Pececillo de Dios

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Publicado originalmente en Taller 9, de Sergio Gaut vel Hartman, «Pececillo de Dios»
resultó merecedor del 1er Premio en el concurso JT2022 de ciencia ficción (Cuba).

Una colonia como Averno no es lugar para el débil. Cuando todas las especies autóctonas son feroces microorganismos, curtidos por las luchas internas por la evolución y la supervivencia, no es de extrañar que la llegada de los humanos y sus sistemas inmunes casi vírgenes fuera una bendición para los cazadores invisibles.

No obstante, no había vuelta atrás. Todos los colonos sabíamos antes de embarcarnos que era un viaje sólo con boleto de ida, y las exiguas existencias de la nave no iban a aguantar lo suficiente para encontrar otro asentamiento. Así que hicimos lo que se nos da mejor: resistirnos a morir contra todos los pronósticos y por todos los medios a nuestro alcance. Aunque aún no hemos ganado la batalla del todo, la retrogenética y la computación combinatoria nos dieron la ventaja del contraataque, diseñando generaciones personalizadas para los rigores de Averno. Por supuesto, no todos los mutantes fueron exitosos, pero la inteligencia artificial de la nave aprendía de sus errores y, poco a poco, optamos porque decidiese el genotipo de nuestros hijos y aceptamos su voluntad.

Aunque, en ocasiones, sus elecciones no parecían tener ningún sentido.

La madre del niño le explicó que había sido un bebé prematuro, débil, enfermizo, por lo que siempre era el primero en contagiarse cuando llegaba alguna peste de fuera. Dijo que dudaba que pudiera vivir más de treinta años. Sin embargo, eso a ella no le importaba, y a él tampoco. Se había convertido al cristianismo varios años atrás y creía firmemente en los designios divinos. Si ese es el plan de Dios, decía, lo acepto como una bendición. Eso explicaba por qué el niño, el ser más dulce que sea posible imaginar, se pasaba todo el día rezando.

Aunque no podía salir al exterior, la madre procuró que aprendiera al menos a leer. A pesar de que la vida de su hijo fuese corta, no tenía que ser un total analfabeto. La madre era tan beata como realista y bien podía darse el caso que ella fuese primero a reunirse con el Creador. ¿Cómo recibiría entonces su pequeñín la palabra del Señor? En un final, la Biblia contenía toda la enseñanza e instrucción necesaria, así que para el niño fue toda la cartilla y el manual donde aprendió de letras y del mundo que no podía ver.

Había poco que hacer en su bunker hermético a prueba de gérmenes, así que el niño creció con la convicción que le daba Corintios de hacer de su cuerpo un templo para el Espíritu Santo. Si no era sano, al menos sería fuerte por fuera… y quizás ese esfuerzo inquebrantable por lograr la perfección fue lo que evitó que los otros avernistas le desahuciaran. Cierto que su cámara estanco consumía recursos preciosos, pero tan perfecto era en su forma física y tanto insistía la Inteligencia Artificial que este sería el siguiente paso evolutivo, que los colonos nos fuimos adaptando a pagar tributo para admirar sus rituales de ejercicio y rezos de nuestro pececillo de Dios, feliz en su pecera.

Así las cosas, la vida del joven hubiese transcurrido corta y recluida, mas llegó el día aciago del contacto. En realidad, en nuestra soberbia fuimos los causantes de la desgracia que descendió del cielo. Si bien Averno fue duro a nuestra llegada, nuestra tozudez en adaptarnos y sobrevivir llamó lo suficiente la atención de los verdaderos dueños de Jardín —como ellos le llamaban a este mundo rico en vida microscópica— como para bajar de las alturas de la Trascendencia y arrancar de raíz la mala hierba. Nuestra nave y nuestro equipo quizás fuese suficiente para resistir el embate de los microorganismos, pero estábamos indefensos ante los rayos de muerte y las hojas cortantes de los Jardineros, que nos llevaron al borde del exterminio sin el mínimo intento de negociación.

Era obvio que no nos veían como especie inteligente, pese a las pocas máquinas que aún estaban en funcionamiento y nuestros vanos intentos de comunicación. Quizás todas las variaciones genéticas que aceptamos como necesarias tuvieron la culpa: a sus ojos éramos una plaga dispar y no un pueblo reconocible. Quizás la Inteligencia Artificial, en su gran sabiduría de datos y probabilidades, también tuvo en cuenta esta remota posibilidad al darnos a Pececillo de Dios.

Lo cierto es que los Jardineros quedaron encantados con el hombrecito en la pecera hermética, tal y como debía ser un humano de verdad —no como nosotros, llenos de tentáculos, espinas y colores diversos— y cayeron en cuenta que no éramos tan diferentes a ellos si podíamos cultivar y criar un espécimen tan bonito. Pececillo, a fuerza de recitaciones, rezos y anatemas les enseñó nuestra lengua, y pudimos al fin parlamentar. Ellos fueron magnánimos y nos dejaron colonizar Jardín como otra de sus especies en estudio, siempre y cuando apacentáramos sus rebaños de microorganismos y mantengamos nuestro número dentro de cifras razonables. En cambio, nosotros les entregamos la ruta a la Tierra, donde podían encontrar trillones de mascotas tan adorables como Pececillo de Dios.

¿Nos remuerde por ello la conciencia? No, porque hicimos lo que se nos da mejor: resistirnos a morir contra todos los pronósticos y por todos los medios a nuestro alcance.

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5 comentarios en “Pececillo de Dios”

  1. Precioso relato.
    Me encantó esta frase como resumen: «Nos resistirnos a morir contra todos los pronósticos».
    Merecido premio. FELICIDADES.
    Un abrazo.

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