¡Jamás mi brazo a torcer!

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A lo largo de mi vida, ¡mira que he cometido errores! De poco vale arrepentirme de ellos, porque junto con mis éxitos son los responsables de que esté escribiendo aquí y ahora. Pero, mirando hacia atrás, al menos tengo la capacidad de reconocerlos.

Puede que uno de los más serios haya sido poner en la boleta de las carreras universitarias “Ciencias farmacéuticas” en primera opción. En realidad, yo quería dedicarme a las letras… Lengua y literatura inglesa (más por el lado de la literatura que de la traducción), pero nada.

Le tenía pánico a la prueba de Historia, porque no puedo vanagloriarme de mi capacidad de retener datos. Soy más de lógica que de memoria, pero gracias a mi madre (Licenciada en Historia devenida en Técnico de Rayos X, o al revés) y una guardia de 24 horas en el Frank País… al día siguiente paseé por la alameda la prueba de ingreso. Hablo de 99 puntos sobre 100, la mejor de mis notas.

Pero salí decente en el resto de los exámenes, así que ¿primera opción Farmacia? Pues toma y que te aproveche.

Aquí estamos, y en Roma haz como los romanos

Mi inicio de carrera coincidió con la arrancada del llamado Período Especial, el cual nunca ha terminado de forma oficial. La gran promesa de que Cuba iba a necesitar cientos de farmacéuticos para sus plantas de producción biotecnológica se hizo humito, pero en aquel momento no lo sabíamos.

Éramos más de 500 estudiantes de Farmacia en 1991. En 1996, no llegábamos a 50 los que nos graduamos. Las penurias se encargaron en decantarnos, además de que Ciencias Farmacéuticas no es una carrera jamón. El IFAL hizo lo que pudo por mantenernos vivos y funcionales, con cierto apoyo del Consejo de Estado (sobre porqué en el último año de la carrera nos lo retiraron, es tarea de otro post), pero casi era por gusto.

El mayor problema de estudiar Farmacia en esos años es que se acabaron los reactivos, los principios activos y había que inventar como sea para hacer una tesis de licenciatura que valiese para algo… aunque fuese para demostrar que eras creativo. Eso no era una cuestión que solo rayase al IFAL: en Cuba entera dejaron de producirse o importarse fármacos y había que resolver de una forma u otra.

Como tabla de salvación, el Ministerio de Salud empezó a mirar con buenos ojos a la Medicina Natural. Mis respetos a los colegas que se dedicaron a aislar e identificar productos activos de nuestra flora: realmente salvaron vidas. Yo era más afín a los ordenadores, así que me especialicé en Diseño Racional de Fármacos.

Con perdón por el libretazo —¡modestia, apártate!—, graduado con Título de Oro.

Pero con la Medicina Natural se colaron en el sistema de salud cubano ciertos parásitos que aún colonizan en grande. No era culpa de nadie: en la década de los noventa no había Internet, y con la falta de información muchos se fueron con la de trapo. Así, se hicieron maestrías y doctorados en cosas que no tenían absoluta y ninguna base científica.

Pero jamás daremos nuestro brazo a torcer.

Soplando las velas del barco equivocado

Imagina que eres un farmacéutico graduado en los 90, y has hecho carrera en algo que no tiene ningún basamento científico. Pero con la premisa del pacto ficcional, apagaste tu incredulidad y, sin información fidedigna, te tiraste de cabeza a la piscina y empezaste a nadar en lo que creías que era agua.

Pero era miel. Bueno, no exactamente: aquí vendría una imagen realmente escatológica, pero no quiero herir sensibilidades ni escandalizar a mis lectores.

Ya hasta el cuello, como científico y persona de buena voluntad fuiste más allá y desarrollaste la idea (por muy falsa que fuese). Pero en grande, como hacemos casi todo por aquí: convenciste a los que deciden pero no saben un carajo, creaste plantas de producción y comercializaste masivamente productos a partir de la miel…da en que no te quedó otro remedio que hacer tu tesis de grado.

Porque eres farmacéutico y quieres ayudar a los demás, sinceramente. Si no, hubieses hecho como un tercio (siendo conservador) de los que se graduaron contigo: decidir que no valía la pena e irte a hacer otra cosa, dejando tu título enmarcado en la sala de la casa, para orgullo de tu mamá.

Pero las dudas se empiezan a apilar a nivel internacional. Comienzas a tener más acceso a la información y descubrir que hay más artículos científicos rebatiendo lo que haces que apoyando tu trabajo. Y no en las mismas oscuras revistas con las que hiciste la bibliografía de tu tesis. Trabajos serios, de primera línea, en esas revistas dónde ni sueñas en publicar porque tendrías que tener un presupuesto millonario para hacer algo que ameritase llegar a ese nivel.

Para ponerle la tapa al pomo, la propia Organización Mundial de la Salud declara que tu área de trabajo ES UNA PSEUDOOCIENCIA. Organismo al cual estás suscrito.

En otras palabras, charlatanería y fanfarria de primera.

¿Vas a ser honesto y abdicar de tus títulos y logros, reconociendo que el agua de la piscina no era ni cristalina, ni inodora, ni insípida? No hombre, no. Te haces el chivo con tontera, tratas de que esa información no sea del dominio público, tapas tus oídos y empiezas a cantar tra-la-lá, tra-la-rí, tra-la-ló en un bucle interminable.

Jamás tu brazo a torcer

Porque, como gran científico, se supone que eres infalible. Se espera que seas infalible, porque de otra forma vas a tener que encarar a los miles (millones) de ciudadanos a los que has estado engañando como chinos. Y se cuestionará no solo lo que se hizo mal, sino todo el bien que se ha hecho.

Por suerte, tampoco esos decisores que engañaste sin querer están dispuestos a dar su brazo a torcer. No van a reconocer que han despilfarrado millones en hacer grandes piscinas olímpicas de miel. Y que se la han hecho tragar a sus congéneres, en el más puro estilo de los vendedores de tónicos milagrosos del lejano oeste. No hombre, no.

Somos infalibles y somos Dios. Ya pasará y alguien va a demostrar que teníamos de siempre la razón. Nosotros no, claro… porque con la nueva perspectiva, va y encontramos que hemos estado comiendo… miel por casi treinta años.

Pero la ciencia no es como las modas. No es cíclica. Si se demuestra de forma definitiva e irrevocable que algo no sirve, se desecha sin más.

Lo que pasa es que no hay huevos

Así, nos hacemos los de la vista gorda y pobre de aquel que levante su voz sobre lo aprobado en Consejo (de Dirección o Ministros). Y si es la comunidad científica mundial quien lo hace… pues tra-la-lá, tra-la-rí, tra-la-ló.

Es más: vamos a aprovechar la coyuntura de la pandemia y darle a beber de nuestras mieles a los grupos de riesgo. Así damos la impresión de que estamos haciendo algo —y no que estamos tan asustados que no sabemos que rayos hacer. Total: si bien no hace, mal no puede hacer.

¿Ves? En eso tienes todísima la razón. Porque todos tus productos terminados en –HO jamás han hecho absoluta y completamente nada.

Tú sigue malgastando los recursos de un país que no tiene ninguno, y aplasta con tu pulgar divino a quien diga lo contrario…

…sea un farmacéutico desclasado, un periodista sagaz o la propia Organización Mundial de la Salud. Y vamos a ver cuánto tardas, Randy, en decir que soy un mercenario pagado para decir la verdad.

Si alguien aún no lo tiene claro, homeopatía rima con porquería.

(Continuará)

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1 comentario en “¡Jamás mi brazo a torcer!”

  1. Hace algunos años, me parece que en Francia, un grupo bastante grande de personas cometió un «suicidio homeopático» para llamar la atención acerca del fraude que es este tipo de glóbulos sin muestras de principio activo (Avogadro no perdona) Y ocurrió lo que debía: luego de la ingesta de un par de frascos por cráneo, todos los participantes siguieron total y absolutamente vivos.
    En fin…

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