En defensa del señor Guanajo…

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¿Guanajo yo? Orgullosamente, pavo.

¡Qué pena me da que la emprendan con el señor Guanajo! Aunque sólo sea en Cuba y la República Dominicana, endilgarle este adjetivo a alguien es lo mismo que decirle que es “tonto, necio o poco inteligente”.

Para contra y más, los cubanos se lo achacamos al pavo doméstico sin ningún conocimiento de base: están muy lejanos ya los tiempos de que era “ay, qué bueno, qué bueno… un guanajo relleno”. Como el danzón de Ignacio Piñeiro, algunos lo recordamos. Como plato en la mesa, solo unos pocos elegidos.

Mientras al robusto volátil —que le gana al pollo tanto en calidad como en masa muscular— lo conocen y respetan a todo lo largo y ancho del planeta, nosotros apenas si nos hemos empatado con él en su forma más miserable y tendenciosa. Picadillo de pavo, en el mejor de los casos.

A ver quién es el guanajo ahora.

¿Es guanajo el guanajo?

Para ser tan acusado y vilipendiado, el bello pavo es una de las aves de corral más exitosas y expandidas en todo el mundo.

Imagino cual sería el asombro de los europeos cuando vieron a esta gallinácea tamaño familiar —ellos, acostumbrados a la gallina vieja y las perdices de los cuentos, que aunque se las da de exquisita hay que comerse diez— picoteando de lo mismo que pica el pollo en los bosques de América del Norte.

De hecho, cuando llegaron, ya los amerindios los tenían domesticados y comían mierda alrededor de los tipis. Amantes de la paz, incluso se los ofrecieron a los colonizadores para que no se muriesen de hambre en el invierno. El hombre blanco se quejó entonces que le dieron muy poquito, y se arrogó el derecho a exigir más… a mosquetazos.

Con ello, los amerindios pasaron a quedar como verdaderos guanajos por transitividad. Y los orgullosos pavos pudieron comenzar su lenta conquista de Europa.

¿Lo has visto bien?

Para los cubanos en especial, muchos de los cuales no hemos visto un guanajo real en nuestra puñetera vida, les comento que es un ave realmente hermosa. ¿Tonta? Ejem… digamos dócil. Romántica, incluso.

Por lo menos, está mejor dotado que la gallina: pese a su maciza construcción, es incluso capaz de volar. Vale, distancias cortas. Pero negarlo es como decir que los hermanos Wright no son los padres de la aviación porque su vuelo solo abarcó unas pocas decenas de metros. Pa tonta, la gallina entonces… pero a esa nadie la ofende, porque casi siempre la tenemos en el plato, si hay suerte en las colas.

Otra ventaja del bello pavo es su ritual de apareamiento. Nada de harenes: el guanajo macho tiene que trabajar el paño y meter un buen meneo de plumas antes de tener su guanajita echá.

Aquí enlazo con otra expresión muy cubana: tener una guanajita echá equivale a preservar una parte del patrimonio para tiempos difíciles, unos dinerillos de reserva.

Así de valiosos veían nuestros guajiros los huevos de pavo, mientras se reían de las murumacas que hacían —y hacen, a mucha honra— los ejemplares machos para ganar el favor de sus féminas, por demás mucho menos vistosas que ellos.

Me importa la cabeza de un guanajo

Del guanajo, lo único que no se aprovecha es la cabeza. Tal vez por eso el cubano la desprecia como algo nimio, sin ningún valor. Aunque, en realidad, tengo mis dudas sobre la procedencia del picadillo que tanto consumimos.

Comoquiera que fuese, tanto carne como plumas tienen valor comercial. Incluso hasta el pescuezo de este bello plumífero se utiliza en recetas muy propias del Oriente de nuestro país. Con poca grasa, menos colesterol y abundante en proteínas, fósforo, potasio, magnesio y selenio y un peso entre los 8 a 14 kilos, más guanajo lo será usted si no elige al pavo por encima de otras aves de corral.

¡Ah, perdón! Es que no hay. Así que, amigo y coterráneo cubano mío, me perdona… pero más guanajo lo es usted.

Desde un baile hasta un pueblo

No obstante a lo despectivo que se le asigna, algunos lugares en Cuba dan al guanajo la importancia que merece.

Por si no lo sabes, en el Municipio Imías en Guantánamo aún se cultiva un baile creado por españoles y franceses llamado “El baile de la Guanajá”, dónde se hace un corro de parejas alrededor de un solista central, que imita los movimientos de cortejo del orgulloso y colorido pavo y pretende robar una de las muchachas del ruedo. Cuando lo hace, el bailador burlado pasa a ser el guanajo de turno y se repite el ciclo.

Otro ejemplo del impacto del pavo en el acervo cubano es la localidad de Guanajay, fundada en 1650 y una de las villas más prósperas de Vueltabajo. Ahora adosada a Artemisa, Guanajay (antes Guamuhaya) honra en su nombre a los primeros criadores de esa ave de corral en el asentamiento.

Curiosamente, el gentilicio es guanajayense. Parece que les ofende que les digan partía e guanajos.

¿Guanajo? A mucha honra

Por mi parte, yo no tengo nada en contra de esta ave portentosa. Es más, me han llamado guanajo tantas veces que hasta me siento identificada con ella.

Gracias a mi supuesta “guanajería”, puedo afirmar que soy un poco más feliz que muchos de los miembros de mi generación.

Básicamente, hago lo que me gusta hacer y oídos sordos a quienes me tildan de guanajo: me da igual que con más de cuarenta tacos disfrute del anime, me guste jugar videojuegos, sea metalero o aún me dedique, la mayoría del tiempo, a escribir pavadas como la que estás leyendo ahora.

Porque si has llegado hasta aquí, sin huirle a un texto largo en defensa del señor Guanajo, eres tan “tonto, necio o poco inteligente” como podría serlo yo.

Y mucho me alegro que quedemos guanajos en este mundo, que nos dediquemos a robarle la comida de lo que pica el pollo, volemos distancias cortas —pero volamos, ¡qué caray!— y nos desvivimos por entretener a nuestras damas.

Todo esto sin miedo a hacer el ridículo, porque cuando nos dicen, con todo el cariño del mundo, “guanajos”… es señal que hemos tocado una cuerda que la hace vibrar.

Lo cual, su señoría, evidencia que hay una guanaja para cada guanajo de este mundo.

Así que es hora ya de que me deje de guanajería y vaya a escribir algo de provecho para llenar mi alacena y mantener la salud de mi guanajita echá. Que quiero ver si compro picadillo de pavo este fin de semana.

Y recuerda: si ya has leído hasta aquí, un “me gusta”, un “compartir” o un comentario no cuestan… pero estimulan.


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1 comentario en “En defensa del señor Guanajo…”

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