Sombras de los muros de la muerte: el libro que mata

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Viendo El nombre de la rosa, protagonizada por el ya maduro Sean Connery y un novísimo Christian Slater, no pude dejar de apreciar la suspicacia de Umberto Eco de hacer que el «Poética» de Aristóteles fuese el verdadero asesino de la historia.

Libro prohibido, se habían envenenado sus páginas para que el incauto lector las pasase lamiéndose primero los dedos, con lo que la ponzoña calaba en su cuerpo hasta matarle. Lo que nunca me imaginé es que hubiese un libro real que tuviese el mismo truco entre sus folios.

Si Eco se inspiró en él o si la idea vino de otra parte no se sabe, pero como Shadows from the Walls of Death es anterior a El nombre de la rosa, al menos podemos darle el beneficio de la antigüedad.

El arsénico y Shadows from the Walls of Death

-¿Sabes, Adso?…quizás hemos plagiado sin querer…

Escrito por el doctor Robert C. Kedzie en 1874, su título completo es Shadows from the Walls of Death: Facts and Inferences Prefacing a Book of Specimens of Arsenical Wall Papers. Traducido al español, sería: Sombras de los muros de la muerte: Hechos e inferencias que preceden a un libro de muestras de papeles pintados con arsénico.

Como se infiere del título, en este volumen que tuvo una tirada de 100 ejemplares el buen doctor alertaba del peligro de utilizar papel de pared pintado con pigmentos que incluían arsénico en su composición. Pese a ser un elemento esencial para la vida a razón de microgramos, que obtenemos al comer carnes, pescado y vegetales, este pseudometal es extremadamente tóxico.

Esto ya lo sabían los antiguos galenos, que lo empleaban con cautela como medicamento y con largueza como veneno: la bioacumulación de arsénico conduce a una muerte relativamente lenta pero segura. Amigos de Agatha Christie: no confundir con el cianuro, que también mata pero de forma fulminante.

Pues el buen doctor Kedzie estaba muy preocupado por el tema, así que preparó este interesante librito para alertar a la comunidad científica del tremendo problema que tenía el uso de arsénico para preparar el empapelado decorativo de las paredes.

Corría el siglo XIX y el uso de materiales peligrosos no estaba para nada regulado: el arsénico, el plomo y muchos otros compuestos dañinos se empleaban a mansalva para la preparación de pinturas. Tan es así, que el historiador James Whorton puso el sobrenombre de “el siglo del arsénico” a los años mil ochocientos.

Cierto que el arsénico daba una brillantez genial a las pinturas en que se incorporaba, pero también envenenaba el papel que las personas utilizaban para decorar las paredes de sus casas. Por puro contacto, por el aire y por la acumulación en el agua, el arsénico iba poco a poco minando la salud de los inquilinos que tapizaban sus casas con este papel…así que había que hacer algo al respecto.

Tócame si te atreves

Fue sin dudas una medida extrema, pero en su libro el doctor Kedzie incorporó además de muchas advertencias 84 muestras de papel tapiz con arsénico incluido. Luego, distribuyó sus cien ejemplares en cuanta biblioteca pública de Michigan se le aceptó.

Como el galeno era el presidente del Comité de Venenos de la Junta de Salud del estado de Michigan, cabe esperar que pocos se atreviesen a rechazar un libro tan raro como peligroso. Así, la información sobre tamaño riesgo para la salud estaba disponible para todos de forma gratuita…y ligeramente letal.

En este volumen se describe como los habitantes de los hogares tamizados con estos papeles sufrían problemas de salud. El arsénico causa náuseas, dolores de cabeza, diarrea, dolores articulares, enfermedades de la piel, cáncer de pulmón y otros síntomas de envenenamiento. Cuando estos inquilinos eran trasladados a otras viviendas o cuando se retiraban los papeles tapices, los síntomas comenzaban a revertirse.

El efecto de un buen golpe de efecto

Gracias a este volumen del doctor Kedzie y su constante preocupación por el tema, la población comenzó a exigir productos más seguros para engalanar sus hogares. Ya a principios del siglo XX no se utilizaba arsénico en los papeles decorativos y su empleo se limitaba a los pesticidas, rodenticidas, insecticidas, fungicidas y conservantes de la madera.

¿Y qué pasó con Shadows from the Walls of Death? Cumplida su función, la mayoría de los 100 ejemplares de la tirada inicial y única fueron destruidas. No obstante, se conservan cuatro ejemplares: uno en la U.S. National Library of Medicine, otro en la Universidad de Michigan, el tercero en la Universidad Estatal de Michigan y el cuarto y último en la Universidad de Harvard.

Por supuesto, por su nociva naturaleza están encerrados con siete candados, pero su texto se digitalizó —siguiendo un estricto protocolo de seguridad— y está disponible en internet. No obstante, ya puede ser apreciado en todo su esplendor: el libro que está en la U.S. National Library of Medicine se desencuadernó y cada página se encapsuló en fundas de poliéster.

Encuadernación libro peligroso Shadows from the Walls of Death

Para que después no digan que los libros prohibidos son un mero cuento de caminos. A este paso, ahorita aparece una copia del Necronomicón, otra del De Vermis Mysteriis, una caja embalada en paja de Le culte des goules y todos los rollos de los manuscritos Pnakóticos, con un Image du Monde de regalo.

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