Más sobre cierres y finales (y un secreto personal)

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Si has llegado a este post pensando que hablaré sobre terminar con tu pareja…lo siento, esta es la continuación de un primer artículo que dedico a los finales literarios.

Aclarada la duda, pues sigamos en lo nuestro: construir el final adecuado para la historia perfecta. Justo antes de terminar te contaré un secreto, que espero no se lo digas a nadie.

Los cuatro pilares del buen final

Alberto Guerra Naranjo, que además de un gran escritor es un excelente pedagogo, me explicaba una vez que los relatos debían seccionarse en la consabidas tres partes —inicio, desarrollo y desenlace—iguales en importancia y también en extensión.

Aunque esto no se cumple a rajatabla en las novelas, es una buena guía para prestar la debida atención al final, así que:

Mantén el ritmo

Tal como el lector, el escritor se emociona y está tentado a llegar a la conclusión lo más rápido posible. Es el momento idóneo para dejar de teclear y atender el jardín, hacer los mandados o sacar a pasear al perro.

Hay que mantener el ritmo de la historia, y como mínimo te falta el 33.3% de las cuartillas totales cuando comienza a acercarse el final. Muchos cuentos que pueden ser magníficos se cierran a la carrera, tal como muchas novelas horribles solucionan todo el conflicto construido en el último capítulo.

Esto puede valer para las telenovelas mexicanas y brasileñas, pero no para la literatura. Los finales han de ser graduales y tan pausados como el resto del relato, conduciéndose elemento a elemento: incluso si es un final sorpresa, hay que dar indicios para que no te saques de la manga un deux ex machina.

Si tienes fecha límite para un concurso o para presentarlo en una editorial, pues te aguantas o presentas el año próximo. Igual, si el final no está a la altura, ni ganas ni publicarás. Recuerda siempre la cagada de la última temporada de Juego de Tronos y no caigas en la tentación de acelerar el paso.

Mantén el tono

La misma recomendación del ritmo vale para el tono: si vas en cuerda de comedia, el final debe dar risa, y al revés. Está claro que el tono de tu historia puede ir evolucionando y cambiando en la medida que el relato avanza, pero no porque estés finalizando hay que cambiar de palo para rumba. Si lo haces, tiene que estar muy, muy justificado y resultar en el mejor final posible para esa historia.

Recuerda que un relato es, al final, una historia que marcha poco a poco a su cierre. Cambiar de tono no ayuda en nada a construir empatía y emocionar al lector.

Cierra el arco de los personajes

El lector tiene que tener un cierre satisfactorio para los personajes de tu historia, justificando ese amor que ha sentido por ellos. Recuerda que durante todo tu relato ellos han seguido a tus héroes en un viaje, que no puede carecer de sentido en el final.

Es cierto que en la vida real a cualquiera lo puede atropellar un auto en un descuido, que caiga una maceta desde un balcón y te rompa la crisma o que, en un golpe de buena suerte nos toque la lotería. Pero la literatura NO ES la vida real, ni leemos para experimentar el mismo azar cotidiano al que estamos sujetos.

Leemos para saber cómo los personajes lidian y superan (o no) sus conflictos, así que esa es la razón a la que cómo autores nos debemos. Si el lector no ve evolucionar a los personajes y transformarse para solventar el conflicto, la historia que le contamos le parecerá inútil y vacía.

No dejes cabos sueltos

Asegúrate que al final todas las interrogantes hayan sido resueltas y todas las pistolas de Chévoj, disparadas. Revisa el texto y mira los indicios y pistas que has dejado regadas y justifícalas, elimínalas o incorpóralas para que todo quede cerrado al final con un bonito moño.

De otra forma, el lector se va a sentir engañado y se preguntará por qué has usado tantos indicios para desviar su atención. No está mal dejar en el aire algún elemento si la historia continúa en la siguiente entrega de una saga, pero incluso este no puede tener relación directa con el desenlace.

Cuando el rompecabezas se complete, no puede faltar ninguna pieza. Y, si sobra alguna, ya será para la próxima historia.

El procrastinador de finales por excelencia

¿Te es difícil terminar? Comienza por ahí

Quizás por ello tengo la costumbre de comenzar a escribir mis novelas justo por el final. Puede que luego agregue algún capítulo de epílogo, pero siempre estoy seguro de qué es lo que va a pasar y cómo conducir la trama hacia el clímax.

Luego, me aseguro de encontrar el punto de partida que más se ajuste a este final. Así que solo me queda conducir al lector del punto A al B. Cuando se tiene claro el principio y el final, hay muchas formas de recorrer el camino —con sus cimas y sus llanuras argumentales— sin perder el rumbo.

La literatura no es contar una anécdota curiosa que intrigue al lector, sino confrontarlo con un conflicto que se va desentrañando hacia el final. Si no sabes cómo termina tu historia, vas a estar en los zapatos del lector cuando no tenga ni idea de cómo tus protagonistas van a salir del berenjenal en que los pones.

Otra de las ventajas de conocer el final es poder ubicar las pistas necesarias para llegar a él a lo largo de la historia. Esto deja una bonita sensación en el lector de que lo tienes to pensao y cada elemento tiene una razón de ser.

Y, finalmente, conocer el final da equilibrio entre la sorpresa y la coherencia de la obra. Escribirlo primero garantiza que el final es el clímax y apoteosis de la historia. Así se puede construir todo el relato apuntando en esa dirección y garantizar que el lector quede impactado por ella. Cierto que hay buenas historias que concluyen sin penas ni glorias, pero califican en la categoría de olvidables. No tienen emoción.

Al mismo tiempo, saber a dónde vamos permite mantener la coherencia y que el lector no llegue a las últimas páginas sin saber realmente cómo ha llegado allí.  

Otra vez pongo a Juego de Tronos como mal ejemplo de final: cuando comenzó, ni los guionistas ni el propio escritor sabían en que iba a terminar. El resultado final fue un largo preámbulo para un cierre a como diese lugar, con mucha sorpresa y poquísima coherencia.

(Continuará)

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