El sesgo de la supervivencia (Parte I)

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Algunas verdades son tan evidentes que sorprenden. Entonces, tienes dos caminos: o minimizas a quien las encuentra; o te quitas el sombrero y con toda humildad las aceptas como tuyas. No es un plagio. Es un homenaje a quien las enuncia, ya sea en un momento de epifanía o en una vida de genialidad.

Una de esas grandes verdades es el sesgo de la supervivencia.

Hay quien nace para superhéroe

Lo enunció Abraham Wald, matemático húngaro experto en análisis estadístico, geometría y teoría de la decisión. Judío por más datos, le tocó un momento bastante… judío de la historia (dicho en plan gitano calés, para no decir malas palabras). Seguro que ya saben a qué contexto me estoy refiriendo, pero Wald tuvo la precaución de ir chiflando pal United States of America antes que el picao se pusiera malo.

Pero como lo que brilla con luz propia nadie lo puede apagar, un buen día le tocaron a la puerta para pedirle ayuda. Resulta que, como es normal, los aviones aliados que participaban en la Segunda Guerra Mundial daban y daban duro, pero los alemanes no eran mancos y devolvían el fuego. Así que los chicos del aire que tenían mucha suerte a veces apenas llegaban con sus aparatos hechos coladores.

Apenas. Así que, para darle una ventaja a los muchachos, había que fortalecer el blindaje en esas zonas sensibles-colador, sin perder maniobrabilidad.

Sobre la importancia de plantearse bien el problema

Resumiendo, se habían mapeado todas esas zonas de impacto dónde la puta —ya se me salió la mala palabra, pero putos nazis— Luftwaffe había sacado del juego a los aviones y los había forzado a regresar a casa.

Por supuesto, reforzando esas zonas sensibles a impacto parecía la solución para que los aviones aliados se rieran de los peces de colores… más exactamente, de los cabrones de la cruz de hierro en la cola y pudiesen seguir luchando. ¿Cierto?

Para eso necesitaban a Wald y sus conocimientos de estadística. Pero el húngaro era un caballo en teoría de decisión, así que les dijo a los señores militares que estaban mirando el árbol y no el bosque: el gráfico que habían hecho tenía que interpretarse al revés.

Y ese es el destello de genialidad del que hablábamos al principio. Los militares habían mapeado las zonas de impacto de los aviones que regresaban a sus bases. Maltrechos, vapuleados, malheridos… pero con sus pilotos vivos para luchar otro día.

Sobre lo realmente importante

Incluso sin ver el lado humanista, ¿qué valía más? ¿El avión, que se fabricaba en masa a nivel chorizo de burro, o el piloto? En aquel entonces, que no habían drones, un as del aire experimentado en combate era invaluable.

Por lo tanto, esas zonas de impacto eran lugares donde el avión podía permitirse ser agujereado sin explotar como un siquitraque y aún quedar lo suficiente funcional para salvar a su piloto. Las zonas donde no estaban reportados los impactos eran lugares dónde, con un buen disparo, los aviones aliados se iban —con su tripulación— al mismísimo carajo.

Lo letal no estaba siendo observado, así que por omisión los lugares “limpios” en el mapeo de los aviones eran las zonas que debían reforzarse.

¡Toma ya! Simple y lógico, ¿verdad? ¿Cómo no se dieron cuenta antes los generalotes? Porque las verdades, una vez dichas, tienen la belleza de darte un mazazo por la cabeza.

La elegancia del Sesgo de Supervivencia

En las bellas palabras de la teoría de la decisión, Wald enunció el Sesgo de Supervivencia:

“La generalización a partir de observaciones sesgadas distorsiona la percepción de la realidad”.

Aunque el propio Wald murió en un accidente aéreo, eso no quiere decir que no salvo la vida de cientos de pilotos con su intelecto y sea un superhéroe. O que no nos haya dejado una verdad como una roca.

Ya si construimos con eso un castillo o si nos la amarramos al cuello y nos tiramos de un puente, es tarea para la casa y motivo de reflexión para el post de mañana. De momento, piénsatelo… que te conviene. Aunque no es el único sesgo cognitivo sobre el que nos convendría meditar.

Un ejemplito y ya

Porque me chiva la memez que impera —siempre con “z” al final—, no me puedo resistir a obligarte a pensar un poquito. Si ya llegaste hasta aquí leyendo… pues te fastidias, por no decir otra cosa más apropiada, pero quizás más hiriente.

Ayer mismo se ha armado un salpafuera increíble a partir de algo que no debería ocupar un segundo de pensamiento. Resulta que, ¡oh, escarnio y tormento!, en Cuba se cayó Telegram por un rato.

Gritos, reclamos, ofensas, soluciones, conspiraciones, recontraconspiraciones, teorías, más soluciones, gritería… de todo. Literalmente, mi muro se petó de miles de comentarios y post de amigos —y no tanto— chillando por Telegram.

Me apuesto la vida, y ya que estamos la de mi novia, que ni la mitad de los protestones usa Telegram para trabajar y ganar mis frijoles como yo lo hago. Es más, subo la apuesta y pongo también la cabeza de mi hija en el picadero.

Pero, ¿saben qué? El mundo no se acaba por eso. Ni siquiera el mío propio. Porque eso cae dentro de mi zona de impactos posible, y estoy preparado para ello.

Hace dos años o cosa así, no usaba Telegram. De hecho, ni tenía Internet en la palma de mi mano. Tenía que caminar kilómetros hasta una Wifi. Antes que eso, tenía que moverme decenas de  kilómetros hasta un hotel para tener Internet. Antes de eso, tenía que usar el email y va que chifla.

PERO NADA DE ESO ME IMPIDIÓ TRABAJAR. NUNCA.

No malgastes tu energía

Antes de gritar y patalear, piensa si una situación X amenaza tu supervivencia. Si no lo hace, siempre habrá una solución, una alternativa que puedas encontrar. A veces, como en el caso de Telegram, no está en tus manos y solo necesitas dar tiempo para que, quien lo rompió, lo arregle.

En otras ocasiones, la culpa es tuya por no darte cuenta que estás en una zona donde no hay puntos rojos. Por ello, la gente con quien trabajo sabe que si no es Telegram será Whatsapp, o Messenger, o Gmail, o señales de humo. Si no es hoy, pues será mañana.

Si a la Unión Eléctrica no le da la gana que hoy haya luz en mi casa, pues escribo en Tablet hasta dónde dé la batería. Luego, siempre habrá un mocho de lápiz que pueda usar. O una tiza. O un pedazo de carbón.

Porque mi prioridad es clara: yo trabajo, mientras los demás se desgañitan por gusto y para nada. Al final del día, veremos quien tiene algo productivo que enseñar.

Continuación…

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4 comentarios en “El sesgo de la supervivencia (Parte I)”

    1. Bueno, amigo mío… diga mejor que expresará su punto de vista. ¿Refutar? No digo que mis verdades sean absolutas, pero son mías. Y las de Wald… bueno. Así que buena suerte con eso de «refutar» 😊

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