Animal (Cadáver exquisito)

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Animal (Cadáver exquisito)

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Este cuento se publicó originalmente en la revista
Korad 39 del Taller literario Espacio Abierto

Los cadáveres exquisitos son cuentos colectivos, en los que varios autores van incorporando fragmentos a la historia, tratando de mantener el tono del escritor anterior. En este caso, tuve la ayuda de varios colegas del Taller Literario Espacio Abierto.

CADÁVER INICIADO Y CERRADO POR:

  • Álex Padrón

PARTICIPANTES:

  • Abel Guelmes Roblejo
  • Jeinner (Colombia)
  • Adiley Cilleros
  • Yadira Betancourt
  • Náthaly Hernández Chávez
  • Carlos Duarte Cano

—Observa, tonto, infeliz, bueno para nada, como es que se hace.

Mi padre remanga su camisa y toma el cuchillo. La pobre res sacude sus cuernos amarrados y muge por las hierbas jugosas que ya no verá más. La hoja se hunde con precisión milimétrica en el lado izquierdo, como si atravesara el aire.

—¿Ves? Sin dolor, con paciencia. Que no vea la muerte llegar, o se arruina la carne.

De un golpe seco, atrae el puñal hacia sí. Un chorro de líquido cubre mis ojos de muchacho, un velo de muerte los de la vaca. Sus neuronas tratan de abrir los esfínteres, derramar la hiel entre las vísceras, luchar para que los tendones queden duros como piedra y los músculos sean trozos de madera, pero nada. Un gran derroche de adrenalina.

Él no me entiende. Ya quisiera tener su fuerza, ser algún día como él. La res tampoco entiende su papel en esta historia. No puede saber que su sacrificio es más que alimentar a lo que queda de mi familia. Su muerte es una enseñanza para mí. Eso lo sé, pero papá no cree que lo entienda. Quisiera ser como él, pero soy diferente. Me quito la sangre de los ojos y él me mira con reproche.

Lo veo en su expresión. Es la misma que aquella vez que me sorprendió en el gallinero, practicando con los pollos. Me dijo que la bulla lo había despertado. No tengo su agilidad y fuerza: por eso se me escapaban, pero bien calladas estaban después de que las pasaba a cuchillo.

Las gallinas son demasiado escandalosas.

En la escuela, ni Gus ni nadie me entiende cuando explico la belleza del momento en que el puñal desaparece en la res, cómo sus ojos se apagan y la vida se riega roja por tu cuerpo. Nadie lo entiende. Son como las gallinas y forman escándalo por todo y me miran como si estuviese loco.

Gus también era una gallina. Quizás si hubiera tenido la fuerza de papá no hubiera chillado tanto. Ahí entendí a lo que se refería papá cuando me decía «sin dolor, con paciencia». Ojalá Gus me perdone, donde quiera que esté. La próxima vez, lo haré mejor.

Recuerdo ese momento como si hubiese sido ayer. Gus me esperó en el parque cerca de la escuela tal lo acordado. Había sido una semana difícil, muchas tareas, la maestra me riñó varias veces. Según ella, sufro de algo que denominó TDAH y no entiendo de que va. La verdad es que sus clases me aburrían: prefería dejar volar mi imaginación y transportarme a un lugar más agradable. En ese sitio estaban las voces. Me divertía mucho con ellas, sabían decirme las cosas, aconsejarme en los momentos más difíciles.

Incluso fueron ellas las de la idea de citar a Gus en el parque. Gus me gustaba: él también era diferente, pero de otro mundo. Tenía una mirada perdida me hacía recordar al ganado, babeaba y era tan apacible y tranquilo como aquellos rumiantes que no esperan nada de la existencia.

Nunca me vio venir. No emitió un sonido cuando clavé entre sus costillas la daga de padre, que le hizo un agujero en su corazón. Se deslizó entre mis dedos y vi sus pupilas agrandarse. Pensé entonces que Gus era afortunado y hasta creí haberle hecho un favor. Ahora me percato que, de haber podido, hubiese chillado de dolor como un pequeño marrano.

No pude volver a partir de ese día a mi sitio habitual de distensión mental. Deje de escuchar las voces después de lo de Gus y un frio extraño congeló mis pies ese día. En casa todo siguió igual, con cierta alegría renovada que fue apagándose con los días. Aunque me llevé un regaño: la carne supo muy mal.

Papa desayunó el último trozo de Gus esta mañana y me miró fijo por tres largos segundos. Encontrar otra vez comida sería difícil sin los consejos de mis amigos invisibles, y el frío me llegó a la rodilla. Mamá y Esther necesitaban de mí también. Sobre Papá ya hay muchas sospechas, y esto no es un juego. Es comer o morir.

Comer… estoy mirando mi brazo. Flaco y descarnado. «Comes poco y mal» dice mi mamá siempre y a veces las voces me reprochaban que cuide tan poco de mi cuerpo. Ellas tienen razón: a este paso nunca seré tan fuerte como papá. Pero el asunto es que solo me gusta la carne y yo no soy una vaca: no como hierba.

También la daga de mi padre es demasiado pesada. Necesito algo mejor, más manuable.

«Balance» —dice la maestra— «Equilibrio». Con esas palabras salgo de mi cabeza —donde estaba gritando hambriento y solo, abandonado por las voces.

La maestra sigue hablando. Me mira y me sonríe: parece alegre porque por una vez su alumno menos atento sigue el hilo de su clase. Sus dientes brillan sanos. La visión de su piel rubicunda me provoca un cosquilleo raro, y las voces regresan al fin: «Balance, equilibrio… filo no. Muerte, luego carne» —cantan con su tono más dulce. En mi cabeza veo cómo abren la caja de herramientas de mi padre y señalan en el fondo, riendo, el punzón de raspar herraduras.

La clase termina. La maestra está contenta y yo también. Dice que quiere hablar con mis padres. Solo vio a papá en el inicio de curso y cuando el médico de la escuela les tuvo que explicar la enfermedad de su único hijo varón. La maestra contenta por mí y creo que también por ella.

Yo la invito a mi casa. Ese mismo día.

La maestra duda y yo hablo de café y dulces. Ella tiene hambre. Todos en el pueblo la tenemos, así que ella acepta. Vamos de mano por el parque cerca de la escuela, el mismo donde acaricié a Gus con la daga. Si ella supiera. En casa no podemos comprar dulces, y no nos interesan. Los dulces no alimentan. La carne sí.

La carne camina en la forma de la maestra. No puedo decepcionar a papá, practiqué para esto con Gus y las gallinas. Si la res ve venir la muerte, las vísceras se le llenan de hiel y dejan de ser jugosas, los tendones se vuelven duros —tanto que no hay olla que los ablande— y la carne se vuelve madera.

Mi madre pelea entonces porque los tendones no se pueden cocinar. Nos turnamos entonces para romperlos con los dientes, masticar la fibra y sorber el jugo, pero es verdad que así no se pueden tragar.

Llevo a la maestra por la calle contraria a la calle principal, por la puerta de atrás. Cruzamos la alambrada y pasamos el muro alto. Entramos por el mismo patio donde papá tiene el matadero de las reses y el gallinero. Le pido que se siente, que enseguida llamo a mis padres. Duda, pero espera. Algunas reses son más tontas que otras. Entro al cobertizo y tomo el punzón que duerme olvidado en la caja de herramientas, y su balance y equilibrio son perfectos.

Ella sonríe otra vez cuando regreso, con sus dientes perfectos. Es una sonrisa forzada. Lo sé por la forma en que se tuercen y congelan las comisuras de sus labios. Mejor así, las reses nunca sonríen cuando padre las prepara para el acto final: ellas se le acercan resignadas y solemnes, como conscientes de su importante misión.

Las reses se nos terminaron hace meses y hay hambre en casa. La maestra tiene unos muslos rollizos. Nunca debe asustarse, para que queden bien tiernos. Le sonrio de vuelta para tranquilizarla y esta vez sí que entro en casa, resuelto a buscar a padre. Pero le doy la razón a la voz en mi cabeza: no quiero que me ayude. Quiero que vea lo fuerte que soy y cuanto he aprendido de él. Que puedo traer solo comida a la mesa.

En la cocina, incorporo al punzón el cuchillo de la carne, ambos ocultos a la vista por los faldones de mi camisa escolar. Parece apropiado para después del trabajo. Soy listo, me digo y la voz me lo reafirma. Los demás dicen que soy TDAH como si fuera algo malo, pero solo yo sé lo listo que soy.

Mi padre sale de su modorra en el sofá, mi madre y Esther han salido de compras. Se rasca los ojos de legañas y me mira con sorpresa, asintiendo, asimilando como su hijo —el tonto, infeliz, bueno para nada— ha visto una excelente oportunidad. Asiente. Se levanta. Sale al patio, arrima una silla frente a la maestra y conversa con ella animadamente, de manera que cuando me acerque ganando su espalda no pueda presentirme.

Arremango mi camisa, salgo silencioso por la puerta principal y rodeo la casa. Cruzo la alambrada, luego el muro alto, llego al patio. Avanzo sonriendo hacia mi padre y la maestra, caminando lo más despacio que puedo, cuidando no pisar ninguna rama. En el último instante mi padre adivina algo en los ojos de la maestra que me mira extrañada, pero demasiado tarde como para arruinar la carne.

Algo también aprendí de las clases de anatomía. Soy TDAH, no idiota. Ni tonto, infeliz o bueno para nada. Clavo profundo el punzón en la base del cráneo de mi padre, separando el cerebro de la médula espinal, cortando los impulsos que arruinan la carne. Luego, con mucha más calma, hundo el cuchillo con precisión milimétrica en el lado izquierdo, como si estuviese atravesando el aire y de un golpe seco atraigo la hoja hacia mí. Un chorro de líquido cubre los ojos de mi maestra. Un velo de muerte los de papá.

—No se preocupe: la cena estará lista pronto —trato de tranquilizarla, mientras ella chilla, patalea histérica con sus muslos rollizos y su piel rubicunda se torna blanca.

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