Sobre el principio de la historia y la muerte súbita

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Listo. Ya tenemos la idea general, la página en blanco y tiempo para escribir ya sea un relato, ya sea una obra de mayor extensión. Comenzamos a teclear, y en la medida que entramos en el frenesí del escritor la historia se va desenvolviendo hasta su conclusión.

Orgullosos, tecleamos la palabra “FIN”.

Pero aún no hemos ni empezado.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

—Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.

¿Leer o no leer? Depende de cómo empiezas

El comienzo de la historia es el sitio que más atención merece, porque define cómo el lector va a recibir la historia que queremos contar. Pocas veces nos detenemos lo suficiente en los principios: los escribimos en un arranque de inspiración y son, básicamente, lo que el inconsciente nos dicta.

Esto no está mal, pero pocas veces elegimos de esta forma las palabras óptimas para atrapar al lector y sumergirlo en la historia. Por transitividad, los editores y jurados también le otorgan un gran peso al comienzo de la historia, y ni siquiera voy a atreverme a decir que la primera cuartilla. Muchas veces se forman una opinión con el primer párrafo, y cuidado no con la primera frase.

La decisión de si leer o no leer un texto, si dedicamos minutos o horas de nuestra vida, se toma en cuestión de segundos. Primero, sopesamos el nombre autor: si es un viejo conocido podemos ofrecerle el beneficio de la duda, pero eso sólo pasa cuándo se es un escritor de renombre. El segundo elemento a considerar es el título, de lo cual hablaremos en otra ocasión. Pero, en esencia, el principio de la historia es quien va  a inclinar la balanza.

Así que bien vale poner peso en ese platillo y ponerle oficio al subconsciente.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

—Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

El mejor comienzo para la mejor historia

Spider-Man leaning on concrete brick while reading book

Una vez escrito el texto íntegro, la primera pregunta que debes responderte es si el comienzo es en realidad el adecuado para la historia. En muchos casos, el verdadero principio estará unos párrafos más adelante, cuartillas incluso, mientras nuestro inicio solo es un desvarío para llegar al arranque del conflicto.

Aunque no es una regla, es bastante común que un relato pueda perder unos cuantos párrafos iniciales sin problemas: sencillamente, arrancamos en frío y entramos en materia unas cuantas líneas después. Tampoco está mal como inicio dar un poco de ambientación y contexto, pero tal vez puedas considerar cambiar un poco el orden de las ideas para llegar a un inicio más sólido.

A vuela pluma, me vienen a la mente las disquisiciones filosóficas iniciales de los  cuentos de Poe y Lovecraft. Puede que estén bien dentro de sus estilos particulares, pero el cuento como tal arrancaba bastante después. Así que no tiene nada de malo arrancar con un diálogo o una escena de acción y saltarnos las reflexiones del personaje —la mayor parte de las veces, del propio autor— para ir directo al grano y al interés del lector.

Un recurso de estilo útil para comenzar historias es la llamada frase gancho, una “línea inicial estudiada para captar la atención del lector”. Esta debe contener elementos que hagan referencia a la historia, planteando alguna incógnita, y ser imágenes fuertes por su estética, su fuerza descriptiva y el misterio que encierran.

Para muestra, fíjate en el gancho del comienzo de Neuromante, de William Gibson:

“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”.

Ejercicios para atrapar a lector

dog sitting in front of book

Empezar por una larga y detallada descripción del personaje, el mundo que le rodea o de sus rutinas no es nunca una buena idea. La historia comienza de verdad cuando algo le sucede al protagonista, y es entonces que debe empezar tu relato.

Quizás la novela acepte un poco más de disgregación, pero en el relato todo inicio debe ser concreto y eficiente. En el inicio se define el tono, el marco y el carácter de la historia sin rendir el final, pero construyéndola hacia este. Precisamente las mejores historias son las llamadas historias circulares, donde el final se enlaza con el principio, completándola y dándole coherencia.

Una vez terminado el relato, te propongo algunos ejercicios con los que puedes mejorar tu principio, ahora que has desarrollado toda la trama y sabes a ciencia cierta a donde va tu historia:

Mil maneras de despellejar un gato

Busca —y escribe— al menos tres inicios diferentes al que tienes planteado, con escenas completamente diferentes. Es muy probable que ahora, que también conoces el final, logras comenzar la historia con más fuerza.

Si aún prefieres el principio original, busca en los comienzos en falso las frases más felices e incorpóralas.

“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.”

—El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

El punto de enfoque

Piensa el comienzo como el inicio de una película, y ubica aquellos elementos u objetos serán importantes en la trama. Eso te dará la posibilidad de darles más peso, describiéndolos de forma activa.

Cuidado, no obstante, con las pistolas de Chévoj: da relevancia sólo a lo que la tendrá más tarde. Esto también te servirá para podar frases, si te has pasado en describir algo que luego no tendrá peso.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”

La metamorfosis, de Franz Kafka.

El punto de mira

Intenta comenzar el cuento desde perspectivas diferentes: como narrador, como protagonista, como espectador, etc.

Evalúa que punto de vista da más información de la historia, cuál capta la atención del lector y es más apropiado al tono de la historia.

Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez.”

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

El poder del cotorreo

Un diálogo corto, con dos personajes, atrae de inmediato la atención del lector.

Intenta empezar con uno que aporte al argumento y den pistas sobre la naturaleza de los protagonistas. Nada de cotilleos banales, por favor.

“Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera.”

Anna Karenina, de León Tolstoi.

Ambientación, ambientación, ambientación

Por último, intenta comenzar la historia describiendo el escenario donde ocurre: a veces la decoración de un lugar dice mucho más sobre la naturaleza de los personajes que un mar de caracterizaciones.

Así que trata de llevar a la práctica el refrán de que “una imagen vale por mil palabras”. Repito: este es uno de los comienzos más débiles posibles, lo que no quita que hayan obras maestras que comiencen de esta forma. Todo es cuestión de encontrar el inicio que mejor se adapte a tu historia.

“Era un día luminoso y frío de abril y los relojes daban las trece”.

1984, de George Orwell.

En materia de inicios, no hay reglas fijas. No obstante a que mucho del material que se produzca durante estos ejercicios se deseche, el mero hecho de realizarlos te permitirá repensar esta parte crucial del relato que narras y encontrar la versión que anime a tus lectores a leerte.

Ahora, de los finales..hablaremos en otra ocasión.

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