Séptimo día

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Dejo libre a la musa los domingos.
¡Vacaciones!—gritó ella tan contenta
que no quise detenerla y aun pedirle
unas pocas migajitas de sus letras.

Vaya usted a saber con cual amante
pasará ella el tiempo en que me deja:
sé de hogares más calientes y propicios
y conozco de tinteros más poetas.

Mas si ella parte así, de buena gana
yo no soy quien debiera retenerla.
Al contrario, allanando los caminos,
es la forma más sencilla de que vuelva.

Así pues, hora a hora, verso a verso,
contaré esos minutos que me restan
para que esa musa, que lleva cascabeles
tintinee su reclamo ante mi puerta.

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