La era del ofendido

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No sé de qué me quejo: las redes sociales son una constante fuente de inspiración para reflexionar. Si dejas que tu sección de noticias se vaya a la mai lof, lo más seguro es que la cantidad de cieno inculto y propaganda que a nadie convence te ciegue. Pero tanto, que a fuerza de seguir bajando hasta encontrar algo que realmente te guste se vuelve el trabajo de Sísifo… y veas un montón de memes y gatitos en el proceso.

En lo personal, trato de llevar mis redes con bastante puño de hierro y mi sección de noticias ES esa con temas que realmente me interesan. Más que nada literatura, emprendimiento, ciencia y tecnología, curiosidades históricas, salud, noticias de fuentes confiables (a ser posible, de dos rotativos con puntos de vista diferentes) y las publicaciones de mis amigos de Caralibro. Con ellos soy relativamente benévolo y acepto sus puntos de vista, aunque diverjan del mío.

Porque el respeto al derecho ajeno es la paz, y aunque aparezcan en mi sección de noticias son criterios que ellos expresan o apoyan desde SUS páginas. Si ya la cosa se pasa de castaño oscuro (¿se ponen negras? Esta frase siempre me ha dado curiosidad), pues les regalo el don de la invisibilidad por 30 días a ver si se tranquilizan un poquito. Si las diatribas continúan, pues les mando al banco del olvido sin dejar de considerarlos mis amigos. Cuando la cosa ya va de ofensas o ataques personales, pues a tomar por saco y perdón, ya no quiero tener un amigo como tú.

No os dejéis provocar

Poquísimas veces me dejo provocar, pero a veces ya se pasa del negro y la ausencia de color se acompaña de un sumidero que se traga la luz y, con ella, las pocas neuronas que nos separan de los primates.

Quizás si eres una persona pulcra con sus redes sociales, habrás visto lo que yo vi. Lo habrás pasado por alto, te hubiese molestado o incluso le hubieses regalado tu like, porque el mensaje parecía bastante positivo. Se trataba sobre el hecho (muy real) de que los hombres también viven profundos conflictos internos y necesitan desnudar sus emociones y llorar.

Hasta aquí todo bien. ¿No lloramos cuando bebés lo mismo hombres que mujeres? ¿No tenemos lacrimales los dos, con la misma función y la misma capacidad? En eso somos iguales… incluso somos iguales a la hora de expresarlo. Si me duele, lloro: física o emocionalmente, me da igual. Las mujeres también, e incluso ambos lo hacemos de forma similar: en privado.

Estoy de acuerdo: el estereotipo de “los hombres no lloran” es más falso que un dólar de tres. Debe removerse y que cada quien, con completa libertad, se saque sus dolores de adentro. Y no solo de sufrimiento, ¿eh? Porque hay muchos tipos de llantos, tanto como emociones hay. Y hasta se puede llorar porque hay polvo: las glándulas lacrimales están también para eso, para limpiar e hidratar los ojos.

¿Qué me molestó entonces?

El envoltorio de ese buen mensaje, que con tintes de igualdad es un ataque violento o solapado, según se le preste la debida atención. El encabezado era “Deconstruyendo la masculinidad”.

Mira, no me jodas. Voy a empezar diciendo que, aunque no soy un purista de la lengua, esos neo-términos heredados a pulso del inglés me caen como una patada en las gónadas. Detrás de ellos hay un discurso que no es autóctono y ni siquiera heredado: falta la imaginación y sobra el descaro para crear una ideología propia, así que mejor tomarla “prestada” (robada) de lo anglosajón. Por mucho que, a fuerza de campañitas, logres que la RAE y el Word la acepten.

A ver si te enteras: en el español que hablan millones de personas hay una palabra exacta para tu verbo “deconstruir”. O dices “desmontar” o aceptas no irte con chiquitas ni hacerte el subliminal, y en puro plan vikingo sueltas el “destruir”.

En segunda, autor de la pancarta de turno, no sé quién demonios te dijo que yo quiero “Deconstruir mi masculinidad”. Ni que mi identidad como ser humano del sexo masculino dependa de si lloro o no. Lo siento por aquellos que ven la relación, pero el que suscribe no la acepta y le ofende que alguien trate de destruir mi concepto de masculinidad… que es obvio que nada tiene que ver con el de ustedes.

No todos somos iguales (porque esto va de inclusión, ¿no?)

Conectar masculinidad con machismo es generalización, la misma de la que la Cultura del Ofendido —las minorías con nueva voz— pretende escapar. De tanto huir de las etiquetas se han comprado una pistola de etiquetar y van pegando nombrecitos a todo y a todos. Si encuentran uno que no entra en la categoría, pues se inventan una nueva: así, como no apruebo con honores en el examen del machismo, me han llamado tanto a mis espaldas como a la cara neomachista, micromachista y un montón de sandeces más.

Yo por ahí no paso. Bastante me ha costado en los años que tengo arrancarme muchas ideas que me inculcaron de niño y bastante que me he armado a mí mismo con criterio propio y cierta lógica interna, para que se me pida que “deconstruya mi masculinidad”.

Ah, pues no. Puedo dialogar, puedo limar asperezas, puedo aceptar y hasta entender. Pero mi género físico, emocional e intelectual es masculino. No porque me lo enseñaron: porque yo mismo lo creé y lo asumo a conciencia y con orgullo.

Así que los mensajitos subliminales se los pueden ahorrar. Los cartelitos también. Sé que vivo en la Era del Ofendido, dónde se mide y juzga con las gafas de la minoría. Donde se prohíben libros, se descataloga “Lo que el viento se llevó” por racista (aunque fue la primera película dónde se le concede un Oscar a una actriz norteamericana negra), se lapidan las obras por la postura de los autores, donde se derriban estatuas de hombres que no cumplen los estándares modernos de lo políticamente correcto.

Donde, ya por llevar las cosas a la tremendísima, se le cambia el nombre a clásicos de la literatura como “Los diez negritos” a “Eran diez”, pa montarse en el carrito de la inclusión.

Enséñame un extremista y te diré que veo

Y donde, bajo el escudo de los desposeídos, se esconde mucho oportunista con afán de protagonismo y mucha estupidez, que ya ni siquiera es humana.

Ya que estamos en la Era del Ofendido, en la ola Neopuritana —yo también puedo usar las armas del que me ofende—: vamos a hacer como en Salem y que paguen justos por pecadores. Parece que es tiempo que las víctimas sean los héroes y vayan cortando trigo bueno con mala yerba. La pandemia no ha servido de nada y nos seguimos enfocando en el etiqueteo, olvidando que siglos de historia, cultura e identidad no van a arder en un día, por muchas hogueras que hagan.

Pero tanta intolerancia camina hacia el lado oscuro: de tanto flagelar al hijo del verdugo, llega el punto en que también él es víctima y comienza a hartarse de tanta memez. Con Z, como el castellano dispone.

Ya veremos a lo que vamos, pero por si las moscas yo no voy a deconstruir nada. Como mi mamá me parió: macho, varón, masculino y llorando para abrir mis pulmones. Aunque ahora y aquí llore por otras causas, que mucho me entristecen.

Si llegaste hasta aquí, pues dame un me gusta, ¡bien sabes que es verdad! O compártelo en tus redes sociales, para que tus amigos escritores se enteren. O rebloguéalo. O qué sé yo.

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1 comentario en “La era del ofendido”

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