Aguja de los omeyas (III)

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Capítulo 3. El martillo de Dios

Ni después, cuando mis consejos diurnos en una cámara oscura y mis asesinas incursiones nocturnas desbarataron todas las maquinaciones del emir Yusuf al-Fihrí y de sus hijos y llevaron a Abd Ar-Rahman ibn Mu’awiya ibn Hisham ibn Abd al-Malik a convertirse en Abderramán I.

Yo, el sabio, pero extraño tío abuelo aquejado de una extraña enfermedad que no podía ver la luz del sol, vi cómo el nuevo emir y líder del último reducto omeya sobre la tierra se hacía viejo. Mientras, mi cuerpo de nosophoro iba restaurándose poco a poco a la apariencia de una edad indefinida, pero que no sobrepasaba los cuarenta.

Creo que Abderramán lo adivinó al final de sus días, porque me pidió con voz trémula que le trasmitiera mi secreto alquímico de la fuente de la eterna juventud. Por fortuna, nuestra maldición no puede pasarse. Sólo los Vrykolaks pueden crear nosophori, y no habría fuerza sobre la tierra que me hiciese rogar a Iblis que perdiera para siempre a mi sobrino. Cerré los ojos del Halcón de al-Ándalus en su lecho de muerte y desaparecí en las sombras. Cambié mi nombre y regresé para servir a su hijo Hisham. Luego a Alhakén y así, hasta 1031, cuando el califato se desmembró en las taifas.

En este año supe por primera vez de la Logia, primero por Iblis, y luego más de cerca. En secreto, el Vrikolak había dado una aprobación tácita de mi política de austeridad y apego al Islam, pero a la inversa. Cómo animal impuro que me consideraba a mí mismo, sólo me alimentaba de la sangre de animales impuros.

Los cerdos abundaban en las tierras ibéricas y eran la comida de los cristianos que vivían en el conquistado al-Ándalus. Cuando no podía conseguirlos, las ratas, las reses vivas y los ciervos me daban sustento. Haram para los musulmanes, era halal para mí, cómo demonio que me consideraba. La sangre de los hombres era de Alá, fuesen infieles o no: en un final, todos eran susceptibles a abrazar la palabra de Mahoma y convertirse. Para mí, se podía derramar, pero no beber.

Pero otros hijos de los Vrikols rondaban la tierra, y no eran tan piadosos cómo yo. Ni se esperaba que lo fuesen. Perdidas sus identidades cómo hombres, quedaban ciegos en sus poderes y sacaban su sed de forma indiscriminada. Así, se estancaban en el tiempo, cómo bestias de cerebro helado.

Tal vez por ello Iblis me alertó. Tras tanto tiempo, tengo la certeza que soy su vástago más querido… porque soy el más útil. Porque entiendo a la Humanidad. Porque todavía creo que soy humano.

En secreto, aplaudí a los caballeros de la Logia. Sin religión ni bandera, destruían demonios cómo yo. Al estar ligado a la sangre de Iblis, no podía hacer lo mismo. Pero si no podía ayudar, tampoco iba a intervenir. La Logia no iba contra la taifa de Córdoba, mis hermanos omeyas. Iblis me ordenó observar, aprender, estudiar, entender a los Caballeros y esconderme de ellos…no proteger a otros nosophori.

Así que eso hice…

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