Horas de sentencia

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Debo hacerte una carta, mi cisne salvaje,
ya que ahora tu ausencia va a ser infinita.
Solo queda decir que eso no me sorprende:
lo veía venir desde tu última huida.

Ya de poco me valen palabras, caricias,
que traía el cartero con mirada esquiva.
Releyendo percibo en tus cartas malditas
como de a poquito tu pasión moría.

Curioso que en ellas tú me bendecías
con todo tu amor, y me prometías
una entrega eterna, una larga vida,
que esta, tu ausencia, era solo una brizna
lanzada hacia el viento que nada decía.

Aunque la distancia y el tiempo tañían
yo confiaba en ti, pero las ridículas
cadenas con anclas de papel se iban
disolviendo en salitre, y así este día
me anuncias impávido nuestra despedida.

Te agradezco el aviso y entiendo que vueles,
temía que esta hora aciaga por fin llegaría.

Pero, como Dalí, veo el tiempo que marcha
por el tragante negro de mi espera perdida.
Que se añadan pesadas todas estas horas
a tu larga condena por matar mis dichas.

–Álex Padrón, El rosario del hombre de ceniza
Editorial Primigenios, 2020

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