A la caza de la palabra precisa (en la frase perfecta)

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Como escritores, alcanzamos el pináculo del oficio cuando siempre escribimos a la primera la palabra precisa para contar nuestra historia. En la práctica esto, aunque posible, es bastante improbable.

Pero, como dicen, la maestría se logra mediante aproximaciones sucesivas a la verdad. En la medida que nuestro léxico y vocabulario se expande, la búsqueda de esa quimera de oro —la palabra precisa en la frase perfecta— va siendo menos ardua.

Si bien es cierto que todo manuscrito es mejorable, con la práctica el escritor logra sintetizar y acotar las ideas de manera que se anda menos por las ramas y consigue transmitir de forma más clara para el lector; eligiendo cada vez mejor las palabras adecuadas para cada momento y situación.

La importancia de las palabras

Somos escritores, así que las palabras son nuestras herramientas insustituibles. A través de ellas podemos entusiasmar, influir, guiar y hasta manipular al lector para que se adentre en la historia que estamos contando. Igual podemos decepcionarlo por completo y matar sus ganas de seguir leyendo, si no encontramos las palabras correctas.

Pero, ¿cómo disponer de ella, si sólo tenemos una opción? Aquí nuestro mejor aliado es el Diccionario de Sinónimos y Antónimos. O, en su defecto, el socorrido Shift+F7 en Word, cuando queremos encontrar otra forma de decir lo mismo.

Los libros al rescate

Claro está, que ninguno de estos dos funciona si el aspirante a escritor no ha sido primer un lector voraz. Esta es la mejor forma de enriquecer el vocabulario: encontrar nuevas palabras en boca de otros autores que nos han precedido.

Mi consejo en este particular es el intentar salir de tu zona de confort y ampliar el espectro de tus géneros de lectura. Eventualmente lo harás, pero si únicamente lees, qué se yo, ciencia ficción… pues intenta echar mano a los clásicos del género.

Entre leer mucho y leer bueno me quedo con lo segundo, porque al menos te garantiza que encontrarás palabras con las que no te has enfrentado antes.

El poder de escuchar

Además de leer cómo se expresan los héroes literarios, hay que echar un ancla a la realidad para que tu lenguaje no se aparte mucho de lo que tu público potencial espera y entiende.

Es bueno recordar también que el lenguaje es algo vivo y en constante evolución: cada época tiene su propia forma de decir, cada región su manera particular de hablar. Escuchar no debe limitarse entonces a la radio, los podcasts, las charlas o los audiolibros. Tienes que aprender como hablan personas de diferentes naciones, estratos sociales y edades.

No es lo mismo un debate entre dos políticos que una charla informal entre dos adolescentes pijos; ni la jerga bonaerense lo mismo que el hablar entre gitanos.  Así que, como escritor, debes aprender a mimetizar estas conversaciones y llevarlas al papel, para darle mayor riqueza y credibilidad a tus personajes.

La palabra en el momento justo

Los dos casos anteriores extienden nuestro vocabulario de forma pasiva, pero también podemos buscar el léxico que necesitamos mediante la investigación. Ya sea una novela histórica, ya sea una obra de teatro contemporáneo, podemos orientar nuestro discurso y adquirir vocabulario analizando textos de la época correcta.

Todo depende del marco temporal, social y geográfico de la obra que estemos escribiendo. No es igual la forma de hablar de los abogados que de los escribas egipcios del tiempo de los faraones. Terminologías, giros idiomáticos, ritmos y cadencias no son iguales para cada momento, personajes y lugares, así que es necesario investigar si queremos crear la atmósfera literaria adecuada.

Si adaptamos bien nuestro vocabulario —incluso nuestra gramática— nuestras palabras transportarán al lector al entorno que estamos recreando. Pero equivocar la palabra precisa con anacronismos (ya sean arcaísmos o neologismos) provocará sin dudas el efecto contrario.

La palabra precisa mientras escribes y revisas

La hora de enfrentarte a la hoja en blanco es el momento de la verdad: en la medida que tu léxico sea más extenso, con mayor maestría podrás encaminar el torrente de palabras que gira en tu mente. Tantas, que por fuerza se te van a escapar uno o dos gazapos.

No te angusties, a todos nos pasa. Así que no te preocupes demasiado por lo que dices en un primer borrador y deja que el rapto te consuma, como dice mi amigo y editor Luife Galeano. Pero considera que esta primera versión de cualquier cosa es solo para tus ojos.

En el momento que el fuego creativo se extinga (si haces de un tirón un texto relativamente corto) o al menos se aplaque (cuando termines un capítulo de tu obra), toca el turno al verdadero oficio del escritor: revisar y corregir.

Evita las repeticiones de palabras

Uno de los mejores indicadores de que tienes que trabajar en ampliar tu léxico es el repetir mucho una palabra. La mayoría de las veces, puedes encontrar un sinónimo e incluso un nuevo giro idiomático que acota con más exactitud la idea que querías transmitir.

Usa determinantes

Una forma de eliminar palabras repetidas es usar determinantes, esas palabras que usamos para referirnos a un objeto. Estos pueden ser:

Artículos: palabras que acompañan al nombre para indicarnos si se trata de un ser conocido o desconocido. Los determinados son el, la, los y las. Los indeterminados, un, una, unos y unas.

Demostrativos: determinantes que acompañan al nombre para indicar su proximidad o lejanía. Si es de cerca: este, esta, estos y estas. A media distancia: ese, esa, esos y esas. Más lejos: aquel, aquella y aquellos, aquellas.

Posesivos: acompañan al nombre, indicando pertenencia o posesión. Pueden referirse a un poseedor (mi, mío, su, suyo) o a varios (sus, suyos).

Numerales: acompañan al nombre e indican número u orden. Pueden ser cardinales (dos, ocho…) u ordinales (segundo, octavo).

Indefinidos: indican que se desconoce la cantidad exacta de lo nombrado: alguno, pocos, muchos.

Interrogativos y exclamativos: acompañan al nombre en oraciones interrogativas o exclamativas: qué, cuántos, cuál, cuáles.

Estos determinantes pueden emplearse para no repetir palabras. Por ejemplo:

Preguntó al cura si podía practicar el exorcismo. Este (el cura) le explicó que no era tan sencillo.

Pedimos tragos. El suyo (su trago) fue vodka, el mío (mi trago), whiskey.

Se necesitan luces para detener la oscuridad. Muchas (luces) más de las que tenemos.

(Continuará)

Espero que estos consejos te sean útiles. Pero recuerda: no tienes que recorrer el camino del escritor tú solo. Puedes contactarme si deseas ayuda con tu obra.

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