Una borrasca azota las costas de Fineria…

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Publicado originalmente en Taller 9, de Sergio Gaut vel Hartman

…pero eso parece no importarle a mi oscuro compañero, que se empeña en seguirme sin ocultar su presencia.

Primero fue una sombra molesta, pegada a mis pasos desde que bajé en el andén. Aún no podía identificarle entre la masa informe de soldados y diáconos que descendieron de los vagones. Incluso no reparé en él cuando me siguió e hizo el finjo de rezar a tres bancos de mí, en la capilla de la estación. Pero tras horas de bregar por la ciudad portuaria, su silueta se ha tatuado molesta en mi visión periférica.

Mientras iba cumpliendo los lugares de entrega, se hizo evidente que me seguía: es improbable que dos personas compartan el mismo itinerario tanto tiempo por pura casualidad. Para comprobarlo retrasé el paso, tomé café carretero al pie de una farola, dejé que me adelantase en más de una ocasión, tomé vías alternativas para mi siguiente despacho. Pero todo en vano. Al final, volvía a verle envuelto en su manto anodino, su tocado gris y su aire despreocupado tras mis pasos, como un perro callejero evaluando un amo. A estas alturas no me quedaba claro si mi sombra era un guardaespaldas inesperado o un asesino en ciernes, pero preferí ignorarlo: mi misión era más importante, y mientras no la obstaculizase, no tenía que preocuparme.

La tormenta fue construyéndose inexorable a lo largo del día, a pesar de las súplicas al viento de los diáconos desde el malecón. La soldadesca estaba tan agitada y nerviosa como los clérigos, y ocupaban su tiempo en proteger con lonas y toldos las piezas de artillería que apuntaban al mar. A pesar del movimiento incesante de proyectiles y gentes, los parroquianos de la ciudad se lo tomaban con mucha calma, como quien ha visto el mismo espectáculo hasta el cansancio.

En los pliegues de la desidia y el caos me movía yo, anónimo cuando era quizás la pieza más importante de todo el rompecabezas. El contenido de mi porta documentos era recibido por las manos ávidas de los obispos, que derramaban sobre mí sus bendiciones —como si en realidad las necesitara— y se aprestaban para la batalla que vendría al atardecer, renovadas sus esperanzas. A mí, en realidad me traía sin cuidado: en pocas horas abordaría el tren al siguiente puesto fronterizo, dejando a Fineria apostar su suerte a las cartas que le había entregado.

En esta guerra cada quien juega su papel: los soldados vocean y disparan, los diáconos rezan y alientan, los obispos leen y santifican. Yo, reparto y huyo. No hay nada de malo ni cobarde en ello, cuando se lucha contra las pesadillas ocultas en el mar. Hasta los parroquianos, con sus ojos saltones e inexpresivos y sus medias branquias, tienen su rol asignado de pacíficos e imparciales observadores en esta contienda. Eso, y de hacer que la ciudad funcione, sea cual fuese el bando ganador.

¿Había alguna preferencia para ellos por quién se llevase la victoria? Como franja fronteriza, los lugareños estaban harto acostumbrados a los avances y retrocesos del frente durante centurias. Tanto, que las dos especies se habían insertado en sus genes y los había hecho híbridos resistentes a las armas de ambos bandos, pero también apáticos a tomar partido, y menos mal.

Quizás en un par de siglos se harten de los juegos en su jardín y se declaren una raza independiente. Lo lamentaré mucho, porque a pesar de su inexpresividad, su lengua mezclada y sus maneras tan suaves que causan alarma, no se puede negar que hacen un café de primera.

A pesar de mi oscuro acompañante —o con su ayuda— he completado mi misión y puedo tomar uno sin apuros antes que el tren parta. El mirador cerca de la estación parece ser el lugar adecuado, dominando todo el panorama de una sola vez: la ciudad calma; el malecón hecho un hervidero castrense; el océano negro por la borrasca que azota las costas de Fineria ocultando el enemigo que marcha hacia nuestras posiciones.

Para mi ¿sorpresa, tranquilidad?, mi indeseable compañero no está presente. Tal parece que su misión, como la mía, ya ha terminado. Entre la bruma destellan relámpagos muy bajos para ser naturales y muy altos para ser disparos. Tantos, que tiemblo al pensar que pasaría si los obispos no tuvieran ya en sus manos esos pergaminos que con tanta diligencia he repartido. La locomotora silba su canción de urgencia y me arrebujo en mi capote, tiritando ante una ráfaga de terral particularmente frío y feliz de poner distancia entre el inminente conflicto y mi persona.

Por supuesto, esta ilusión solo dura hasta que me vuelvo hacia al andén y veo una figura que bloquea la salida del mirador. Estamos solos en la plazoleta y justo ahora me percato que, por primera vez en este día, mi acechador y yo siempre habíamos estado rodeados por la muchedumbre. Qué se le va a hacer: me detengo y desenfundo la pistola reglamentaria. Él me deja hacer, aun cuando ya la boca de su propia arma me apunta desde la altura de la cintura.

—Un día glorioso, ¿no le parece? —rompe mi sombra el tenso silencio, y el tren vuelve a anunciar su partida inminente.

—Supongo. Bueno para morir, si es que toca —repongo, mientras con el pulgar quito el seguro de la pistola—. Supongo que no tiene caso que sugiera que se aparte.

Sus ojos son inexpresivos tras la máscara de piel humana. Los más redondos y fríos que he visto, pero su boca ríe erizada de pequeños dientes. Con un ademán me invita a desviar la mirada hacia el pueblo, pero son las detonaciones las que me hacen ver el río de sitios que saltan por los aires. Justo trazando el camino de mis entregas. Disparo y el espía-pez cae sin responder al fuego. Como yo, también él ha dado por terminada su misión.

Una borrasca azota las costas de Fineria y —en la avalancha del muro de agua que la precede—, moriré.

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