Final de la historia: cerrar con broche de oro

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Queda claro que los inicios son claves para que nos lean. Pero de nada vale que la arrancada sea olímpica: si al final no cerramos la obra como merece, de nada habrá valido el esfuerzo. Hay que reconocerlo: en ocasiones, sencillamente nos aburrimos de contar la historia y la cerramos a la carrera. O, por el contrario, nos enamoramos de nuestras propias palabras y extendemos inútilmente el final a nivel melcocha.

En cualquiera de estos dos casos, estamos matando lo que queremos contar. La clave está en encontrar las palabras justas para lograr que nuestro final deje un buen sabor en la boca al lector —y que no se sienta tan estafado que se nos envíe sus padrinos, ni nos aceche una noche de lluvia (sin luna), para cobrarnos una libra de carne por el tiempo que perdió leyéndonos.

Tipos de finales en narrativa

En dependencia de su naturaleza, los finales pueden ser:

1) Felices: los personajes llegan a la resolución satisfactorias de sus problemas

2) Tristes: la historia no tiene un desenlace a favor de los personajes

3) Trágicos: la historia termina con la muerte o la desgracia de uno o  varios protagonistas

4) Previsibles: por poco recomendable que sea, el final es la conclusión lógica de la historia, que el lector puede adivinar en medio de la lectura

5) ¡Sorpresa! La historia termina con un giro inesperado que sorprende al lector. Si no es forzado, es uno de los preferidos de los lectores

6) Inverso: el protagónico realiza un cambio de actitud de 180 grados con respecto al principio

7) Final promesa: la historia es autoconclusiva, pero sugiere que los protagonistas tendrán un desarrollo posterior

8) Abiertos: los conflictos del relato no se resuelven, o solo quedan resueltos de forma parcial

9) Dilemáticos: se ofrecen varias soluciones al conflicto, en ocasiones opuestas. La imaginación del lector es la que decide el final

No dejes el final a los dados

Muchos autores planean exactamente el recorrido que trazará la historia, e incluso muchos relatos se construyen con el final en mente. Otros parten de una situación y van construyéndola hacia un final lógico. Pero, sea el estilo que sea, una historia se escribe para llevarnos a su conclusión.

Como un final logrado lleva a la resolución de los conflictos, al clímax de la historia, todo lo que se escribe después de este es superfluo. Estoy seguro que muchos de vosotros habéis leído una historia o visto una película y se habrán dado cuenta que debería haber terminado en cierto punto, pero el autor/director estaba tan emocionado que ha decidido seguir después del buen final.

Esto se conoce en literatura como anticlímax y es un recurso bastante común, aunque a veces no queda cómo el autor lo concibió en su cabeza. Un ejemplo de este recurso —y no soy yo quién para juzgar si está bien o mal aplicado— es “El señor de los anillos” o “El hobbit” de Tolkien: una vez resuelto el conflicto, el autor se tira su buen centenar de páginas contando el regreso a casa de sus héroes.

En todo caso, es necesario que el autor reconozca cuando ha llegado al final de la historia. Una buena práctica, también muy recomendable a la hora de revisar errores en el texto, es leerlo en voz alta. ¿Se llegó a la resolución del conflicto? ¿Algo sobra o falta?

Luego, hay que revisar en detalle el último párrafo —cuartillas, si es una novela. ¿La clave de la resolución está oculta, o es evidente para el lector? Si está lleno de explicaciones de por qué el protagonista no se percató antes de la solución, es mejor separar las explicaciones a un párrafo previo y cerrar con la solución efectiva de forma clara y concisa.

Sin hacer de esto una regla, prefiero terminar con una sola frase, punto final y ya está. Para ejemplificar, te invito a leer Inmensidad, frío, Astral. Este es uno de mis cuentos con —a mi criterio— un final bien logrado.

Sobre finales malos

En pocas palabras, no me gustan los finales abiertos. Soy de quienes consideran que una historia, en especial si pertenece al género cuento, debe al menos cerrarse sobre sí misma. A ser posible, rematar con una sorpresa, una reflexión o una moraleja. Y si contiene elementos que ya había empleado al principio de la historia, tanto mejor.

No obstante, es cierto que en algunos casos el final abierto, que anuncia una continuidad en la historia de los personajes, es apropiado e incluso necesario. Ojito, digo final abierto: ese en el que el lector puede y debe recurrir a su imaginación para decidir cómo termina la historia que está leyendo. No confundir con esa manía de algunos escritores de decepcionar y no cerrar sus historias, haciendo perder el tiempo a su lector y decepcionando.

Otro final que considero horrible es el Deus ex machina, tan socorrido en las historias grecorromanas. Nada, que eso de que un dios bajase en una nube para dilucidar los conflictos de golpe y plumazo no me atrae ni un poquito: no se puede resolver el conflicto de un relato con un artificio sacado a última hora.

Tampoco le gustaban a la enfermera Wilkes, de Misery: si en el capítulo anterior el héroe se despeña de un barranco en su auto, no me puedes decir que saltó por obra y gracia del Espíritu Santo en el último segundo. Hay que respetar la lógica, por literaria que esta sea. Que el lector no es tonto y se acuerda de las cosas.

(Continuará)

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1 comentario en “Final de la historia: cerrar con broche de oro”

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