Corrección de manuscritos: la viga en el ojo propio

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corrección de manuscritos: la pluma es más fuerte que la espada

Si eres escritor, seguro te ha pasado.

Has terminado el cuento perfecto. O, al menos, consideras que es lo suficiente bueno como para dárselo a leer a un colega. Mejor aún: has pedido turno en la próxima tertulia/ taller de escritura/ reunión de amigos para deslumbrarles con esa historia que has contado.

Claro está, que no es cosa de ir por ahí haciendo papelazos. Revisas con cuidado la ortografía, cada frase parece estar esculpida por el mazo de Rodin y te sorprendes riendo de tus propios chistes y conmoviéndote de la profundidad de tus reflexiones.

Hecho: estás convencido. Una obra perfecta. Imprimes las cuartillas que te servirán para hacer tu lectura —si eres ecológico, salvas el documento al tablet— y allá vas, a la cita con tus oyentes. Te aclaras la garganta (quizás con un beso a la caneca que trajo un socio) y comienzas a dar la vida en cada palabra de tu presentación.

Y es justo ahí, en mitad de la primera página, que hay un error tan garrafal, tan “de a calle”, que no tienes ni puñetera idea de cómo es posible que no lo hubieses visto antes.

Tartamudeas, arreglas la frase sobre la marcha y terminas tu relato. Los aplausos y elogios —si los hay y son sinceros— te saben falsos y a hiel, porque te arde el error como una mancha en el expediente laboral…

¡Deshonra sobre ti, deshonra sobre tu vaca…!

Bueno, para un poquito el carro.

Primero, no es para tanto: menos mal que te diste cuenta ahora y no cuando tu relato ya está impreso en blanco y negro, luego de sepetecientas revisiones tuyas y —si tienes la suerte de que te toca uno bueno en su trabajo— tu editor.

Que sucede, ¿eh? Erratas, pifias, gazapos y otros animalejos plagan los libros de cualquier autor, desde el más zafio hasta el más encumbrado. Y son los lectores los que se ríen con sorna cuando los señalan. Ahí sí que no hay nada que hacer.

Pero en los primeros llantos de bebé de cualquier obra literaria hay errores que son indetectables a la lectura. Y no es que te falte cabeza para darte cuenta de ellos.

Lo que pasa es que te sobra.

Corrección de manuscritos: la mala pasada de la viga en el ojo propio

Cuando un texto no nos es familiar, los errores saltan de inmediato a la vista. Sin embargo, al escribirlos nosotros mismos nuestro cerebro se vuelve paternalista y se hace el de la vista gorda con las faltas.

Estos “errorcillos de nada” pueden ir desde un desliz ortográfico hasta omitir palabras, oraciones, cambiar los tiempos verbales dentro de la misma frase e incluso dejar de poner ideas completas.

Según Tom Stafford, psicólogo de la Universidad de Sheffield, en Reino Unido, algo tan sencillo como escribir es un proceso mental muy complejo, dónde el cerebro hace malabares para llevar nuestras ideas a palabras. Así, se concentra en la estructura del texto mientras los detalles los pasa a piloto automático.

Luego, al revisar lo escrito, percibimos una combinación de lo que vemos y lo que esperamos ver. En esencia, como sabemos lo que quisimos escribir, esto interfiere con lo que escribimos realmente.

Así que prevalece la versión que ya tenemos en la cabeza y no le damos crédito a lo que está delante de nuestros ojos. Cómo se lo cuento a usted.

Parece pareidolia y casi lo es

Este curioso hecho tiene mucho que ver con la pareidolia, el fenómeno dónde encontramos figuras en las nubes y rostros en las losas de granito. Para más desgracia, mientras más fantasiosa y creativa sea la persona, mejor es en encontrar patrones visuales dónde no los hay… y los escritores de ficción son por regla muy imaginativos.

Ergo, los errores llueven. Pocas veces detecto los míos, pero los colegas se enfadan cuando les devuelvo “cuentos impecables” llenos de hormiguitas rojas de correcciones —pesado que soy también con el tema, pero es que me interesa mucho el mundo de la edición y la corrección de manuscritos.

Me confieso, pues, cazador de gazapos ajenos y escarba-pajas en los ojos del prójimo. Pero, por fortuna, hay formas de ver la viga en el ojo propio.

Corrección de manuscritos: la viga en el ojo propio

Podemos detectar nuestras propias pifias, en la intimidad de nuestro espacio creativo, sin hacer papelazos frente a los demás.

El truco consiste en hacer el texto menos familiar a nuestro cerebro. Muchos escritores dejan reposar sus manuscritos durante semanas e incluso meses, para que los patrones iniciales de escritura se borren y así ver lo que quedó con una mente fresca para la corrección de manuscritos.

Un truco más sencillo consiste en alterar el color, el tamaño o el estilo de las letras antes de volver a leer. Al usar una presentación diferente a la que empleas de forma regular, tu cerebro deja de reconocer patrones y los errores ya no se enmascaran en lo que conoces.

La otra, mucho más efectiva, es la que ya mencionamos al principio: leer en voz alta. Cuando lo haces el ritmo de lectura se desacelera, pues en lugar de evocar imágenes mentales tienes que traducir las palabras a sonidos y luego llevar esos sonidos a palabras y a imágenes mentales.

Aunque hablaré dentro de muy poco —si me dejas un comentario para animarme a hacerlo— de la lectura y sus modos, el truco de leer en voz alta funciona mejor si no lees tú, sino que escuchas leer tu obra a otra persona.

Robots al rescate

Y me dirás: esa persona también puede reconocer patrones en el texto y saltarse los errores. Eso es muy cierto, en especial si el tema de la lectura es muy familiar, como sucedería en una pareja que se encuentra muy compenetrada.

Pero, por fortuna, aquí viene la tecnología al rescate: hay muchos programas de text-to-speech (TTS) que utilizan voces robóticas bastante naturales y leen exactamente lo que has escrito. Incluyendo los errores.

Así que, querido escritor, la próxima vez que vayas a presentar el cuento perfecto en una tertulia, asegúrate de oírlo primero en la voz de Loquendo. Tal como este artículo, que así lo revisé.

Te ahorrarás sinsabores, y harás la tarea del editor mucho más fácil a la hora de la corrección de manuscritos.

Espero que estos consejos te sean útiles. Pero recuerda: no tienes que recorrer el camino del escritor tú solo. Puedes contactarme si deseas ayuda con tu obra, o solicitar los servicios que te ofrezco más abajo:

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3 comentarios en “Corrección de manuscritos: la viga en el ojo propio”

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