por fin Xavier entiende a su padre, mientras el niño de tres años sostiene la manguera y su abuelo saca los yuyos de los apretados canteros de cebolletas. La tierra desprende un olor agradecido con el beso del agua, y si Xavier entorna los ojos vuelve a ser Xavi, y su padre es ahora el yayo, con su mismo andar cansado, su tos cuando mucho ríe y su amenaza feliz de plantar un árbol de nietos.

Entiende ahora el sacrificio, y el peso de la carga que su abuelo legó sobre su padre. Mucho tiene que agradecer a ambos, así que Xavier vuelve a ser Xavi y se acerca, abraza y besa la cabeza ya cana y le da al nuevo yayo su sincera bienvenida de vuelta a casa. El niño no sabe por qué, pero por solidaridad se une al festejo, rodeando las piernas de ambos con sus brazos.

“El yayo viene luego” será también la frase para Diego, cuando su abuelo se marche. Mientras eso sucede, el propio Xavi se preparará para ocupar el sitial de abuelo, cuando toque… que ojalá no sea pronto. Tendrá que sonreír cuando todos lloren y llevar el dolor por dentro, para que Dieguito no sufra más de lo necesario y espere que su yayo vuelva, recordando los consejos y creciendo para ser un hombre bueno. Puede que, como él, le odie un poco por el embuste.

Pero técnicamente no será una mentira, sino una demora necesaria. Para que siempre haya un yayo que enseñe, eduque y sea un amigo tierno. Para cuando uno se vaya, otro vuelva a ser ejemplo en el momento que hace más falta.

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