Caminar es mi arte

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Soy un caminador nato. Siempre lo he sido, y no estoy hablando de esos valientes que se lanzan de pecho al senderismo, o que hacen el Camino de Santiago con la alegría —sea espiritual, religiosa o física— de ver pasar los kilómetros debajo de sus suelas.

Yo soy un caminador histérico.

A pesar de que lo pierdo a raudales en cosas de chiste como series de Netflix, juegos de computadora, memes de Facebook y en leer historias —aunque ese punto es bien discutible, y estoy dispuesto a mandarle mis padrinos al que diga que leer es una actividad trivial—, odio perder el tiempo. Odio esperar. Hay quién dice que hacer colas es, por definición, hacer algo… para mí, esperar es no hacer nada; así que es lo más normal del mundo que siempre ande con audífonos, o con la Tablet llena de libros para darle uso a esas horas, o minutos si hay mucha suerte, que me veo forzado a esperar.

Con el tiempo —ese que odio perder por irrecuperable— he aprendido que el tiempo de espera es directamente proporcional a las ganas que uno tiene de llegar a su destino, sea el Vedado, Marianao, el Cerro o el mostrador dónde el dependiente —o dependienta, siendo inclusivos y realistas— se empeña en despachar lo más lento que pueda al menor número de personas durante su ajustada jornada laboral. Pero hablemos de caminar y no de las colas, que para divagar sobre eso ya tendré oportunidad en otro espacio del blog.

Luego de una media de espera, las plantas de los pies comienzan a picarme. Comienzo a recordar la genealogía de Schrödinger, porque el gato puede estar muerto y vivo a la vez, y si me voy de la parada segurito que a los cinco minutos de marcha el ómnibus —vacío y con asientos, por demás— me va a pasar por el lado.

Dejo pasar esos cinco minutos de gracia, y nada. Acudo a las Leyes de Murphy y enciendo un cigarro: de seguro voy a tener que tirarlo a la mitad, porque el transporte aparecerá. Pero no: suelto la colilla cuando ya me quema el pulgar y el índice. Pongo nuevas metas internas para no desesperarme: cuando se termine esta canción, cuando acabe esta página, cuando se pierda de vista ese vestido floreado tan bonito que luce tan bien en el perchero que lo lleva puesto… nada. Así que suspiro, me anudo los zapatos fuerte, ciño las correas de la mochila —eterna compañera a mi espaldas, a veces abultada de compras—, tomo un sorbo de agua para combatir al sol y allá voy al camino, sea largo o corto.

Entonces, para que quede claro, caminar para mí desde pequeñito no es un ejercicio físico. Es una especie de meditación, más para calmar mi ansiedad que para trasladarme de un lugar a otro. Que también, pero digamos que es un efecto colateral: si espero el transporte llego más rápido. Si camino, llego más calmo.

Con los años, claro que cuesta más. Las rodillas están resentidas gracias a las tandas de sentadillas, profundas e ineludibles, a las que condenaron a mi generación durante las clases de educación física. Tampoco ayuda el calzado, que la mayor parte del tiempo ni es ergonómico, ni transpirable, ni ajustado al tobillo como debe ser —o eso dicen los senderistas expertos. Caminar se ha vuelto para mí una especie de peregrinación dolorosa, pero liberadora. No sé si los dolientes modernos del Camino de Santiago la pasan tan mal.

Salvando las distancias —grandes distancias—, entre la alimentación deficiente, el estado de las aceras, el calor y mi color de cabello ya cenizo, caminar se va tornando en una opción menos agradable y cómoda para calmar mis nervios. Pero, ¿qué le vamos a hacer?

Ansiolíticos no hay muchos en las farmacias, y para obtenerlos hay que, ¿adivinan?, repatear todas las dependencias del municipio. No puedo conseguir la mayor parte del tiempo la medicación para mi diabetes tardía, así que ya pensar en lo otro es casi una quimera. Por ¿fortuna? el alimento escasea y también hay que recorrer largas distancias y esperar en largas colas para obtenerlo, así que imagino que mi azúcar en sangre se compensa. Algo similar a lo que les sucedía a los neandertales: hay que gastar mucha energía y tiempo para conseguir comida, por lo que la poca que hay se disfruta con frugalidad.

No obstante, este año me ha forzado a retomar viejos hábitos. Me ha quitado el estrés por una parte, porque ya no hay transporte público que esperar… ni desesperar por él. Ni público, ni privado. Pero hay citas a las que no puedo eludir, aunque cumpla la mayoría del tiempo la máxima del “quédate en casa”. Hay familia que visitar, recados que llevar y traer, gestiones que no se pueden postergar y amores que deseo que no se olviden en la distancia y la frialdad de la digitalización global.

Así que me levanto bien temprano, calzo mis zapatos más cómodos, espero que se levante el toque de queda imperante y salgo con la fresca. Seguro de la distancia que me espera y el tiempo que demoraré en recorrerla, hidratado y presto a escuchar la música que me gusta, me anima y me aísla durante la ruta…

El nasobuco —mascarilla, barbijo… cómo más rabia te de llamarlo— me aísla también, pero porque me protege de la multa de 3000 pesos. No del Covid-19: intentar explicarle a un gendarme que caminando solo en una calle desierta no es necesario, es lo mismo que convencer a un abejorro que es imposible que vuele por las leyes de la física. Pero pienso que en un final usarlo es lo mismo que correr con pesos en los pies. Cuando no lo necesitemos, respiraremos más profundo y a pleno pulmón.

Por lo menos, hoy tengo la certeza de que el gato de Schrödinger está muerto, las leyes de Murphy no se aplican y ningún ómnibus vacío me pasará desafiante por el lado… a no ser por esas limusinas azules que siguen paseándose desocupadas por las calles de mi ciudad, en franco desafío a los andariegos itinerantes.

Da igual. Después de esto, el Camino de Santiago será una buena meta. Aunque sea hasta Santiago de Cuba y el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, para darle las gracias por salir vivos de esta.

Porque, por el camino que vamos, será «Hasta Santiago a pie…»

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