Respira, por el amor de Dios… Respira

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I.

Desde que entré a la Guardería, supe que algo andaba mal. No era el revuelo urgente de las Nanas de uniforme azul celeste, arropando a los pequeños con mantas de enfriamiento. No eran los gritos y lloros de los ciento setenta y dos chicos que aún estaban vivos… perdón, ciento setenta y uno justo ahora, según el gran panel de datos que flota en el aire. No era el aire mismo, que reverberaba con unos buenos cuarenta grados que dolían al respirar.

Era el ruido blanco de la bomba de calor, que no se alternaba ya con el ronroneo del sistema de refrigeración aerotérmico. Puse incrédulo una mano enguantada en una de las bocas de recirculación de aire, esperando que mis oídos me estuviesen traicionando y sentir el golpe sordo del cambio de flujo.

Incluso con la protección del guante, retiré los dedos a toda prisa. Quemaba. El panel marcaba ahora 40.6 grados Celsius, y subiendo.

—Operador, ¿se puede saber qué demonios está pasando? —la siempre amable jefa de las Nanas venía hecha una furia hacia mí, con el cuello de su chamarra desabrochado— Va una hora de este infierno, y sus máquinas no arrancan. ¡He perdido seis chicos ya, y a este ritmo no quedará uno solo de la camada!

Samuel. Mi hijo estaba en este lote. Dios mío, que no sea uno de los seis. La urgencia que se reflejó en mi rostro fue tan evidente que la Nana suavizó su expresión.

—No, Gabriel, aún no. Samuel está bien. Pero trabaja a prisa, por favor. La hora que tardamos en reanimarte ha sido la más larga de mi vida, y sé que debes estar desorientado… pero si no arrancan los acondicionadores de aire, morirán todos.

Eché a andar hacia la consola de controles. Ella me siguió, gritando órdenes a sus subordinadas sobre la marcha. El sello de plástico estaba intacto, así que era poco probable que alguien hubiera manipulado los controles por error. Lo arranqué de un tirón y comencé a hacer filigranas sobre el teclado.

De tantas cosas que podían salir mal, ¿por qué tenía que ser el viejo y fiable sistema de aerotermia? Aunque llevaba más de cien años instalados, en mi última guardia hacía seis meses todo funcionaba como el primer día. Una nana joven y nerviosa me trajo café en un termo, cargado de estabilizadores para ayudarme a borrar los restos de la resurrección de emergencia.

Aparte de reclamos e improperios, no había mucha más información de la que ya me aportaban las pantallas. Una hora atrás, la bomba de calor se había encendido para elevar un grado la atmósfera de la guardería hasta los dieciocho grados de rigor. En lugar de desconectarse y ceder su puesto al sistema de enfriamiento, no se había apagado y amenazaba con llegar a los cincuenta y dos grados del exterior.

Era como si toda la estructura hubiese inhalado profundo y no hubiese dejado de hacerlo. Seguía llenándose de calor: al paso que iba, terminaría por freír los cerebros de todos los chicos antes que se le ocurriese exhalar.

Cuarenta con siete décimas y subiendo.

Según los diagnósticos, no había nada mal en el sistema. No de este lado, al menos. El termostato de la guardería le gritaba, pataleaba, exigía e imploraba electrónicamente por el acondicionador de aire. Por alguna sórdida razón, la respuesta era que aún el complejo no había recibido suficiente calor.

Como Operador, la información que tengo sobre el sistema aerotérmico es bastante limitada. De hecho, mis cartas de presentación en la Guardería para cubrir el año de guardia de esta base eran más que nada puro nepotismo. El comandante de misión de Ana había solicitado una licencia especial para que cuidase de la gestación de Samuel, nuestro primer hijo y su primer nieto. De todas formas, cómo Ingeniero de Terraformación, estoy más que cualificado para atender cualquier desperfecto. Si no somos los más inteligentes de la galaxia, al menos somos los mejores en resolver problemas.

Pero como ingeniero de terraformación sabía una mierda de aerotermia. Que había sido vital en la conquista del espacio. Que llevaba casi doscientos años de operación ininterrumpida en los dieciocho domos marcianos. Que podía llevar la temperatura interior de una estructura a niveles humanos, con la condición de que hubiese algo de atmósfera. Sin importar la composición de gases, se calibraba a sí misma con la diferencia de temperaturas con el exterior. Que alternaba así ciclos de calefacción y enfriamiento. Y que, siendo a prueba de tontos, nada podía salir mal y no había que estudiarlo demasiado.

Aquí, en Calisto, la aerotermia lo tuvo bastante fácil desde el mismo comienzo. De por sí, la atmosfera de dióxido de carbono, oxígeno y amoníaco era tenue, pero era continuamente repuesta por la sublimación de los abundantes hielos cargados de material proto orgánico. Nuestras granjas de gases –que sí se averiaban casi cada dos meses- ayudaron un poco a derretir el hielo más rápido y a incorporar nitrógeno. En cien años ya la base original, en el cráter Asgard, tenía algo que podía respirarse en el exterior, si andabas despacio y no te importaba reírte un poco por el exceso de oxígeno gaseoso.

Un sistema frío/calor de aerotermia que había tenido que luchar por décadas balanceando temperaturas originales de más de ciento ocho grados hasta dieciocho, fallaba contra un desbalance de treinta y cuatro grados. Aquello no tenía sentido. A menos…

Verifiqué un parámetro y quedé atónito, tanto que le di dos papirotazos a la pantalla a ver si el valor cambiaba. Así, en plan hombre de las cavernas, aunque la pantalla era digital y a prueba de golpes.

El termómetro externo marcaba un valor de menos doscientos cuatro grados Celsius. Volví el registro histórico dos horas atrás y en efecto: hora y media antes, de cincuenta y dos grados en el exterior, había descendido en una fracción de segundo hasta casi el cero absoluto.

Ay, Dios mío de mi alma.

—Henrietta —me dirigí a la nana con la voz más calmada que pude fingir—, haga usted el favor de despertar al personal de la base para que le ayuden a preparar a los chicos para un rescate. Comuníquese con la avanzada de Europa, para que envíen un equipo especializado en aerotermia y naves de salvamento.

La mujer parpadeó, como si la hubiese abofeteado.

—Pero… Un rescate desde otro satélite joviano tardará al menos dos semanas. ¿No querrá decir usted…?

—Trate de no alarmar al personal y présteme un par de chicas, para que me ayuden con el traje de exteriores. Mientras tanto, voy a apagar el sistema: la temperatura no va a bajar, pero no podemos permitir que siga subiendo así. Haga cuanto pueda por mantenerles frescos. Cuando yo le diga, reinicie el intercambio de temperatura tecleando esta clave.

Sin darle tiempo a reaccionar, le tendí un trozo de plástico de escribir donde había garabateado mi código de acceso. Las lágrimas rodaban por sus mejillas: era una mujer inteligente, que comprendía bien lo que todo aquello significaba.

—Gabriel… ¿Quieres ver a Samy antes de irte?

—Se lo voy a agradecer.

Oprimí un botón y con un quejido las bombas de calor dejaron de agregar ruido blanco al ambiente. El termómetro quedó fijo en cuarenta y uno. El rugido de la vorágine de la Guardería ganó en intensidad, aprovechando el silencio del sistema de aerotermia, que había dejado de inhalar y ahora solo contenía la respiración.

Samuel flotaba molesto en el líquido amniótico de la incubadora, abriendo y cerrando sus manitas completamente formadas. Si la temperatura no bajaba pronto, los daños neurológicos serían permanentes, pero casi agradecí que le faltasen unos días aún para “nacer”. Peor lo llevaban los chicos que ya estaban afuera, sin termorregulación, berreando y tiritando de fiebre. El tiempo de ellos no se contaba ahora en días. Tenían apenas unas horas antes del exterminio. Al final, el sistema no era tan a prueba de tontos, si no se podía salvar de su propia tontería.

 II.

El traje de exteriores es una sorprendente pieza de ingeniería. Ligero, autónomo y resistente, se ajustaba como una segunda piel y tenía más funcionalidades que una navaja suiza. La única pega es que tenía que dejarme vestir y desvestir como una damisela por las manos expertas de las nanas.

Como Ingeniero de terraformación, era uno de los pocos colonos jovianos que había pasado la delicada operación que conectaba el traje a los centros de termorregulación de mi hipotálamo. Todos los jóvenes miraban con envidia el puerto en la base del cráneo de los Operadores.

Yo solo sé que cuando te conectan al traje duele como si mil demonios jugasen a los dardos con tu piel. Entre el traje y mi epidermis ondearon unos agradables dieciocho grados. Exhalé con normalidad e hice una señal de consentimiento a mis ayudas de cámara, que se retiraron y abrieron la esclusa de salida.

La atmósfera de Asgard me golpeó y quedé quieto, mientras el traje ajustaba la diferencia de temperaturas. Salvo la mascarilla de complemento y las gafas para el polvo, no hacía falta más equipo para respirar. Las granjas de gas, a escasos kilómetros de la Guardería, garantizaban un buen recambio y había bastante oxígeno en el valle del cráter. Calisto, como puesto de avanzada de la conquista joviana, había andado mucho en su terraformación. En un centenar de años la temperatura habrá descendido lo suficiente para no necesitar el traje de exteriores y la atmósfera se habrá estratificado lo suficiente como para respirarse sin máscara de complemento de nitrógeno.

Avancé, rodeando la estructura y caminando por una veta de hielo para no levantar demasiado polvo. Quizás mi Samy logre ver llover en Calisto, si penetramos lo suficiente para llegar al mar interior del satélite de Júpiter. Ya en Europa hemos llegado, y si no fuese por el maldito bombardeo de iones del gigante de gas hubieras podido nacer allí, en el vientre de su madre. Pero todos los jovianos necesitamos al alejado Calisto y su Guardería para evitar la teratogenia. Ni la Tierra ni Marte pueden costearse el enviar más terraformadores, así que debemos crecer por nuestros propios medios. De todas formas, ¿quién los necesita? Aunque Ana nació en los asteroides, yo soy de Ganímedes y en la Tierra no se me ha perdido nada. Bueno, técnicamente yo nací también aquí y estuve hasta los tres meses, así que esta, la Guardería, es mi patria.

Hemos dominado nuestra genética por completo. Podemos adaptarnos a casi cualquier ambiente, a cualquier gravedad, a respirar atmósferas tenues y comer cualquier cosa que tenga compuestos orgánicos. Todo, menos el maldito mecanismo de termorregulación y nuestra manía de funcionar solo entre los treinta y seis y los treinta y ocho grados de temperatura interna. Para poder cultivar los óvulos fecundados en las incubadoras, tenemos que inhibir el hipotálamo y controlar la temperatura desde afuera, gracias a los sistemas aerotérmicos.

Que fallan por primera vez en toda la conquista del espacio, y en mi turno. Trepo al domo del termómetro eterno… y definitivamente me convenzo de que el Señor tiene un plan para desgraciarme la existencia. Limpiamente atravesado de parte a parte por un cristal de hielo de nitrógeno, el termostato exterior de la Guardería, apodado el Termómetro Eterno por estar garantizado para operar al menos tres mil años… Estaba roto.

Ya me lo imaginaba, no obstante. Tiemblo de pensar en que tamaño necesitó este meteorito para llegar hasta aquí, después de arder por toda la nueva atmósfera de Calisto y ser reconocible luego de casi dos horas de humear.

—Henrrietta, ¿me escuchas? —espero que mi voz no tiemble, modificada por la estática.

—¿Sí, Gabriel?

—Pide también que traigan otro Termómetro Eterno. Nos hemos quedado sin termorregulador.

Pude oír claramente como la Jefa de las Nanas sollozaba.

—¿Todo está perdido, entonces?

—Cuando llegue el nuevo termostato podremos empezar de nuevo —respondí.

—Todos los equipos se freirán en dos semanas. No están hechos para apagarse, y eso tú lo sabes, Operador. Los líquidos de crecimiento se perderán. Todas las hormonas se desnaturalizarán. No tendremos apoyo desde la Tierra en al menos dos décadas. Hemos fracasado.

—No desesperes, nana. Ya pensaré en algo.

Terminé de fundir el meteorito con el arco de plasma del traje y liberé el cuerpo del termómetro. Le di vuelta entre mis manos a lo que parecía una lata de conservas grande, ahora agujereada y con el interior quemado de frío. El equivalente en tejido concentrado de las neuronas de diez mil hipotálamos. Todo lo que se necesitaba para termorregular una ciudad pequeña, para percibir al cráter de Asgard como un ser humano y mantenernos frescos. Suficientes nutrientes para hacer su función por tres mil años, tiempo suficiente para ser sustituido por otra tecnología más eficaz. Un cerebro que solo creaba y descreaba calor, arruinado por el dardo más estadísticamente improbable de Dios.

Cincuenta y dos grados no es cómodo, pero es soportable. Los mayores de la guardería racionaríamos el agua y buscaríamos los rescoldos de frío de los almacenes. Los peques no se podían mover tan fácilmente, con sus vidas aun colgando de los cables y tubos que les hacían crecer. Samuel nunca vería las volutas de nubes de hidrógeno y helio de Júpiter, ni la Gran Mancha Roja, ni las bandas de marrón, ni los anillos. No se hará granjero en Ganímedes como mi padre, ni explorador de Europa como su madre. No se enamorará, no aprenderá lo suficiente de sistemas aerotérmicos, no reparará una granja de gases ni correrá por el suelo firme con un traje de exteriores.

Todo por culpa de una lata llena de neuronas de hipotálamo construida en un tubo de ensayo, allá en esa Tierra medio marchita y abandonada, que tampoco yo conoceré nunca. No se hará Ingeniero de Terraformación. Perdóname, Ana, pero eso no lo puedo consentir.

No por gusto los Ingenieros somos especialistas en solucionar problemas. Entre cálculos mentales y adivinando los caracteres del ordenador en el aire polvoriento de Calisto, reprogramé la interfaz del termómetro eterno. El sensor no tiene un conector universal, pero por fortuna el traje de exteriores es una navaja suiza. Bebí toda el agua que traía conmigo retirándome la máscara, y comí todas mis raciones.

Me sentí feliz y relajado. Debe ser efecto del oxígeno en el aire, supongo.

—Henrrietta, ¿me escuchas? —hablé por el intercomunicador. Tuve que repetir dos veces el llamado.

—¿Sí, Gabriel?

—Prepárate para reiniciar el sistema de intercambio. Puedo controlar la temperatura en la sala de los niños unos veinte días, así que será suficiente hasta que llegue la ayuda con un nuevo termostato. En el resto del complejo tendréis que arreglaros cómo puedan.

¿Fue eso un suspiro de alivio?

—Cuando tú digas, Ingeniero —había un orgulloso respeto en su voz—. Gracias por salvar a mis niños. Mandaré a dos de mis nanas a la esclusa para ayudarte con el traje.

Reí sin alegría. Necesito un poco más de oxígeno puro, un poco más tarde.

—Eso no será necesario, jefa. No voy a bajar de aquí.

—No entiendo…

—Es muy sencillo. El sistema aerotérmico necesita un sensor de este lado, para saber cuándo alternar frío y calor. Ese termómetro debe ser neuronal, y yo soy el único hipotálamo con interface disponible en muchos kilómetros y unas cuantas unidades astronómicas a la redonda.

Obviamente, necesitó un par de minutos para procesar lo que iba a hacer.

—Gabriel…vas a morir.

—No de repente. Entre el líquido que he tomado y las barras energéticas, puedo quedar en coma el tiempo suficiente. Tres semanas, tal vez. La atmósfera tiene mucho oxígeno y el cerebelo no va a afectarse. Ya he calculado todas las variables, Henrrietta. Una vida contra ciento setenta, y que la misión continúe: es una buena apuesta por donde quiera que la mires. Diles de mi parte a los especialistas que los sistemas aerotérmicos no son precisamente a prueba de tontos, aunque son un chisme genial. Todos los jovianos deberíamos estudiarlos a conciencia.

En cuanto retiro la aguja del conector, siento caer en mis pulmones los cincuenta y algo de grados de Calisto. En unas decenas de años podremos andar sin trajes. De momento, necesito que mi cuerpo arda en este calor que no me va a matar, pero no me hace lo poco que me queda agradable ni mucho menos. Mi hipotálamo se vuelve loco tratando de bajarme la temperatura, pero el sudor del mundo no hará que me enfríe. Por suerte el traje no transpira, así que el agua que llevo dentro debe ser suficiente. O por lo menos, puedo darle una oportunidad a mi Samy.

Introduzco la aguja del sensor del Termómetro Eterno a medias en el conector, me quito la máscara e inhalo libremente una bocanada llena de oxígeno puro. Ha llegado el momento de exhalar. Crece y recuérdame, hijo mío. Y, Guardería… Respira, por el amor de Dios. Respira.

La aguja entra en mi cerebro y todas mis funciones intelectuales superiores se van por el retrete. Pero, mientras caigo de bruces como un guiñapo, siento arrancar el ronroneo del sistema de refrigeración aerotérmico.


Este cuento fue publicado originalmente en la antología E. A. Vol. 1 BREVE ANTOLOGÍA DEL TALLER DE LITERATURA FANTÁSTICA Y DE CIENCIA FICCIÓN “ESPACIO ABIERTO” (Primigenios, 2020), donde comparto letras con otros muchos escritores del fantástico en nuestro país.

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2 comentarios en “Respira, por el amor de Dios… Respira”

    1. Lo hice para un concurso de la Toshiba (me parece) donde se debía hablar de la aerotermia. Parece que se me fue la mano en la ciencia, pq no agarré ni mención. 😉 En fin, es un cuento bueno con la peor de las motivaciones: el dinero vil.

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