Por el camino verde

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Cantaba ella en voz queda:

Hoy he vuelto a pasar / por aquel camino verde que por el valle se pierde / Con mi triste soledad / Hoy he vuelto a rezar / a la puerta de la ermita / y pedí a tu virgencita / Que yo te vuelva a encontrar…

Vi por el retrovisor como hacía caracolas con sus dedos. Lloraba y de repente no pude ver nada más.

Privado de la vista por un velo rojo y con la carretera cubierta de escarcha por la tormenta de la noche anterior, no pude adivinar la curva que se me echaba encima y el coche derrapó fuera de la vía. Lo adiviné por el golpazo contra el costado, al tiempo que un chirrido de dos metales rechinando anunciaba que habíamos roto la valla de contención. Luego vino la sensación de que el techo se convertía en suelo y de reversa, mientras mi cuerpo colgaba como un yoyo infantil sujeto al cinturón de seguridad.

En algún punto perdí el sentido, no puedo precisar por cuanto tiempo. Cuando lo recuperé, lo primero que traté de ver fue mis manos, sin recordar que momentos antes estaba ciego. Despegar los párpados fue todo un acto de valentía en ese punto, así que suspiré de alegría al ver mis palmas llenas de cristales y sangre.

Al menos, ya podía ver.

La puerta del chofer se había desprendido: por el agujero entraba una neblina fría y amorfa que ya casi llenaba el interior del coche. Había olor a gasolina mezclada con aceite, pero ningún resplandor rojizo anunciaba el peligro inminente de volar por los aires en la madeja retorcida que era ahora mi Renault.

Entre dientes, maldije la hora en que había montado aquella chica extraña en medio de la carretera. Luego grité una palabrota: mudo no estaba, pero una esquirla de acero me había atravesado el muslo.

Con mucho trabajo logré soltar la cincha del cinturón y me arrastré por el hueco de la portezuela ausente. Afuera me esperaba la niebla, densa y helada, sumida en un silencio apenas roto por el chirriar de alguna pieza del coche que aún se balanceaba por el impacto.

Estos momentos tan duros son aquellos en que me alegro de no haberle hecho caso a María, firme en su cantinela para que dejase de fumar. Mi fiel Zippo se encendió a la primera, y en cuanto saltó la chispa me recriminé por gilipollas. Por fortuna, no estaba ni rodeado ni empapado de combustible luego del accidente, porque hubiese ardido como muñeco de paja en pleno festival.

—¿Chica?

Pregunté con timidez, sin demasiadas esperanzas de escuchar una respuesta. Ella había insistido en sentarse en el asiento trasero y no llevaba cinturón de seguridad. Luego de tamaña voltereta, bien pudiera haberse roto el cuello o haber salido despedida del coche.

Muy a desgano levanté el encendedor para mirar dentro, mientras el muslo se dedicaba a darme cien dentelladas de dolor en mis intentos de erguirme apoyado en la carrocería. En el asiento trasero no había nadie, pero era una noticia mejor que toparme con un cadáver destrozado.

Traté en vano de orientarme con la pobre luz que apenas rompía la continuidad lechosa de la bruma. Lejos y arriba oí el pasar de un camión por la carretera, y creí distinguir el resplandor plateado de sus focos… pero nada más. Me senté en el capó para darle un descanso a mi pierna herida y retiré como pude los cristales de las manos usando solo el tacto, mientras reservaba la Zippo para una mejor ocasión.

A mi alrededor solo había un silencio denso, matizado por algún crujido del encinar en que me hallaba o creía hallarme. La caída del Renault había sido detenida de golpe por dos troncos fibrosos, que ahora rezumaban resina de las heridas en la corteza: conociendo algo sobre la zona, estas dos esbeltas encinas no debían estar solas, aunque no pudiese ver a sus hermanas.

Grité dos veces a pleno pulmón, una para ver si la chica me respondía y otra para pedir socorro. Ambas, en vano. Sopesando mis pocas opciones, mi mejor baza era esperar a la llegada del sol junto al pecio de mi coche y rogar que no me desangrase por la herida en el muslo o no entrara en hipotermia, por la conjunción del frío y la pérdida de sangre.

Una hora transcurrió, dos acaso. Arrebujado en mi chaqueta, luego de improvisar un torniquete por encima de la herida del muslo, apenas sentía el paso del tiempo hasta que un chirrido de patinazos en lo alto llamó mi atención. Luego, un golpe sordo de metales chocando y un estallido de llamas disipó la niebla, en tanto una gran bola de fuego pasaba a escasos metros de mi coche siniestrado. Un sedán de marca imposible de determinar terminó estrellándose contra un grupo de árboles un poco más abajo, iluminando un área amplia ante mis atónitos ojos.

Todo lo que alcanzo a ver son los restos retorcidos de decenas de coches.

Ahora estoy convencido que nunca saldré de este valle. Ni siquiera estoy seguro si estoy vivo o muerto, mientras contemplo cómo de la parte trasera del sedán en llamas desciende aquella misma muchacha que recogí horas atrás en la carretera. Su vestido ignora las llamaradas que lo lamen, mientras ella canta con voz muy queda, pero que extrañamente resuena clara en mi cabeza.

Hoy he vuelto a grabar nuestros nombres en la encina / he subido la colina y allí me he puesto a llorar…

Ella avanza en pos de la carretera allá arriba, pasando cerca pero sin reparar en mi presencia. Cuando se pierde en la niebla que reclama otra vez los rincones del encinar, el sedán lanza el último estertor de gasolina e ilumina vívidamente el tronco del árbol donde yace mi auto. La savia resplandece ámbar, y sus hilos han tejido mis iniciales.

Mientras, la voz de la chica se va apagando en la distancia:

… por el camino verde / camino verde / que va a la ermita/ desde que tú te fuiste / lloran de pena / las margaritas…

Publicado originalmente en Somnia, blog del escritor Jaime Arias.

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