El lugar de mis consuelos

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Mis peores rivales no están vivos y es quizás por eso
que pueden aventajarme sin hacer ni puto esfuerzo.
Solo deben acechar en tu memoria y ser
tan luminosos como tus ojos vieron.

Fue tan breve y corto el tiempo que brillaron
para luego marchar, que no hubo tiempo
de vivir sus errores, ver sus manchas, temer,
sentirte insultada, vejada, ofendida…

Aunque reconocer debo que te quisieron,
con el ansia inmediata, el gozo pronto,
—ese mismo que tú también pedías y dieron.

Es entonces que yo, un pobre iluso,
siempre seré el menor de todos ellos:
No seré Moliere, Jorge Santiago,
ni Italo, ni Collazo, aún menos Chejov.

¡Pero!
aún me queda la esperanza de un perdón
—y un trapo viejo—
que limpie tu memoria de lo malo,
y me eleve, quizás, cuando esté muerto.

Porque nada puedo hacer: no hay competencia
con quien partió, contra el efímero, el que no está,
el que es recuerdo. Si yo me quedo para errar, si no me rindo,
pues mi meta es ser último en amor,
nunca no primero..

–Álex Padrón, julio 2024 (revisitado)

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