El zaguán oscuro

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Tengo que dejarme de descaro: luego de 4 novelas publicadas (y en editora tradicional, ¿eh?) enmarcadas en la corriente de la nueva novela negra cubana, ya no soy un autor novel en el género. Tampoco desconocido, que he recibido críticas buenísimas, pero no me voy a poner a vanagloriarme.

En vez de eso, les dejo con un cuento suelto de uno de mis protagónicos: Carlos Lenin Onofre, más conocido como «Carlen» o «el científico» en los bajos fondos de la Habana que no sale en los folletos de Turismo. Espero que lo disfruten.


Me cago en Dios y en los mantenimientos programados de la empresa eléctrica. El asunto es quitarle la electricidad al pueblo para que no pierda la costumbre. En el período especial era porque el bloqueo y ya está. Ahora es —dice la Unión Nacional Eléctrica— porque hay que darle mantenimiento a las líneas.

Lo curioso del caso empieza por sus siglas: UNE. No creo que subir las tarifas o quitar la luz sin aviso y cuando les da la gana una a nadie. Más bien, todo lo contrario.

Como dirían los Mojinos Escocios, “Dios hizo la luz, y vio que la luz era buena. Pero UNE, que es el Diablo, inventó el interruptor, y la quita y la pone cada vez que le sale de los cojones”. Lo jodio del caso es que llamas a la empresa y te dicen que va a ser solo hasta las cinco. Pero ya vienen siendo casi las seis y media y nada. Seguro que metieron la pata en algo y ahora se están rompiendo la cabeza de cómo arreglarlo. O peor, a las cinco decidieron dejarlo para mañana, como buenos linieros con horario laboral estricto que son.

En cualquiera de las variantes, estamos jodidos y bien jodidos. Yo más. Para mí el tiempo es dinero. Mejor dicho: cada hora que mis computadoras están sin electricidad dejo de ganar. Es un sistema bien pensado, que trabaja casi solo: yo me limito a contactar con los clientes, recibir transacciones, comprar tarjetas de recarga de WiFi, teclear los códigos y repantigarme viendo como mi cuenta bancaria crece.

Fue buena cosa que al final decidiese dejar activa mi tarjeta visa del Cooperative Bank. Un buen anonimizador, cuenta en Inglaterra y listo: es solo meter mi hermoso trocito de plástico con cinta magnética en cualquier cajero de la ciudad y ya está. Entre las mordidas del banco y de Visa, las tarjetas NAUTA y la electricidad se me van dos huevos, y eso el mes que a ninguno de mis servidores le da por cantar el manisero. Entre la sobreexplotación, el polvo, las piezas chinas y la mala vibra que hay en este solar, las roturas son pi constante. Y aun así, no me puedo quejar, porque siempre algún beneficio se saca.

Claro, cuando la gente de la UNE no les da por tumbarnos la corriente. Hay que joderse.

Le paso un SMS a Poly para que no se preocupe. Si por ella fuese, yo nunca regresaría a mi solar y mi granjita de máquinas. Pero el buen campesino siempre tiene que levantarse temprano para ordeñar, el ojo del amo engorda al caballo y no se puede dejar camino por vereda. Aunque en estos últimos meses la hayamos pasado genial juntos, eso no quiere decir que la semana que viene no nos tiremos los platos a la cabeza. Como última de las soluciones, siempre tengo intactos mi casa, mi negocio y mi dinero. Es un poco egoísta iniciar una relación con un plan de contingencia, pero ya la vida y las mujeres me han dado suficientes palos como para andar de confiado. Me va a doler con pinga readaptarme, pero Carlen es Carlen y después de una buena crisis depresiva me diré que la experiencia es una raya más pal tigre, y seguiré adelante.

Ya varias veces hemos discutido del tema, y si sus razones son válidas, las mías más. A pesar de que lo que hago no puede considerarse ilegal, sí entra en la categoría de actividad ilícita: el enrutamiento de tráfico no se le ocurrió al cabezón de turno encargado de encasillar en trabajo por cuenta propia todas las actividades humanas. Eso le pasa a todo aquel que pretende regularlo todo: por finita que sea la malla, toda red está compuesta por cuerdas y nudos, pero también agujeros. Y como no se caga donde se come, no me atrevo a mudar el chiringuito para el Malecón. Cuando quieres librarte de una mala vida anterior, no es aconsejable llevar la candela a casa y es mejor aplicar la primera y más importante ley de la ingeniería: si algo funciona bien, no lo toques.

Y mi maquinaria fluía sola con darle una vuelta un par de horas cuatro veces por semana. Lo que también me deja ocho horas libres para mi solito y reconectar con los aseres del barrio. No es mi mejor faceta, lo reconozco pero ¿qué puedo hacer? Los viejos hábitos son difíciles de matar.

Luego de unas cuantas horas de apagón, ya el refugio para pingüinos de mi cuartico se está volviendo un baño turco. Así que salgo a ver si corre un poco de brisa y si hay algún nuevo chisme en el ambiente.

Y es más o menos igual. Tal vez el aire afuera no huele tanto a nicotina, pero un solar de Centro Habana no es una fábrica de perfumes. Si acaso, Jean-Baptiste Grenouille sacaría de aquí toneladas de almizcle, como el que emana del cuarto de Enrique, atestado de vejigos, mientras él se fuma un tabaco de bodega, apoyado en la balaustrada que da al patio interior de la cuartería.

—¿Qué volá, Henri?

El vecino se vuelve sonriente y me da la mano, mientras sostiene el mocho entre los dientes.

—¿Qué volá, Carlen? De madre el apagón que nos están soplando.

—Tú sabes cómo es esto. Folklore puro.

—Ni que lo digas. Si ya en el gao la cosa es difícil, imagínate sin televisor pa calmar a los chamacos o ventilador pa engañar agosto.

—Sí, claro que me lo puedo imaginar. Menos mal que se acaban las vacaciones y empieza de nuevo la escuela.

—Sí, compadre. ¡Qué felicidad! Por lo menos cuando hay clases, el seminternado ayuda. Estos dos meses metidos en casa me tienen seco.

—Ahora que lo mencionas, todavía no te he pagado esta quincena —mientras tanto, saco los veinte dólares de rigor y se los extiendo.

—¡Científico, que yo no lo dije por nada, ¿eh?! —pero su mano, movida por la necesidad, no deja de acercarse al dinero. Lo deposito en su palma sin más contemplaciones.

—Negocio es negocio, Enrique. Ahora que estoy casi todo el tiempo en casa de la Poly, tú me cuidas el gao y yo te pago bien. Mientras no pase nada, no hay cráneo.

—Y, sí pasa, yo soy el responsable, yenica. ¿O tú crees que a mí me gustaba andar recogiendo latas? Soy sereno y a mucha honra, y si no estoy yo está mi hijo Guillermo, que pa algo tiene que servir. Lo tuyo está garantizado al 100%.

—¿Te queda saldo en el celular que te di?

—Ni lo he tocado. Eso es para llamarte como me dijiste, a cualquier momento del día o de la noche, si pasa algo. Y para más nada.

—Bien.

Enciendo un cigarro y también el mocho de Enrique, que se había apagado con tanto palique. Fumamos en silencio por un rato.

—¿Es grande el apagón?  —como buen habitante solariego, apago la colilla en la suela del zapato y la lanzo por la ventana que da a una construcción vecina, a medio hacer. Tirarla al patio interior sería hacer que los vecinos de abajo limpiasen. Ya bastante tienen con estar atrapados en la pestilencia de toda la estructura, sin una bocanada de aire puro—. ¿Qué dice Radio Bemba?

Si rompo el silencio, es por el típico masoquismo del cubano de preguntar lo correcto a quien no sabe ni hostia.

—Dicen que hay una rotura grandísima por culpa de la gente de Aguas de la Habana. Se llevaron por delante un cable y ahora lo estamos pagando nosotros. Ni en la calle hay luz.

Pues adiós entonces a mi viejo truco de los cables piratas conectados al poste. ¿Qué le voy a hacer? A mí me está dando la impresión de que no pinto nada aquí.

—Oye, si eso es así, me voy pa casa de la jeva. Cuando pongan la corriente me pasas un SMS, si no estás dormido.

— ¿Dormido? Con este tronco de calor no hay quien duerma. Dile a la madama que le mando saludos, a ver si un día de estos se digna a hacer la visita.

—Serán dados, compadre, serán dados.

—Cuídese por ahí, que buenos quedamos pocos.

Aún quedaban en el cielo algunos rescoldos de luz, pero no durarían mucho. Bajo con cuidado la escalera, cuidando de que ningún escalón roto me haga perder la pisada.

El solar era un sitio mucho más tranquilo, ahora que el Nene había caído preso por robar en una bodega y que el nagüe se había perdido del mapa. Mandarria se quedó: de hecho, desde la jodienda mía con el Nene se apartó de sus socios de borrachera. Cuando el padrino me preguntó que a quien recomendaba para hacerse cargo de sus negocios en el solar, sopesé entre Enrique y Mandarria, y me decanté por el último de ellos. A Enrique lo respetaban, pero era demasiado noble y tenía demasiados hijos que atender. A pesar de su mote, Mandarria no era bruto para nada y tenía mucha sangre fría, lo que lo hacía ideal para ese trabajo. Claro que ninguno de los dos sabía las pesas que había puesto en los platillos del Tata, aunque seguro que se lo imaginaban: siendo ahijado y hombre de confianza del padrino y viviendo en el mismo solar, lástima fuera que no me hubiera tenido en cuenta.

Ya cerca del zaguán que daba a la calle, me parece oír los sollozos ahogados de un niño pequeño. Oigo un portazo. La salida está cerrada y no se ve nada, pero eso no es extraño: una de las primeras medidas del Mandarria como mandamás del solar había sido cambiar la cerradura de la puerta y hacer sepetecientas copias de la llave, una para cada miembro de la comunidad, y exigir que siempre cerraran al entrar o salir. No lo pagó de su bolsillo, pero al Tata le gustó la idea. Quien quisiera colarse tendría que esperar a que alguien le abriera, o llamar a golpes. En ese caso, la mayoría de las veces contestaba Mandarria en persona, que ya decidiría si lo dejaba pasar o no.

Pero ahora, estoy convencido, había alguien llorando en el zaguán oscuro. Saco el celular y alumbro con la luz del flash en modo continuo toda la galería.

La rubia del segundo piso mira el haz, con ojos desorbitados por la consternación. Está acuclillada contra la pared, con el pelo revuelto y el labio partido y sangrante. La blusa tiene un tirante roto, y está caída de un lado hasta la altura de los riñones: de ella escapa un seno turgente aun por la lactancia. Aferra a su hijo de apenas un año, que gimotea sin cesar, mientras ella solo atina a abrazarlo con ambas manos. Ni siquiera usa una de pantalla para averiguar quién está detrás de la luz.

—¡Enrique! ¡Mandarria! ¡Vengan acá rápido!

La mujer se encoge y baja los ojos, poniendo a su bebé por delante como escudo. Ella también comienza a llorar. Me acerco lo suficiente como para que me pueda ver, pero sin llegar a una distancia en que pueda tocarla, e ilumino mi rostro desde arriba. No sé porque pienso que si lo hacía desde abajo la voy a asustar más. Reminiscencias del tiempo de la beca, supongo. Le hablo lo más dulce que puedo:

—Sofi, yo no te voy a hacer daño. ¿Ves? Soy Carlen, el vecino de Enrique. ¿Te acuerdas de mí?

Ella me mira como un ratoncito asustado y vuelve a hundir los ojos en la cabeza de su bebé. Pero sacude la suya diciendo que sí, y hasta hace un gesto de pudor, subiéndose con una mano la blusa hasta cubrir el seno.

—¿Puedes pararte?  —le pregunto y añado—. Ahora te voy a ayudar. Sé que estás asustada, pero confía en mí. Ya no te va a pasar más nada malo. Tranquila.

Tiembla cuando la toco, pero deja que la ayude a incorporarse, aun abrazando al niño. El primero que llega es Mandarria, con una linterna y un gran cuchillo de cocina. Poco más atrás aparece Enrique y su sempiterna mocha, y su hijo Guillermo con una tranca de cedro. En la planta baja también comienzan a asomar cabezas, prestas para el chisme, pero sin ninguna utilidad práctica. Con la comitiva también baja Teresa, la mujer de Mandarria, que de inmediato me quita a la rubita de las manos, asustada ahora por partida doble por tanto hombre armado a su alrededor. No obstante, yo soy al parecer el que más confianza le inspiro, porque no puso reparos en que Teresa le saque al niño del abrazo de osa que casi lo estaba asfixiando y me lo de a mí.

Con un niño cargado y el celular en la mano libre, reviso aprisa el suelo del zaguán. La cartera de la rubia estaba abierta y todo su contenido desparramado, y a simple vista no veo ni monedero ni celular. Las llaves, atadas a un pececito de goma de suero, si están ahí.

—Enrique, recoge esas cosas y méteselas en la cartera. Deja las llaves fuera. Niña, ¿cuántos eran?

Con el índice y el anular, la rubia contesta que dos.

—¿Blancos, negros, chiquitos, altos…?

La muchacha niega con la cabeza y murmura:

—Muy oscuro.

En momentos así, hasta las peores ideas son mejor que quedarse parado como una estaca.

—Mandarria, Guillermo, denle una vuelta a la manzana a ver si ven a un par de tipos sospechosos. Se acaban de ir, porque sentí un portazo cuando bajaba. El resto, vamos a su casa, que este circo no le conviene a nadie.

Ya sea por mi reputación o porque soy el único que está diciendo algo útil, los demás me hacen caso. Ya pensaré en un plan de acción mejor, cuando no tenga un niño berreándome en la oreja. Mandarria le pasa la linterna a Enrique, que recoge todas las pertenencias de la rubia. Busca a conciencia por todo el zaguán, pero no hay nada más. Luego que la improvisada partida de caza sale, cerrando tras de sí la puerta, mi comitiva sube hasta el tercer piso. Enrique abre la puerta con el llavero de pez. Ya en terreno conocido, la muchacha recobra un poco de compostura gracias a la rutina: enciende dos faroles en lugares estratégicos, me libra del peso del niño poniéndolo en un corralito, y se desploma llorosa en un sillón. Mi vecino, respetuoso del dolor ajeno, deja la cartera en una mesita y se planta en el pasillo, mocha en mano, presto para espantar curiosos o defender el fuerte, según fuese el caso.

Ya con mejor luz, contemplo con ojos de detective a la rubia, de la cabeza a los pies. A simple vista, salvo el labio partido y algunos arañazos en los hombros, no hay heridas evidentes o de importancia. Luego me percato que su saya color crema está manchada de sangre, a la altura de los genitales.

Ni me hacía ni me hace gracia interrogar a alguien en shock, pero los datos se colectan mejor en caliente. Con el pasar del tiempo, la psiquis censura los malos momentos y nos bombardea con información falsa, hasta que los sepulta y los olvida.

—Niña —digo a la sollozante víctima—, sé que ahora estás nerviosa y no atinas a nada, pero respóndeme que esto es muy importante para coger a los hijos de puta que te hicieron esto. ¿Cómo te llamas?

La mujer de Mandarria responde por ella, sosteniendo su mano y pasándole la otra por la cabeza.

—Se llama Sofía y tú lo sabes, Carlen. ¿A qué viene esa pregunta ahora?

La miro reprobatorio.

—Le pregunté el nombre para saber si estaba ubicada en tiempo y espacio. Por favor, no interrumpas.

Halo la silla hasta quedar frente a la muchacha y le cojo ambas manos, apartando a Teresa. Me acerco a sus ojos y dejo que se concentre en los míos.

— Sofía, ¿qué edad tienes?

Ella aún está alelada, pero responde sin titubeos:

—Veintinueve. Treinta el mes que viene.

—¿Cuántos años tiene el niño?

—Once meses. No llega al año.

—¿Estás en tu período?

Teresa me lanza una mirada que parece de fuego, pero mantiene la boca cerrada.

—Yo…no. No tengo la menstruación.

—¿Esos tipos te violaron? ¿Te hicieron daño?

Sofía inspira profundo antes de contestar, con una voz todavía cascada por el miedo y el llanto.

—Cuando estaba abriendo la puerta del solar, vinieron por detrás y me empujaron dentro. Uno me quitó a Abelito y el otro me tapó la boca y me apretó contra el muro. Me dijo que si gritaba matarían al niño. El otro puso a mi bebé en el suelo, me quitó del hombro la cartera y el portaplanos, los registró y se llevó lo que quiso.

Hace una pausa para beber del vaso de agua que Teresa le brinda, solícita pero indignada por el relato. Luego retoma el hilo de la historia:

—El otro me rompió la blusa y me arañó el hombre, diciéndome todas las puercadas que me iba a hacer y repitiendo que si gritaba matarían al niño.

—¿Algo particular en los dedos, su voz o como olía? ¿Alguna seña, por pequeña que sea?

—No tenía peste, pero sí un perfume muy fuerte. Hablaba susurrando. Tenía una sortija muy ancha en el anular. En eso, el otro abrió la puerta y le dijo que se piraban, así que pude ver con el resplandor de la luz de un carro el anillo: era la cabeza de un león dorado, grande, que le cubría toda la primera falange.

—¿De qué raza era? Si viste el anillo debes haber visto el color de sus dedos.

—Un negro color chocolate. Luego cerró el puño y me dio en la mandíbula y me rompió la boca. Supongo —lamió el labio, que aún sangraba —. Me caí y sentí el portazo. Busqué a Abelito, que lo oía lamentarse.

Sus ojos buscan a Teresa.

—¿Está bien, verdad? ¿No le ha pasado nada?

La mujer de Mandarria no contesta enseguida, sino que examina con la maestría de las enfermeras el cuerpo del bebé. Aprieta por turno brazos, piernas, abdomen y pecho de la criatura, que se deja hacer. Luego lo carga, mostrándoselo a la madre.

—El niño está bien —dice sonriendo. El bebé también parlotea contento, como si tales manipulaciones le hubieran parecido mimos y caricias, borrando los malos tratos que recibió hace poco.

Sofía regresa a mí, mucho más serena.

—No hay mucho más que contar. Sentí pasos en la escalera y traté de escondernos. Y eras tú.

No puedo darme el lujo de pensar que si hubiese bajado diez minutos antes hubiera podido hacer más al respecto. Como buen budista, no creo en las casualidades: si bajé luego de cometido el crimen, es porqué así tenía que ser. Quizás hubiera terminado con cuatro puñaladas en el estómago, o yo se las hubiera dado al otro. El resultado habría sido el mismo: mi buena vida jodida. Si el karma había dispuesto las cosas como estaban, yo no era quién para andar protestando.

Tomo la cartera de encima de la mesa y se la extiendo a Sofía, que trata sin lograrlo anudar el tirante roto.

—Por favor, revisa y dime que se llevaron.

Ella hurga un poco antes de decir:

—El celular…el monedero con cuatrocientos pesos, todo lo que tenía… ¿el portaplanos no estaba tirado en el zaguán?

—Yo no lo vi. ¡Enrique!

El vecino-guardia asoma inquisitivo la cabeza por la puerta. Me da gracia de repente, porque parece una cabeza/trofeo disecada por un experto cazador de aminoplises[1].

—Cuando recogiste las cosas, ¿viste algún portaplanos? ¿Un tubo con una correa, de este largo y de este ancho?

No he visto nunca el de la rubia, pero espero que fuese de una medida bastante estándar. Enrique sacude la cabeza, y Sofía suspira compungida.

—También eso se llevaron. ¡Todo el trabajo del fin de semana, perdido! —vuelve a sollozar.

Aquí me acuerdo que la rubita es arquitecto de la comunidad. Tal vez en Playa o en el Vedado fuese una persona importante. Pero en Centro Habana, con todo cayéndose, no debía ser una pincha sencilla. Amén de que acá ni de los sobornos se podía confiar uno: si declaraba una casa habitable y se caía, el arquitecto podía ir hasta preso si había muertos por el medio.

—Teresa, ¿tienes hecho café?

—Sí, claro. Nosotros tenemos balita de gas.

—¿Por qué no nos traes un poco, a ver si nos relajamos todos? Y tú, Sofía, aprovecha que hay agua y date un baño frío. Siempre ayuda que pase el susto.

Teresa me mira, entre recelosa y suspicaz.

—¿No sería mejor, Carlen, llamar a la policía? Y a ella es mejor llevarla al policlínico: allá le pueden hacer un kit de violación.

Suspiro. Desde su punto de vista, tenía lógica. Desde el mío, no. Es echarme tierra yo solo, porque fui yo quien encontré a la víctima, desbaraté la escena del crimen e interrogué a la víctima. De ahí a que me tiren un registro en la granja de ordenadores y me desgracien el negocio, solo va un paso.

—Teresa, tú sabes el poco caso que le hace la policía a un robo con violencia que no sea a un turista. Y aunque la hayan molestado, no hubo violación, así que no va a haber ADN. Ella no tuvo tiempo de resistirse, así que con suerte el agresor tendrá piel suya debajo de las uñas, pero nada que un cortaúñas o una buena lavad con agua y con jabón no puedan quitar, Para comparar, tendríamos que saber quién es y agarrarlo, y ni lo uno ni lo otro. En resumen, no tenemos nada. Ir a la policía es martirizarla por gusto…

Hago una pausa y miro a todos los presentes, antes de sacar mi as bajo la manga. Mi argumento lapidario.

—Además, si hubiera sido en la calle no, pero es el solar. Territorio del padrino, y a él no le va a gustar que la meta se ocupe de sus asuntos, ni que vengan a pisotear su casa. Ya veremos que hacemos, pero policía, mejor que no.

En la cara de Teresa ya no hay dudas, porque le había presentado el conflicto con una arista diferente. Si aquello había pasado en lo que su marido se suponía que estaba a cargo, Mandarria podría sufrir las consecuencias. Y ella seguiría el mismo camino. Solidaridad humana, sí. Sacrificio altruista…bueno, no hay que exagerar. Así que me da la razón y va a buscar café.

La rubia, no muy convencida aún, toma uno de los faroles y lo lleva al baño, junto con ropa limpia. Pasada la adrenalina, luce ajada, vencida y mustia. Si hace unos meses la veía con algo de lascivia, ahora solo me da muchísima pena: es una ratoncita asustada, que por ahora todo lo que quiere es quedarse a solas con su cría y que todos los gatos malos del mundo se vayan al mismísimo carajo.

Recorro la habitación con la vista. Hay una mesa de dibujo cerrada y empotrada en la pared. El cuarto es más chiquito que el mío, pero una profesional de la arquitectura se las había arreglado para acomodar en él cama, cuna, corral, refrigerador y una repisa con una cocina eléctrica de dos hornillas…que con este apagón de poco podía servir.

Mandarria y Guillermo regresan de su ronda. Por supuesto, no habían visto nada sospechoso en las dos manzanas a la redonda que cubrieron. Los conocidos del barrio a quienes les preguntaron tampoco habían notado nada raro, ni a ninguna pareja de hombres dejando la zona a un paso más aprisa de lo normal. Encima de eso, estaba el factor apagón en marcha, lo que les daba más posibilidades de escape a esos hijos de puta. Mis cazadores improvisados salen a hacerle compañía a Enrique, así que me quedo solo otra vez en el cuarto. Si no contamos a Abelito, claro.

Nada de lo que sucede es casual: todo tiene una causa que genera un efecto. Solo había que encontrar la punta del hilo. Me froto las sienes para dejar la mente en blanco y empezar a analizarlo todo desde el principio.

No debían ser gente del barrio. Y no me parece que el móvil haya sido el robo: una madre con un crío en brazos, un portaplanos, una cartera ni nueva ni ostentosa y luchando por abrir una puerta en medio de un apagón no es la víctima más apetitosa del mundo. De hecho, hasta a los criminales más duros les habría dado pena y la hubieran ayudado a abrir la puerta. Es un código no escrito que en la calle, o por lo menos entre los delincuentes cubanos, se respeta: no se roba a mujeres con niños chiquitos. La violación es otra cosa, pero esos lo planean con calma y buscan un buen sitio. El zaguán de un solar no es para nada recomendable: cada menos de quince minutos entra o sale alguien. ¡Carajo, si yo hubiera bajado cinco minutos antes los hubiese cogido in flagranti delicto!

¿Qué es lo que se me está escapando? ¿Algo que Sofía no me estaba diciendo? ¿O algo que no me decía porque no sabía que era importante? Me dirijo a la mesa de dibujo y la rozo con un dedo.

—Niña, ¿en qué estuviste trabajando todo el fin de semana?

—Tuve que pasar en limpio los primeros planos de la Manzana de Gómez, y hacer una copia del proyecto de remodelación de la planta baja que están haciendo ahora.

Interesante. ¿Es esta la punta del hilo?

—¿Por qué no pudiste entregarlos en la oficina? Porque si dices que has perdido el trabajo del fin de semana, pero andabas con el portaplanos, es que ibas a entregarlos, ¿verdad?

Siento tras la puerta del baño el sonido del agua correr.

—Tenía que llevarlos a primera hora, pero no los tuve listos hasta eso de las cuatro. Cuando llegué a la oficina, ya el arquitecto principal se había ido. Eso no es raro, ¿sabes? Siempre me pone a hacer lo difícil para irse temprano.

—Luego, ¿qué hiciste?

Hay una pausa, en que se dejan de oír los hilos de agua de la ducha. Siento el olor fresco y oloroso a jabón.

—Fui a buscar a Abelito al círculo infantil y vine para acá.

—¿Por qué casi a las siete y de noche?

—El círculo queda lejos y la guagua se demoró.

La Manzana de Gómez. El primer gran centro comercial de Cuba. Más de cien años siendo referencia para los habaneros: “Lo compré en la Manzana de Gómez”, “Cerca de la Manzana de Gómez”. Comercios, boutiques, oficinas. Y en un futuro hotel cinco estrellas, ya que la Oficina del Historiador de la Ciudad lo cedió para su operación al emporio suizo Kempinski Hotels.

Pero, ¿por qué los planos originales?

Consulto la Wikipedia en mi celular, para no confiar en mi memoria. La Manzana se inauguró en 1893, con un solo nivel. Entre 1916 y 1918 le adicionaron cuatro pisos más. Sofía está en tremenda candela si le habían robado un plano tan antiguo…pero, otra vez ¿por qué confiarle un documento con tanta historia a una simple arquitecta de la comunidad?

¿Por qué alguien querría un plano comparativo de antes y después de la remodelación?

Mejor aún… ¿quién estaría dispuesto a asaltar para robarlo? La pieza fuera de lugar era el portaplanos. El teléfono y el monedero se entienden: exiguo botín para un robo, pero comprensible. ¿Para qué llevarse algo tan específico como un portaplanos?

—¿No te parece raro que te mandaran a copiar esos planos?

—La oficina del arquitecto de la comunidad tiene que tener copias de los planos de todos los inmuebles —reza maquinal Sofía—. Aunque en este caso no sé para qué. Están conservando la planta baja lo más cercano posible al diseño original.

 Es un disparo casi a ciegas, lo admito. Y el truco de detectives más viejo y manido de la historia de la novela negra. Pero, aunque sea por casualidad, el burro sí que tocó la flauta. Eso es incuestionable…y yo no creo en las casualidades.

Despliego la mesa de dibujo. Como esperaba, está cubierta por un gran pliego de papel blanco. De los tiempos en que daba dibujo técnico en la vocacional —cuando aún no había Período Especial y esa asignatura no había desaparecido— recuerdo que este papel grueso sirve para dibujar un plano sobre él, sin que las vetas de la madera de la mesa desvíen el trazo. Y que debe cambiarse después de cada plano. Demasiado gasto para un arquitecto de la comunidad.

—¿Cuándo cambiaste el papel de la mesa de dibujo, Sofía?

—El viernes, cuando recogí los planos. No lo hubiera hecho, porque casi no me queda, pero era un encargo importante que me lo iban a pagar bien —su voz se casca, convirtiéndose en puchero.

Bingo. La suerte no es más que el choque de trenes entre la oportunidad y el saber que estás buscando. Cojo un carboncillo de un portalápices improvisado con una lata de refrescos cortada y comienzo a comprobar mi teoría. Es mejor pedir perdón que pedir permiso como dice Poly y, si estaba en lo cierto, nadie me iba a regañar: me iban a dar las gracias.

Cuando Sofía sale del baño, vistiendo una bata de casa nada vaporosa, llega Teresa con el café. La muchacha me mira trabajar con algo de curiosidad, pero no pregunta, lo que le agradezco mucho. Apuro la taza de un golpe, sin preguntarme si está caliente o no. Menos mal que está tibio. Pregunto si puedo fumar y me dicen que no, por el niño. Me encojo de hombros, contemplo mi obra maestra terminada y sonrío como un bobo.

Si algo me gusta en la vida es tener la razón, de eso me di cuenta en mis tiempos de investigador agregado en el Polo Científico. Encierro una parte del plano en un círculo, acepto otra taza y salgo a hacer compañía a mis vecinos. Guillermo subió a casa a tranquilizar a su madre. Enrique, Mandarria y yo fumamos, pero solo yo tengo una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Qué pasa, científico? A mí no me da gracia lo que le hicieron a la rubia —aunque sospecho que Mandarria está más preocupado por lo que le dirá el Tata a él.

—Te voy a leer el futuro, mi herma. De que te van a regañar, eso seguro, pero no va a pasar de ahí. Puede que hasta te den las gracias de que esto haya pasado.

—¿Quién? ¿La rubia que por poco violan en mi misma cara?

—Eso no se podía impedir. A la Sofía la estaban velando. Pero como es aquí se van a coger el culo con la puerta.

Un estrepitoso ¡EEEH! anuncia que la luz ha regresado. El sonido fue, en este caso muy particular, más rápido que la luz. Las lámparas de luz fría tuvieron que esperar a que los encendedores las cebaran.

—Muy oportuno. —tiro la colilla al patio interior. Enrique me mira con mala cara, pero en estos momentos no hay tiempo de andarse con contemplaciones para con los vecinos de abajo. Todos volvemos a inundar el cuarto de la rubia, pero los otros dos hombres salen avergonzados. Sofía tiene otra vez el pecho descubierto, esta vez dando de comer a su bebé. Como nunca he tenido ese tabú (ni ese fetiche), hago caso omiso de la mala cara de Teresa. Para comodidad del lactante y su madre, ajusto los tornillos de la mesa de dibujo para que parezca una pizarra.

—Sofía, recuérdame por qué hay que cambiar el papel de la mesa de dibujo con cada plano.

—Porque los trazos pasan como líneas de bajo relieve al papel, y si haces otro plano encima puede saltar el lápiz en esos surcos.

—Pero como los planos eran casi idénticos, no tenía sentido cambiar el papel, ¿verdad?

—Sí. Hice el original primero, claro. Luego, el proyecto actual.

—En realidad —respondo ufano—, no importa el orden: no puede diferenciarse un surco en bajorrelieve de otro. Pero sí podemos ver el conjunto de todos los trazos. Miren.

Mandarria y Enrique estaban oyendo desde el pasillo mi disertación, y valió más la curiosidad que el recato y las buenas costumbres. Diez ojos —porque Abelito presta atención, sino a mis palabras por lo menos a mí tono de voz y a mis gestos— miran expectantes el plano.

—Casi todas las líneas coinciden, menos las que están encerradas en el círculo.

Sofía se echa hacia adelante, entornando los ojos. Es probable que esta muchacha debería medirse la vista: de tanto dibujar, puede que necesite espejuelos.

—Pero…es un espacio muy pequeño: un cuadrado de un metro y medio.

Me siento exultante.

—Y, ¿qué cabe en un metro y medio?

—¿Un closet? —dice Enrique.

—¿Un baño personal? —dice Teresa.

— Gu, gu. Ma, ma —dice Abelito, ejerciendo su derecho a hablar.

—¿Un cuarto secreto? —se arriesga Sofía, con el pensamiento tridimensional de los arquitectos no demasiado buenos.

Mandarria es sabio. Deja que los demás elucubren y eliminen por descarte las opciones, hasta que queda la solución más lógica.

—Una caja fuerte.

—Justo en el clavo. ¿Cómo se te ocurrió?

—No me fije en el espacio. Me concentré en dónde estaba el espacio.

—En la antigua joyería  Hanessian and Schultz —no voy a permitir que se quede con el mérito. Toso con la boca seca, pido agua para aumentar el suspenso y sigo adelante con mi línea de pensamiento.

—Es lógico que comparando el plano actual con el original esta diferencia destacase. Los dueños de la joyería deben haberla montado en secreto, para preservar sus joyas y dinero, y cubierto con un panel falso. Y a partir de ahora, todo lo que voy a decir es una hipótesis…que la única defensa que puede tener es la lógica. Cuando triunfó la Revolución, o más exactamente, cuando se empezaron a nacionalizar los negocios particulares, por alguna razón no pudieron sacar sus valores. Quizás pensaron que aquel movimiento duraría pocos meses. Y se equivocaron de medio a medio.

Tomo otro sorbo de agua y miro a mi audiencia. Al parecer, todos dan mi historia como plausible.

—Ambos eran judíos y será un estereotipo, pero es probable que se vigilasen el uno al otro para que ninguno recuperase el botín. Hasta que uno de los dos, o ambos, le encargaron la tarea a alguien. Puede que a un nieto, por la edad de ambos. Digamos entonces que el nieto vino a la Habana, pero como no sabía bien la ubicación de la caja, decidió pedirle los planos a tu jefe, el arquitecto principal de la comunidad.

— Pero… nosotros no estamos autorizados a entregar los planos de ningún lugar, y mucho menos a extranjeros.

—No me queda muy claro si ese nieto vive en Cuba o en el extranjero. Me inclino por lo primero, por el “pirarnos” que  dijo. Si el tipo es cubano, tener las joyas en su poder es una garantía de, por ejemplo, que lo vengan a buscar en una lancha. Sobre los planos y tu jefe, ¿no te mandó acaso a copiarlos en tiempo récord, fuera del horario de oficina, y para el lunes por la mañana?

—No pude terminarlos hasta por la tarde. Pero Julio no estaba —murmura Sofía con voz culpable.

Una idea lúgubre me viene a la mente y la suelto sin más. Ya ando en modo de razonamiento autónomo.

—Enhorabuena, Sofía. Creo que vas a ser ascendida a arquitecta jefa de la comunidad.

Hago una nueva pausa para servirme más agua. Ahora no estoy siendo teatral: la garganta me escuece de veras, por la adrenalina de la caza.

—Es posible que Julio esté muerto en la oficina, amarrado en una silla y con signos de tortura. Prometió tener los planos hoy por la mañana, después de haber recibido un anticipo de… ¿cien dólares? ¿Mil? ¿Cuál tú crees que sería el precio de Julio, Sofía?

—Ese vendería a su madre por una peseta —sentencia con furia la muchacha—, y si algo sale mal, siempre encuentra a quien echarle la culpa.

—Bueno, la cifra no es importante. El pariente regresó, pero con nuestro amiguito de la sortija de león. Que, por cierto, no sirve como pista —meto la mano en un bolsillo y saco una pesada sortija dorada—.  ¿Era como esta, rubia?

Sofía abre los ojos como platos, y me mira como si yo fuese David Copperfield mientras asiente. 

—La puedes comprar en el Boulevard, así que nuestro matón debe ser alguien local, alquilado por dinero o por la promesa de una salida del país. Lo que sí es seguro que el pariente montó en cólera cuando vio que su mapa del tesoro no estaba. Cerró la oficina y machacó a Julio. No importa si solo, a través del sicario o si ambos se turnaron. En el proceso puede que hasta tú pasases por ahí, pero al ver todo cerrado fuiste a buscar a Abelito.

Otro vaso de agua. Ahora me doy cuenta de cuanto…calor humano…puede haber en un cuartico de solar con tanta gente adentro y en agosto. Ya casi no percibo el aroma fresco a jabón de antes, y tengo la camisa pegada a la espalda por el sudor.

—Tere, ¿puedes poner el ventilador? Somos seis en un zapato, y el niño se debe estar ahogando del calor. Gracias. Puede que el pariente se oliese que Julio quisiera quedarse con el botín, y a lo peor para tu jefe, estaba en lo cierto. Lo que tiene que ser verdad es que cantó de lo lindo y te vendió con nombres, apellidos, dirección particular y rutinas. A fin de cuentas, eras tú quien tenía los mapas.

El ventilador echa buen aire. Menos mal que había regresado la corriente a aquel rincón de Centro Habana.

—Si después de la pateadura que le dieron, lo dejaron vivo o no, yo qué sé. Opto por creer que lo dejaron vivo, pero amarrado y amordazado. Ya mañana irá alguien a la oficina y se armará el revuelo. Lo que quiere decir que a más tardar esta noche esa gente va a ir a buscar la caja fuerte. Cogerán las joyas y pondrán tierra de por medio, cuando no agua.

—¿Por qué estás seguro que no lo mataron? ¡Los muertos no echan palante a nadie! — interrumpe con vehemencia Enrique.

—Seguro que si la Poly estuviese aquí te haría tragar tus palabras. Pero eso no es lo importante. Lo que le sobra de bestia al del anillo, lo tiene el otro, el pariente,  de inteligencia. También es un tipo que no le gusta mucho la violencia: el niño no tiene ni un moretón, así que lo cargó y lo dejó en el piso con la maestría del que tiene hijos propios. Si tiene parientes judíos, es muy probable que sea además de raza blanca. Lamento no haberte dado una buena descripción de la pareja, Mandarria. Hasta ahora no la tenía.

—No hay cráneo. Sigue con el cuento.

—Cuento no, hipótesis. No es tan estúpido como para echarse arriba un muerto, al menos no si puede evitarlo. Si aparece un cadáver, sabe que la meta no va a parar hasta encontrar al asesino, y eso no le conviene. La policía puede hacerse la lenta, pero si te quieren encontrar te encuentran, no importa la piedra debajo de la que te escondas. Y como Julio mañana seguro que canta de nuevo cuando lo interroguen en la estación, el golpe tienen que darlo hoy.

—Entonces, ¿me ascienden o no me ascienden? —sonríe la rubia, y menos mal. Saber que no hay alguien detrás de ella le ha mejorado el humor. Ya va rebasando el shock.

—Si se destapa todo y se demuestra su participación, va preso. Y tú eres la siguiente en la línea de sucesión.

Y ahora viene la parte difícil.

—Todo está en como tú quieras hacer esto: ¿por la policía o por el Tata? Piénsalo bien.

Sofía medita y en el cuarto se hace silencio. Solo se oye el chupetear de Abelito alimentándose. Lo siento, pero esto requiere decisiones rápidas.

 —Niña, decídete y ya. Si vamos a la policía, lo más seguro es que no nos crean. Mi hipótesis es lógica, pero no tengo ninguna prueba: antes de que la comprueben los hijos de perra pueden coger las joyas y perderse. Si hablo con el Tata, en diez minutos seis hombres fuertes van a enseñarles lo que es bueno a esos cabrones.

—¿Los van a matar? —está mal decirlo, pero había algo de iracunda esperanza en la voz de Sofía.

—Eso no puedo decirlo yo. Si se ponen pesados, lo más probable es que sí. La gente del Tata no se anda con chiquitas.

—¿Y Julio?

—Ese, que se quede dónde está. Cuando alguien vaya mañana a abrir la oficina, se lo van a encontrar cagado de miedo. Si te complace y tienes llave, ve tú misma bien temprano. Lo más seguro es que se aconeje, pida la baja y hasta se cambie de provincia. Nunca va a saber si sus “amiguitos” regresarán a pedirle más cuentas o no.

A mí que me aspen, pero hay un toque de malignidad en sus ojos cuando murmura: “con el padrino”.

—No pienses más en esto. Nosotros, vámonos para que puedan descansar, ella y su hijo.

Ya afuera, aconsejo a Mandarria que esté esta noche más alerta que nunca, y a Teresa que le lleve algo de comer a la rubia. Enrique y yo subimos a nuestro piso y, tras un saludo, entramos cada quien a su cuarto.

Enciendo el aire acondicionado y reinicio los servidores. Uso el celular de emergencias que me dio el Tata, línea directa y segura. Le hablo largo y tendido. Cuelgo y suspiro. Lo que podía hacer, lo hice. Ahora, a casa y a contarle a Poly mis peripecias.

Nunca supe el final de la historia y el padrino no quiso decirme, bajo el criterio que es mejor no enterarse de ciertas cosas. Pero sé que el Tata cuida y protege a su gente. Cuando regresé a la mañana siguiente me tropecé con una Sofía que iba al trabajo, entre nerviosa y feliz, con su portaplanos colgado del hombro. Mandarria la acompañaba, mientras Teresa cuidaba de Abelito. El día advertía que luego de lo que iba a pasar no era momento para círculo.

—¿Todo bien? —pregunté, y Mandarria asintió.

—A las cinco de la mañana, pasó Machete a devolverle las cosas a la rubia. Más cien dólares de parte del padrino, por las molestias.

—¿Estaba todo? ¿También los mapas?

—Sí —el jefe interino del solar me tomó del brazo e hizo un aparte—. Esto es para ti. Dice el padrino que gracias y que le alegra que sigas siendo perro de pelea.

Dejó sobre mi palma un sortijón ensangrentado, con la efigie de una cabeza de león. Ahora, tengo dos.


[1] En una reunión de cazadores, uno se levanta y proclama “Yo he matado cuatro leones, dos elefantes y cuarenta y cinco aminoplises. Ovación. Otro se para y dice: “Eso no es nada: he cazado tres hipopótamos, diez jirafas, veinte hienas y noventa y cinco aminoplises.

Un reportero que cubre el evento, intrigado, le pregunta a un cazador que está sentado a su lado. “Por favor, señor, ¿me puede explicar que es un aminoplis”. El cazador contesta diligente: “Muy fácil. Es un negrito que sale corriendo de la selva gritando A mí no, please!

Publicado originalmente en Isliada.org

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1 comentario en “El zaguán oscuro”

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