¡Mírame a los ojos!

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El viejo levanta el rostro y queda mirando al sol con los ojos entornados. Nadie sabe su nombre, y es muy posible que ni él mismo pueda recordarlo. Es solamente el mendigo del viejo parque de la Tribuna, en pleno distrito naranja de Pueblo Medio. Nunca se ha levantado de aquel banco de granito verde, nunca habla. Siempre estuvo allí, en la arboleda, junto a la fuente, con la mirada apagada por los párpados. Su aspecto es peculiar, extraño, pero no en la forma que hace a un hombre atractivo.

¿Qué rasgo resalta más del conjunto? Su estatura no se puede determinar, escondida en su eterna posición de sentado, pero su cuerpo es menudo y descarnado; tan pequeño que en el banco queda suficiente espacio para tenderse sin tocarle. Es un hombre horrible, aquel anciano. Su nariz es tan achatada que semeja la de un cerdo, su boca estaba deformada por un labio superior hendido tres veces y el inferior colgante, como tratando de evitar que el amasijo de sus dientes escapasen de las encías. Su cabeza, llena de abultamiento y ajedrezada de zanjas, tampoco es humana. No tiene un solo vello, ni en el cráneo, ni en las cejas, ni en las pestañas, ni en el dorso de sus manos huesudas y sarmentosas. No muestra más partes de su cuerpo, pero parece presa de una lepra que aún no termina de corroerle las entrañas.

Su vestimenta se limita a un impermeable inmenso, una pieza de tela oscura y tan sucia que el gris fuerte del abrigo se trueca en negro. Los faldones cuelgan del banco arrastrándose por el suelo al capricho del viento. Apenas dejan espacio para demostrar cuan roto está el calzado del anciano —solo un par de zapatos anudados con tiras de colores a los tobillos. Un anillo de plata con una gema roja engastada da un toque de decencia perdida a su continente, que quien sabe por qué razón brilla, limpia y pulida, casi con desprecio del ser que la porta.

No tiene lazos aparentes con el mundo. No pide dinero ni compra en los mercados que rodean el parque. Nadie le ha visto caminando por la arboleda, ni tampoco por ninguna otra parte. Nunca mira a nadie. Sus ojos siempre están perdidos en algún punto del horizonte, como esperando algo que no llega, o preocupado por una duda eterna. No molesta a nadie y nadie le molesta: ni los niños más traviesos se atreven siquiera a pasar junto a la fuente. Es casi una leyenda entre los habituales del parque.

Pero el anciano parece no darse cuenta de las miradas de repugnancia que le dirigen y se concentra en su punto vago en la distancia.  Nada llama su atención.

Los parques son un santuario bendito donde se puede soñar que ni los pulsos de la televisión, ni las ondas de radio, ni el infrarrojo del control remoto del vecino nos bombardean. Después de  la desnudez arbórea de la estación fría, una gala de rojos y verdes llena el aire, la fuente central se ha descongelado por completo y lanza un arcoíris de llovizna contra el sol. El viento se toma un resuello en las copas de los árboles antes de regresar a los pentapartamentos y las calles manchadas de aceite de motor.

Quedan aún algunos retazos de suelo donde se ha acumulado demasiada sal y allí no brota la hierba, pero vendrán las primeras lluvias de mayo para lavarlos. El encargado de limpieza no ha venido a trabajar después de una noche de juerga por Pueblo Bajo, así que el carrito de limpieza no aspirará  hoy las hojas plásticas de las envolturas de dulces. La temperatura aún no es firme: entre los resquicios de las baldosas hay todavía carrileras de hielo, de ese que se cuela en las suelas de los zapatos y mojan las alfombras de casa. No obstante, estas nimiedades no empañan la belleza del parque ni amilanan a los chicuelos que chapotean en la nieve derretida camino a la Guardería, ni a los mayores que destierran el frío de los huesos con los primeros rayos del sol. Las mascotas tiraban como es normal de sus traíllas, sin sentir agujas de hielo hincándoles las plantas y llenándose de clorofila nueva y viejos deseos de apareo.

Claro que en el rostro del viejo no hay alegría por estos cambios. Ni por ningún otro. Ni el tiempo parece pasar por su rostro contraído, si es que alguien contiene el asco para escrutarle por más de veinte segundos. Por suerte eligió su lugar eterno en uno de los rincones más apartados, lejos de las aceras con las mejores flores o las máquinas dispensadoras de dermos. Ni los perros, eternos curiosos, pero siempre alertas, se le aproximan. Mucho menos los gatos.

Lento avanza Has de Verre por la vereda, ágil en su pesada armadura de EP. Es un hombre simple que adora su trabajo, aunque un poco, vaya, brusco, con algunos sujetos que rondan de cuando en vez su barrio. Era una vieja costumbre de sus tiempos de sargento de la División Sudamérica. Odiaba a los básicos, los odio más cuando sus balas químicas destruyeron uno de sus nervios ópticos para siempre. Ahora, retirado con honores, degradado a simple legal en uno de los lugares más pacíficos de Pueblo Medio, odiaba a los de Pueblo Bajo. Una especie de sustitución de odios.

Has mira al viejo y rezonga. Claro que no es la primera vez que le ve. Al principio le prestó la misma atención que los demás, concentrado en limpiar de exóticos, aberrados que regalaban caramelos a los niños llenos de segundas intenciones, traficantes y mendigos demasiado insistentes el parque. Tal vez los años, su media ceguera y el casco de metralla en su ingle le invalidaban para el Ejército, pero sus amplios conocimientos de lucha urbana y sus malos humores sirvieron de buena escoba. Ya solo quedaba uno.

Durante meses había estado espiando, esperando la más mínima señal de molestia para dar cuenta de aquel anciano. Todo había sido en vano. Al despertar su primer pensamiento se lo dedicaba a él. Siempre y cuando esa cara leprosa no apareciera en sus pesadillas, lo que era cada vez más frecuente. Su ronda esperaba que alguna vez, algún día, aquella figura diminuta no estuviese fundida al banco de granito verde. Sus esperanzas siempre eran castillos de nubes. Consultó a sus superiores y solo recibió una orden directa de no molestar a un ciudadano tranquilo. Así es que, como hoy, se sorprende a sí mismo retrasando su ronda para mirar esa figura horrible y quieta.

Pero hoy aquel viejo saldría de su parque a lo que diese lugar. Pueblo Medio estaba lleno de arboledas, más de una por distrito. No tenía que estar en el suyo. No era un barrio lujoso. En otros sitios podría pedir limosna, o esperar que se la diesen, o lo que fuera que hacía para no morir de hambre. No había ley que impidiese que se quedara allí, en el banco de granito verde, junto a la arboleda, enfrente del arcoíris de agua, ni que mirase perdido al horizonte… pero aun así…

Estaba decidido.

Los pocos transeúntes que se percatan de esto ven al policía bajar el yelmo de su armadura al avanzar ruidosamente hacia el viejo. Tres de ellos llegan tarde para tomar el transporte de sus corporaciones (Industria, Electrónica e Información), otro respira aliviado escondiendo su preciada carga entre las ropas y el último está tan absorto en sus acciones de bolsa que ni lo observa.

Has de Verre queda plantado delante del anciano, mientras que en su cabeza bullen estos pensamientos:

“¿Cómo decirle sencillamente que se vaya? ¿Hay algo de lo que pueda acusarle? ¿Le machaco la vida y basta? ¿Me demandará? ¿Qué hago?”

Está tan cerca que puede oír su respiración: irregular, fuera de compás, difícil y ahogada. El viento agita la copa de los árboles, la hojarasca acumulada, los envoltorios de plástico y los faldones del impermeable del anciano. Su nariz, tras los filtros de la armadura, se llena de un olor nauseabundo. El viejo lo ignora con un descaro increíble. Has estalla.

—Buen amanecer. Su chip de identificación, quemado.

La última palabra se escapa directo de su subconsciente antes de amordazarla en su lengua. Se siente culpable.

—Disculpe, pero está ocupando este banco innecesariamente.

“¿Hay alguna razón específica para ocupar el banco de un parque público?” —pensó de inmediato.

En la faz del anciano no se mueve un solo músculo. Su mirada sigue perdida en la distancia.

“Será sordo, estará drogado, o solo quiere burlarse de mí”

—¿Cuál es tu problema? ¡Chip de identificación!

Solo recibe silencio y un par de ojos en el espacio.

—¡No quiero usar la fuerza para arrancarte de ese maldito banco, quemado! ¡Chip ahora mismo, o te acuso de desacato!

Ni una frase, ni una palabra. Los párpados del viejo se entornan un poco más, como con sorna.

Has no espera otra señal.

—¿Ah,  así que no eres sordo? ¡Ya me has oído, vieja pulga! ¡Chip de identificación!

La frente del anciano se arruga sobre sus úlceras y su boca deforme dibuja una sonrisa compasiva. La furia y el odio gritan una maldición. El legal  despliega el bastón de choque de su muñequera y lo muestra al viento.

—¡¿Cómo te atreves a reírte de mí, pedazo de mierda?! 

Chasquea en el aire la electricidad mientras Has esgrime el bastón contra el anciano, que baila la danza de San Vito sobre el banco. Una, dos, seis veces. Pero el dolor no asoma. Solo la ironía.

Con bruscos ademanes el legal aferra las solapas del viejo y lo levanta a dos palmos de suelo, abofetea, sacude. La cabeza calva oscila de un lado al otro y todo el cuerpo es puro temblor por los efectos secundarios de la electricidad; pero persiste la mueca grotesca bajo los ojos semicerrados y la nariz de cerdo.

—¡Deja de reírte de mí! ¡Deja de reírte he dicho!

Esta vez el silencio no es su respuesta.

MÍRAME A LOS OJOS.

Sobre las pupilas de Has de Verre llamean dos globos de fuego verde. Nada pueden hacer los filtros polaroides del yelmo frente a aquella luz emanada de los más olvidados abismos. En su cerebro se confunden la verdad y la mentira y un torbellino le traga, le sacude, le exprime los recuerdos y contrae y expande el tiempo. Luego llega la calma.

El viejo cae nuevamente  sobre el banco de granito verde, levanta el rostro y queda mirando al sol con los ojos entornados. Pero dentro de su cabeza, llena de abultamiento y ajedrezada de zanjas, bulle un infierno.

“Pero… Dios mío, ¿qué sucede aquí?… no puedo moverme… ¡Qué dolor tan insoportable!… ¿Quién soy? ¡¿Quién soy?!”

No puede ver ni moverse, pero percibe claramente como alguien toma asiento a su lado. Resuena el plastiacero, chirría el granito bajo el peso de una armadura.  

—¿Confundido, Has de Verre?

“Mi voz… ¡esa es mi voz!”

—No es un sueño, querido amigo. No, no es un sueño… tal vez una pesadilla —ríe por lo bajo su propia voz—. Hemos hecho un pequeño intercambio… aunque creo que el negocio no te ha favorecido.

“Alguien que me ayude… ¡Alguien que me ayude!”

—Posiblemente, gritas como un loco en estos momentos… casi seguro. También yo lo hice. Debo decepcionarte. Nadie te ayudará. Ni tu mismo cuerpo. Siempre serás un pobre viejo lleno de pulgas, un leproso de… bueno, tú sabes. Claro, ¡auxilio, auxilio!

—¿Sabes que es lo simpático? —continúa la voz a su derecha—. Yo también era como tú, con iguales odios, los mismos errores… no pienses que te estoy torturando por diversión. Debes aprender por con tu propio cuerpo. Y es un infierno. Eres inmortal Has… para sufrir. Ahora, ¡adiós, viejo amigo, tengo una nueva vida que empezar!… Adiós, Has, o mejor aún, criatura, adefesio… Algún día un jerbo como tú o yo caerá en la trampa, pero, créeme, eso puede tardar siglos. Siglos, Has.

El legal se levanta sonriendo del banco. Mira a su alrededor. Lindo parque. Linda ciudad. Linda primavera. Tal vez, después de la ronda, pueda hacer algo para enmendar su vida hasta ahora llena de vacío y odios. Se aleja, zapateando un viejo paso de foxtrot sobre el asfalto de la arboleda, mientras deja atrás una máscara leprosa que se consume en un horrible grito de desesperación.

Este cuento es uno de mis clásicos: de los primeros que escribí, pero que he molido y rehecho a lo largo del tiempo. Al ser publicado en Pesadilla, tragedia y fantasmas de neón (Primigenios, 2020), creo que ya lo puedo dejar descansar en paz.

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