El otro lado de mis huesos viejos

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A los que llevan su ancianidad
como corona en vez de yugo

Cuando tuve conciencia que ya no era solo una osamenta abandonada en medio de un mísero campo de cultivo, y que por alguna razón podía ver otra vez desde la luz de mis cuencas vacías, lo primero que miré y vi fueron mis falanges. Luego la sangre goteando sobre ellas, y los pechos desgarrados de los asesinos de un joven nigromante que también se debatía, dando sus últimos estertores sobre la espada enterrada profundo en su vientre. No sé por que razón sepulté entonces su cuerpo, dejando a sus verdugos condenados a ser pasto de las bestias y los insectos. Después quedé de pie, vacío ya de sentido, a la espera de que el hechizo se rompiese y regresar a mi eterna quietud.

Cena tras cena vi como los labriegos del campo reaccionaban ante mi fantasmal presencia primero con pánico, luego con temor reverente y más tarde con entusiasta indiferencia, e incluso mofa. Todo comenzó cuando un obrero apestoso a uva fermentada se deshizo de su viejo pañuelo colocándolo sobre mis clavículas y jurando que así no pasaría frío cuando el carro blanco de Niright cruzase el cielo. Atrás vinieron la gorra, la camisa y en faldellín de colorines, pues nadie lograba desenterrar mis talones del suelo sobre la tumba de mi creador. No, no sentí absolutamente ninguna sensación ante aquellos manejos de espantajo. Al igual que ahora la burla me era tan indiferente como el calor o la lluvia o la palma delicada de la moza que se preguntaba, acariciando mis pómulos, por que romántica razón seguía allí parado, o el apretón encallecido del campesino que me invitaba a un sorbo de su bota y me contaba cuan bruja era su mujer.

Pero muy cara costo mi vestimenta a aquellos infelices.

Los zahafios han tenido de siempre bien ganada reputación de ser fácilmente arrastrados a la ira e implacablemente inhumanos con los territorios conquistados. Pero el oficial de aquella patrulla de frontera era quizás el más implacable representante de su raza. Uno a uno reunieron sus soldados a todos los lugareños, y uno a uno les exigió explicaciones imposible de porque habían vestido a aquel esqueleto con una parte de los colores del pendón de su señor. Espesa corría la sangre a mí alrededor, mientras el oficial se tornaba en verdugo de todos aquellos que había visto en mi vigilia. Comprendí que no había honor en aquella matanza, pero primero debe tenerse corazón para sentir lástima y mi caja torácica estaba vacía desde hacia mucho.

Me han dicho que los viejos tapices del templo de Diander cuentan que cuando Fairtod insufló a los hombre el valor y la ira de las batallas les dio de beber su propia sangre en su invicto yelmo. Yo mejor que nadie sé que eso es solo verdad en parte, que como el plomo o la saliva ponzoñosa del astrid el Licor de la Guerra se depositó en los huesos de cada combatiente y desde hay arde aun en el clamor de los tambores. Solo tras largos años de reflexión he podido intuir que ese hecho fue la causa que provocó que mi inmovilidad se rompiese, cuando el oficial hendió mi cráneo con su maza tachonada de púas de latón. Todos, víctimas y torturadores, se tornaron en piedra cuando a la luz de las antorchas me incliné sobre mis tibias entre susurros de harapos. Tomé el trozo partido de occipital de los terrones; como una madre recoge a un bebé de su cuna para ofrecerle la miel de sus pechos. Lo palpé, susurrándole arrullos en mi mente. Como una madre experimenté primero el terror de ver como el hijo que estaba a punto de amamantar yacía tan muerto como vacío, y yo también supe que el fuego de mi existencia había perdido una de sus brasas. Como una madre, sentí también la furia homicida de contemplar al asesino de su hijo parado a solo unos pasos de la cuna, sosteniendo aun la daga dadora de muerte.

Los sabios dicen que la única explicación a mis dotes para la batalla es que mis huesos debieron pertenecer a un Gran Guerrero de la época de la niebla; o a un Rey Pastor, fallecido y olvidado en aquel campo de siega. Prefiero imaginarme a mi mismo como un simple soldado de a pie, sorprendido por una flecha en la espalda mientras tragaba el rancho sentado junto al fuego del campamento, o apuñalado por un compañero tramposo mientras jugada a la tarba, o vomitando envenenado mientras las arengas de los heraldos impulsaban al regimiento a la batalla. Todos, culpables e inocentes, recibieron el dolor de mi ira y sangre espesa corrió fertilizando el agradecido campo en tiempos de sequía.

Cuando nadie más quedaba en pie para quebrar mis costillas o tajar mis fémures, comprendí que no podría descansar otra vez erguido sobre la tumba del hechicero. Traté entonces de apagar el fuego dentro de mi médula ensañándome en el cadáver del oficial; descarnando su rostro y mordiendo sus cartílagos sin poder degustar la sangre sobre mis encías secas.

¿Fue un honor acaso para aquel mal oficial y peor soldado que arrancase de su calavera las barbas mal cuidadas y el globo de sus ojos para luego ponerla sobre mis hombros, desechando la mía propia? Los sacerdotes dicen al pueblo que lo hice para mancillar su memoria y separarlo por siempre del descanso de los héroes bajo el Escudo de Fairtod. O que así les mostraba a mis enemigos la suerte que correrían todos aquellos que se atreviesen a desafiarme. Pero yo sé que es mentira, que tan solo lo hice para restaurar la gota del Licor de la Guerra que aquel cobarde había derramado de mi cuenco. Con ello, supe por primera vez cuanto faltaba en los hombres para colmar la medida que el Dios de la Guerra había puesto en nosotros, cuando blandió el mandoble sobre sí mismo para llenar su yelmo y bendecirnos con el honor y la gloria infinita de los Paladines.

Me armé con el despojos de mis cadáveres para ocultar mi condición y caminé entre aquellos que aun tienen carne. No me es posible recordar cuanto tiempo vagué combatiendo en asedios, batallas de regimientos o duelos personales, presentándome al primer clarín y ocultándome tras la caída del estandarte enemigo: el tiempo para mí nada significa. Luché por un imperio y luego contra él cuatro generaciones más tarde; seguí descendencias enteras de grandes luchadores con la única esperanza de que uno de sus vástagos fuese lo suficientemente diestro como para añadir otra gota al cuenco. Todas las leyendas de un guerrero misterioso con el rostro cubierto y los ojos encendidos no se refieren a mí, pero si una gran parte de ellas. De todos aquellos que lo valieran tomé un hueso de su cuerpo; no para honrarlos como dicen los bardos en sus odas, sino para acercarme más y más al supremo Señor de las Batallas.

Llegó pues el día en que ningún mortal, solo o en masa, podía vencerme. Junté entonces un pequeño ejército de guerreros viejos, lisiados o enfermos y desplegué toda suerte de escaramuzas y estrategias hasta lograr lo imposible y erigir el mayor imperio que hasta el momento se hubiese conocido sobre tanta tierra y tantos hombres.

Reiné desafiando las intrigas y la mentira de mi corte y logré lo más difícil de la tarea de un héroe: ser amado por su pueblo, a pesar de carecer de apariencia agradable para obtener con belleza lo que no puede lograrse con justicia. Pese a no tener garganta o voz para obnubilar con palabras melifluas y falsas promesas. Fui paz y tranquilidad entre mi gente, que vivieron pues en la virtud y la abundancia, y condena terrible para los pocos enemigos que trataron de arrancárselas.

Arremetí entonces contra las criaturas y en solitario llené mi existencia otra vez abatiendo los campeones dentro de los aigs, dragones, grifos, sierpes del Mar Interior y todo aquello que fuese un reto. Nunca me preocupo que mi pueblo llamase monstruo a la montaña heterogénea de huesos en que se convirtió mi cuerpo a partir de entonces; pues mi aparente humanidad inicial ahora era inútil ante el amor que me profesaban. Cada parte de mi es un adversario derrotado con honor y limpieza; un homenaje a una batalla de gran mérito para mis contrincantes. Después de algún tiempo, los contrincantes dentro de las criaturas también terminaron.

Solo un paso me separaba entonces de alcanzar mi destino. Marché pues a enfrentar a la misma magia que me había creado y una y otra vez mis esfuerzos se mellaron sobre la fuerza de los hechiceros. La Telaraña de los Caminos vibró como un instrumento de labranza sobre mi cuerpo, debilitando los nudos de mi osamenta y quebrando las articulaciones enlazadas con fibras de la misma especie. Por primera vez comencé a sentirme derrotado y también adolorido de un sufrimiento que trascendía lo físico.

Por cien cenas quedé otra vez vacío, inmóvil, como una colina de ofrendas de hueso dentro del fastuoso santuario que mis súbditos erigieron a mí alrededor. Mi pueblo me esperó, me idolatró olvidando que alguna vez mis miembros se habían movido, me diluyó en la letra de las odas y finalmente me echó al río de las generaciones donde navegan las barcas del olvido. En mi templo dejó de arder el aceite mientras las calles de mi ciudad quedaban abandonadas y mi pueblo peregrinaba a tierras más hospitalarias. El polvo desdibujó las figuras de las baldosas con la tranquilidad de saber que no volvería a ser hollado; los Magos festejaron su merecida victoria con un júbilo no exento de preocupación. Todo lo veía, pero era indiferente a la luz muerta de mis cuencas vacías.

Más si hubiese en mí pulmones, garganta y boca hubiese querido reír en aquella noche en que un joven entró a mi templo. Ni sé su nombre ni me lo dijo, pero iba vestido de negro y además de su sonrisa sardónica tenía el cabello castaño, una antorcha en una mano y un puñado de cereal en la otra. Me moví nuevamente, acercando las luces de mis ojos a su cara y puedo jurar que él comprendió perfectamente la cadavérica sonrisa de mi cráneo, empotrado entre un millar de huesos diversos.

Extendí al sol mis alas de dragón y volé hasta aquel mísero campo de cultivo, ahora transformado en desierto por las glaciaciones. Hundí mis garras en el suelo duro y allí estaba por fin mi canto final de victoria en forma del despojo de la mano que me había dado vida, rebosante de un poder arcano aumentado y añejado por el tiempo, ardiendo como una pira funeraria gigantesca.

No tiemblen, hechiceros, por el temor a la destrucción, ahora que soy yo conmigo mismo. Mi búsqueda está ya completa desde hace tiempo. Mi existencia termina sin dolor ni pena, sino con alegría. Decidle a los bardos que en el final tenían razón: he segado los mejores guerreros de todos los tiempos y mi cosecha viajará conmigo a morar bajo el escudo del Señor de las Batallas como héroes que hemos sido. Sea pues mi nombre Muerte o Gloria, y arderemos todos en el fuego de la magia que nos mantuvo juntos, para restaurar por fin una parte de la gota que Fairtod nos brindo en el principio de los tiempos de su herida. Adiós entonces y eternamente…

Álex Padrón

Publicado originalmente en el sitio El último puente.

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