Cazador

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(Otro del baúl de los recuerdos, rescatado de una libreta de 1993)

—¡Maldito seas, Detri, por llevarte a mi hijo! Le mataste porque era mejor que tú, porque la orina negra de la envidia corría por tus venas… ¿Por qué no seguiste la ley de Clan? Si le hubieras dado la oportunidad de defenderse, te habría matado.

—Calla mujer, la punta de mi lanza se ennegrece a causa de tus gritos. Muchos hijos te quedan para que molestes por el pequeño trotamundos.

—¡Maldito, mil veces maldito! De nada vale que endurezcas armas al fuego: le has matado y el Clan se condena por tu culpa. Por la ponzoña de tu cobardía y tu traición.

—Me basto para conseguir carne. Iskham era innecesario.

—No nos estaríamos muriendo de hambre entonces. Los huesos que adornan la empalizada tienen todas las marcas de mi hijo. Tú sólo traes alimañas a la casa común.

—Calla de una vez.

—Conocía el bosque, los árboles eran sus hermanos y le indicaban el camino. Nunca hubo más carne que cuando estaba Iskham, ni puntería más fina, ni perros mejor entrenados. ¿Es que no escuchas acaso el lamento del Clan por su muerte? ¿Los cánticos? Si al menos hubieses traído su cuerpo muerto a casa, el fuego le hubiera liberado y moraría ahora en la tierra de los antepasados. Pero no, tenías que entregarlo a las fieras que le temían…para que el cerdo escarbara en su cráneo, el venado pisoteara sus entrañas y los lobos y los cuervos y el cazador de dientes largos lo devoraran. El bosque se vengará de ti en nosotros.

—¡Detri, vamos! El humo de los extranjeros se eleva a cien tiros de lanza. Tienen muchas bestias y buenas pieles y mujeres pálidas bellas como la luna. No son muchos, les venceremos fácilmente. Trae tus armas, que hoy cazaremos hombres extraños.

—¡Ve desdichado, ve! Y ojalá que mueras. Mi pobre hijo vagando por el Bosque de las Sombras no podrá perseguirte ni atormentarte. Pero ya me ocuparé yo de que el fuego no te bendiga y vayas donde él esté. Para que mil veces seres voraces te den caza como a un animal. ¡Pobre Iskham, mi cazador-en-ciernes!

Corre el cazador por el Bosque de las Sombras. No está solo, no está solo… o lo está. No puede saberlo, pero presiente como todo alrededor respira, se relame, chasquea los dientes, extiende las uñas. Los árboles no le hablan, insonoros, diferentes, muertos de savia y de voz. Se siente abandonado. Inmensamente solo, perdido, perdido.

Corre por el bosque. Ellos están muy cerca, pegados a su rastro… desde entonces huye de las montañas de rama, de los dientes de roble, de la carne erizada de espinos que buscan desgarrar su cuerpo desnudo y sin armas.

Una sombra se alza de repente frente a su carrera y no puede detenerse y grita atravesado por mil lanzas de hueso. La bestia lo abraza y sus heridas se hacen más y más profundas, el dolor es insoportable. Sus perseguidores también llegan y participan del festín de su carne, orinando de puro placer, babeando por sus mil bocas que desgarran, que cortan. Cruje su esqueleto seccionado  por las mandíbulas y chorrea su sangre como un rio tibio, bañando la hojarasca, y muere entre horribles dolores de agonía. Miles de ranuras acuosas contemplan su  muerte ronroneando de satisfacción. El cazador ha muerto, pero renace para revivir su agonía.

—¡Iskham, mi niño cazador!  Si al menos hubieras llegado a la mayoría de edad, pudiese pedir justicia al chamán. Mi perverso marido sería empalado. Escupiría su rostro hasta que mi boca se secara…

Corre el cazador otra vez por el Bosque de las Sombras. Está solo. No está solo. Lo está. Al menos recuerda que lo estuvo, mientras la lanza de Detri atravesaba su espalda. No ha dejado de recordar desde ese entonces. Se detiene y escucha los sonidos de las ramas muertas. Oye un grito. Luego otro y un gorgoteo de cuenco destrozado.

—¡Alarma! ¡Los extranjeros vienen! Nuestros hombres han muerto ante sus armas que relucen como el fuego y la luna. Sus lanzas pequeñas vuelan como pájaros, fuerte y lejos.

Un silbido. El cuerpo joven del cazador tiembla por el temor a lo que de nuevo comienza. Su mente no teme, prefiere pensar en su Clan, en sus lanzas, en sus perros. Cualquier cosa que le ayude a olvidar… pero recuerda. No quiere correr ahora. En el Bosque de las Sombras, correr es prolongar la agonía. Algo avanza rodando por el suelo, puede sentir las vibraciones bajo sus plantas. Esta vez se deja desmembrar sin un gemido, sin huir…

—¡Rindámonos! ¡Rindámonos o moriremos! Si fuésemos el doble de numerosos o fuertes, estaríamos perdidos de cualquier forma. He visto lo que pueden hacer sus armas.

La horda se aprestaba para la defensa, desoyendo a Detri. Los niños, trepados en la empalizada y protegidos por haces de ramas, vigilaban como los extranjeros se acercaban. Las mujeres iban y venían apilando piedras para las hondas. Los ancianos contemplaban y sí lo escuchaban.

—Es inútil luchar. Mientras más nos resistamos, menor será la ira de sus armas. ¡El clan es lo primero!

Los ancianos asintieron, pensativos.

—Razón tienes. ¿Por qué estás aquí, y no tendido en el campo como los otros guerreros?

—Me dejaron huir. Para que no ofrezcamos resistencia. Ellos tomarán nuestras pieles y se marcharán. Me lo aseguraron. Tienen prisioneros de la tribu del Cuervo, que hablan nuestra lengua: dicen que los tratan bien.

El chamán lo silenció con un gesto.

—¿Por qué te llevaste una lanza del Clan? ¿Por qué mataste a Iskham?

—Era mi sangre y los antepasados me dan derecho. Pero los extranjeros…

—¿Y el Clan, Detri? Tienes razón, los antepasados te dan derecho y también a nosotros.

El círculo de ancianos se cerraba más y más. Detri se agitó nervioso.

—¡Era mi hijo! —reclamó.

—Era del Clan.

 —¡Pero no había sido reconocido hombre!

El chamán negó con la cabeza.

—El bosque lo llamaba hombre. El bosque  le dio el derecho de alimentarnos y lo amaba. Ese era su derecho. Tú lo violaste y el bosque nos castiga, por dejarlo sin ritos.

Todos los ancianos asintieron lentamente.

—Tenemos que cumplimentar los ritos.

—Pero, ¿y los extranjeros?

Los puñales de bronce comenzaron a llenar las manos añosas. Viejas, pero entrenadas en mil cacerías.

Se detiene. Hay algo diferente en el aire… un olor suave. Lo recuerda. Nada se debe olvidar y nada se olvida. Sangre.

—No es esta su carne, Bosque, pero toma por él la carne de su padre, que es también la sangre de su asesino —el círculo de ancianos se amplió, para convertirse en un corro—. Es carne y sangre que van juntas, como eran uno su cuerpo antes de que se pudriera una y se vertiera otra. Bébela y que la nueva savia se incorpore a tu tronco, para que mitigues el dolor de haberlo perdido. Iskham el cazador, te llamamos. ¿Quién lo afirma?

—Lo digo yo. Tenía  hambre y él me dio una liebre de orejas largas como brazos.

El ataque de los extranjeros había empezado, hastiado de esperar la rendición. Sus lanzas diminutas surcaban el aire envueltas en fuego, y allí donde caían las casas se inflamaban  lentamente. Los techos y el adobe reseco ardían como carbón malo. Sus gritos de guerra estremecían la empalizada,  los niños manejaban las hondas arrojando piedras.

—Lo digo yo. Mi hija cayó bajo la zarpa del lobo, y él la salvó traspasando a la bestia con su lanza.

Los jinetes evolucionaban, amagando una confrontación, aguardando por el fuego y  el miedo. Brillaban sus armas a la luz del atardecer, resonaban sus voces en el lindero del bosque. No hubo llovizna suave, pero sí un viento que avivó las hogueras.

—Lo digo yo. Tenía sed, y me guio por los caminos más fáciles y me dio agua pura. Agua  limpia.

—Lo dicen los huesos de la empalizada, que llevan sus marcas —cantó el corro—. Lo dice el Clan.

Todos asienten y lanzan puñados de polvo contra el cadáver de Detri. El cuerpo se vuelve gris, y oscuro en los cabellos y en el pecho, allí donde el hacha del chamán había extraído el corazón.

Los atacantes se aventuraban cada vez más. Las piedras se terminaban y algunos niños yacían en el suelo, atravesados. La antorcha leve del poblado era visible a muchas millas. El anciano hechicero toma el corazón aún sangrante y lo arroja a los perros, cantando los ritos.

El cazador olfatea. Había algo en el aire… una canción tenue que llama. Él escucha, y se vuelve hacia las bestias del Bosque de las Sombras.

La aldea ardía cuando la empalizada empezó a ceder. Lazos de fuerte tripa amarran los leños. Quienes intentan cortarlos son acribillados por los extranjeros. Los caballos bufan, tirando bajo el látigo. La barricada se inclina más y más hacia el suelo.

Se oye un grito extraño y luego otro, y un gorgoteo de cuenco destrozado. Un silbido,  el lindero del bosque comienza a vomitar seres extraños de ojos acuosos. Una marea de ramas y hojas y dientes son sus cuerpos, que aúllan a las primeras sombras de la noche.

Los extranjeros se detienen y hacen llover lanzas pequeñas sobre el lindero con un grito de pavor. De la foresta responde un agudo silbido, y a su son vuela sobre la llanura la manada de montañas de rama, de dientes de roble, de carne erizada de espinos, de mil lanzas de hueso.

Una gritería de dolor se escucha tras la empalizada, que contiene a penas las garras y los dientes y las mil ranuras acuosas que se ciernen en los extranjeros. Emergiendo del bosque tras la manada va un cazador, un joven menudo que corre en pos de las fieras. Empuja a las retrasadas con sus manos. Con sus palmas, que ahora brillan.

Como una lengua áspera la manada lame la tierra, con sus mil bocas que desgarran, que cortan. Crujen los esqueletos seccionados  por las mandíbulas y chorrea la sangre como un río tibio, bañando la tierra de la llanura. Muere la amenaza al Clan entre horribles dolores de agonía. Miles de ranuras acuosas contemplan la muerte, ronroneando de satisfacción, desapareciendo al otro lado del lindero.

El enemigo ha muerto, pero renacerá junto al infanticida en el Bosque de las Sombras. Los ritos se han cumplido. Iskham, el cazador, regresa a casa.

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