El guardián de estrellas

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Este cuento de terror cósmico tiene la bicoca de 22 años de antiguedad…pero saltó del baúl de los recuerdos para refrescarme de que este género no se me da tan mal. Ojalá y ustedes piensen igual.

La alimaña reptaba entre el polvo, haciendo rechinar los guijarros que encontraba a su paso sobre la dura piel de su vientre. Entre toda aquella soledad el sonido se extendía a decenas de metros como el grito de un relámpago, pero el animal no reparaba en ello. Agua, agua, necesitaba agua.

La había olido muchos kilómetros atrás, mientras seguía el rastro de un globo saltador y desde aquel entonces en su minúsculo cerebro vibraba aquella idea perenne. Beber. Hacía meses que se nutría con los pocos jugos de sus presas, por lo que la promesa de agua pura y limpia y abierta era, más que un grito de lujuria, un destello de necesidad. Pero ahora la sentía tan cerca que su intuición le aconsejó paciencia y sus instintos de auto conservación se dispararon.

El animal se replegó tras un monolito, regocijándose en la humedad del lodo que exudaba y oteó el horizonte con sus sentidos. No pudo sentir más que la silueta de una ruina abandonada y la presencia de ¡agua! en su interior. Avanzó con cautela, sus púas por delante listas para herir y rasgar, sus ojos, oídos, tacto, olfato y gusto a la caza del predador en la sombra, para reclamar el derecho de posesión de toda aquella agua.

Era un lago redondo, completamente redondo, y con el agua más cristalina que recordaba. El viento cruzaba helado sobre el valle desierto y la gran noche era clara como el reflejo de las cuatro lunas sobre el plano cristal del lago, hundido en el lodo y protegido del viento. La alimaña olvidó todo miedo y se lanzó cuesta abajo, como cuando era larva y su padre le servía de cómodo abrigo, alivio para la sed, consuelo y alimento. Cayó con estrépito sobre el lago y chapoteó aspirando líquido por todas sus ventosas, exhalando una estela de burbujas de gas verdoso.

Algo se revuelve molesto, allá abajo en el cieno del lago. Es un disco perfecto, de un tamaño tal que podría decirse que fue creada para el estanque. Realmente es todo lo contrario: el guardián de estrellas se revuelve molesto y deja de ser algo para adquirir conciencia. Durante muchos años ha estado inmóvil, mientras los mil ojos de su cuerpo en forma de disco preservaban el reflejo de todos los soles en el cielo, fijaban la posición de las estrellas, hacían un mapa astral del firmamento y  las estrellas, sus estrellas, brillaban siempre en lo alto iguales, estáticas, fijas en cada una de sus pupilas.

Pero hoy todo ha cambiado. Algo/alguien se atreve a diluir su reposo y a alterar las estrellas, a cambiar su reflejo de las estrellas desde el fondo del lago. Algo que repta, que mueve, que destruye lo que tantos años había estado fijo. Y una vez más una voz ancestral le azuza: Tú eres el Guardián de Estrellas.

Él es el guardián de las estrellas y nada ni nadie moverá el reflejo de sus mil ojos sobre los astros. Con un movimiento instintivo se eleva sobre el cieno del estanque y se invierte, mostrando sus mil un pequeños conductos dadores de muerte al cielo. ¿Qué importa que no pueda ver sus soles reflejados ahora, que el invasor se burla y reniega de su misión? Pues es el guardián, veloz se alza en pos de la superficie y la venganza como un ariete del infortunio.

La alimaña, refocilada en su alegría, no ve, no presiente, no se percata que algo empuja el agua desde abajo. La algazara de sus chapoteos se interrumpe en un chillido, cuando los cientos de tentáculos del guardián de estrellas se clavan en las articulaciones de su cuerpo de anillas y lo repletan de venenos de nombres antiguos y muerte segura. Muere, muere, ladrón de reflejos. Muere, quien altera la luz de las estrellas.

Con sus últimos estertores la alimaña lograr asirse a un costado del estanque por un minuto, antes que el cuerpo de disco del guardián de estrellas se repliegue cubriéndolo por completo y lo disuelva finalmente en una piscina de jugos digestivos.

Lentamente, el guardián se expande por toda la extensión del estanque y exuda toda el agua robada, más la que extrae del agresor. Los gases superfluos van a la atmósfera semivacía. Los desechos sólidos lentamente caen hacia el fondo del estanque. El guardián de estrellas no necesita más nada que el reflejo de sus astros, uno en cada ojo distribuido en su superficie. Un mapa estelar completo. Baja lentamente, volviendo a su lugar en el fondo del estanque. Nada mueve el agua, mientras sus estrellas quedan fijas sobre sus ojos, que se adaptan a la difracción del líquido calmo.

Así ha de ser, y así será siempre. Cada estrella en su lugar, nada entre él y sus luces. Él es el guardián de estrellas. Por siempre inertes en sus ojos. Inamovibles. Dadoras de vida y paz.

Pero otra vez el guardián vibra. Una masa de fuego, redonda y naranja, bloquea en el cielo primero una, luego diez, luego cien de sus estrellas. El cerebro del guardián de estrellas no mide el tiempo, pero el metabolismo de su cuerpo le dice que ha luchado hace poco. Pero nada va a cerrarle la luz a sus astros. Una voz ancestral le azuza: Tú eres el Guardián de Estrellas.

La esfera llameante cae en el estanque, siseando y haciendo hervir el agua, chapoteando, girando, gimiendo. El guardián nada otra vez hacia el intruso, presto a darle muerte con sus mil y un tentáculos, listo a abrazarlo con sus mil y un muertes.

La colisión hace rebosar el agua del estanque y un plop sordo recorre el poco aire del desierto. El intruso ya no arde, pero es fuerte, muy fuerte. El guardián de estrellas estira su cuerpo de disco para englobarlo, clavándole sus mil y un tentáculos llenos de venenos ancestrales.

La esfera gira, gime y se debate, y al ataque responde con cientos de agujas, pero cuando cayó del espacio ya moría. Poco a poco se va diluyendo sobre el cuerpo del guardián de estrellas, que lo licúa y asimila, para devolver el agua al estanque, el gas a la atmósfera y los sólidos al fondo. Como ha sido siempre. Como no pasa ahora.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa? El guardián de estrellas no entiende por qué el intruso se está colando célula a célula de su cuerpo, reescribiendo instrucciones, cambiando su metabolismo. Su cuerpo de disco comienza a hincharse, y aunque lo intenta no puede hundirse en su preciado estanque. Su tamaño se multiplica por dos, por diez, por cien, mientras comienza a parecerse a una esfera y a subir sobre el aire tenue, a ascender arrastrado por la atmósfera casi inexistente, a girar mientras su cuerpo se estira y mil de sus ojos, antes fijos como un mapa estelar, se re-arreglan sobre su piel. Sube hasta que no hay atmósfera y cae al vacío, mientras la inercia lo impulsa.

Y allí queda, en la oscuridad estrellada del espacio. Por instinto se detiene. Por instinto comprende.

Él es el Guardián de Estrellas. Cada uno de sus ojos se realinea con las luces de los astros, en un perfecto mapa estelar de tres dimensiones. Nada opacará la quietud de sus reflejos: ni ente, ni nave, ni meteoro. Para eso vive: para ir allá, más rápido y más fuerte, a clavar sus mil y un tentáculos dadores de muertes rellenos de venenos antiguos. Él es el Guardián de Estrellas, y por eones vigilará la inmovilidad del espacio, esa que nada ni nadie debe romper.

Cuando ya no pueda…cuando sus ojos se enturbien con el frío de los astros, arderá y buscará en el desierto un estanque redondo.

Tú eres el Guardián de Estrellas —una voz ancestral clama.

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2 comentarios en “El guardián de estrellas”

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