La balanza del destino

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Oscar Filosoff & Alex Padrón & Patricio Bazán

Photo by JJ Jordan on Pexels.com

Publicado originalmente en Taller 9, de Sergio Gaut vel Hartman.

La escena era espantosa, casi surrealista: la víctima yacía en la barra de la cantina sobre un mar de sangre, que nacía, seca, en cada orificio de su cráneo.

—¿Era demasiado pedir una noche normal? —suspiró Arturo.

—No sé por qué te apuntaste para este trabajo —dije, mientras tomaba la linterna para inspeccionar el cadáver más de cerca. No vi marcas de golpes ni heridas cortantes: parecía como si su cerebro simplemente se hubiese derretido.

—Echar vagos de las plazas… arrestar algún carterista, es una cosa, ¿pero esto? No, definitivamente no me apunté para esta mierda —replicó, mientras bebía un sorbo de café.

Me coloqué los guantes para examinar el cadáver. Moví las vestiduras buscando heridas ocultas, pero otra vez no pude encontrar nada. Era el tercer caso de muerte inexplicable en una semana. Si había un asesino tras ellos, no estaba perdiendo el tiempo; pero tampoco había ninguna conexión aparente entre los crímenes, excepto el hecho de que las víctimas habían sufrido múltiples hemorragias cerebrales momentos antes de perecer.

—¿Alguien vio algo raro? —preguntó mi compañero al oficial a cargo, mientras yo seguía empecinando en mi pesquisa.

—Todos vieron, pero nadie vio nada. Al parecer, el asesino entró al bar y se acercó directamente a la víctima. Dicen que apenas lo empujó, y luego este pobre tipo se desplomó como si el alcohol lo hubiese rendido. Todos estaban centrados en el fútbol: el cantinero dio la alarma cuando la sangre empezó a gotear.

—Bueno, si alguien detalló los movimientos del presunto asesino, tenemos entonces una descripción.

El uniformado se echó a reír, como si hubiese hecho un chiste genial. Ante mi cara severa, apuntó con el índice izquierdo al techo pidiéndome un segundo. Con la derecha sacó un cuadernito de notas del bolsillo de atrás del pantalón, respiró hondo para contener la risotada y buscó la última página escrita.

—Esta es la descripción que hizo el barman, que es similar a la del resto de los testigos. “Cuando el tipo entró, todos lo tuvimos que ver: estaba vestido con uno de esos trajes de propaganda, de anunciar panchos. Fue directo a Gustavo, lo chocó y le dijo algo al oído. Luego River hizo un gol…”.

A pesar de la sangre y del cadáver, también tuve que sonreír con la imagen mental de un asesino disfrazado de tentempié.

—Al menos, sabremos el establecimiento que anunciaba.

—¿Con la final en marcha? Nadie se fijó.

Horas más tarde, ya en la oficina, recibimos el último informe forense y confirmamos que la extraña e insólita muerte coincidía con las otras dos víctimas. No había rastros de heridas, golpes ni de estupefacientes. Por esto, el forense se había decantado por catalogarlas de manera uniforme: muertes por causas naturales… si es que podría llamarse natural al hecho de caerse redondo, llorando sangre, poco después de haber sido abordado por una persona desconocida que te dice algo al oído

—Muy apropiado —gruñó Arturo en mi propio oído, leyendo el expediente por sobre mi hombro—. Un fanático de River que espera el gol de la victoria para morirse. ¿Es que no tendremos nunca un caso normal, por el amor de Dios?

Una alarma se disparó en mi cerebro. Maldiciendo entre dientes, eché un vistazo rápido a las otras dos carpetas.

Demasiado apropiado. Fíjate en esto: la primera víctima… el episodio fue veinte minutos después de que ganar la media maratón.

Arturo se encogió de hombros.

—Nada extraño para un cincuentón aficionado, que desde chico soñó con ganar un trofeo. ¿Qué pasa con la segunda víctima? —apuntó con el mentón.

—Adolescente que gana el Certamen Nacional de Voces Jóvenes. Esa misma noche, la encuentran ahogada en la bañera, llena con su propia sangre con una sonrisa de oreja a oreja. Luego, está nuestro amigo del bar: los tres mueren tras triunfar y cumplir un “sueño”. ¿Qué te parece, colega?

Arturo negó con la cabeza varias veces y sonrió antes de responder.

—¿Como si hubieran entregado su alma a cambio de un deseo, colega? ¿Estaremos tras los pasos del maligno?

—O inclinando la balanza del destino —continué mi línea de pensamiento.

—¡Vamos! Pedí un deseo… yo, pido un caso normal. —Obvio, Arturo no pensaba tomarme en serio.

—Pensátelo un poco: dicen los jugadores que la voluntad le da más fuerza a los deseos.

—El divorcio y el esoterismo no te ha sentado bien, compa. ¿Qué tendría eso que ver con las muertes?

—¿Sabías que una forma de aumentar las probabilidades de cumplir un deseo es entregar una pequeña porción de vida en garantía? Como un contrato con el destino. Ese contrato puede hacerse de forma consiste o inconsciente…

Mi colega dejó de tomárselo a guasa y sopesó la posibilidad por un momento. Luego hizo un mohín de desprecio.

—¿En serio pretendés que consideremos una intervención cósmica? Mirá, ojalá encuentren al tipo vestido de pancho y tenga una jeringa con restos de warfarina.

—¿Eh?

—El sangrado anormal puede explicarse por una fuerte dosis de anticoagulantes. Basta que el muerto del bar sea hipertenso y se caliente con el partido: subida de la presión arterial, aneurisma, hemorragia y ya está.

—Un modus operandi un poco rebuscado, ¿no te parece? Además, el informe dice que no había rastro de sustancias anómalas…

—No es más rebuscado que tu balanza del destino… ¿Eh, a qué viene esa cara?

Un desagradable estremecimiento recorrió mi cuerpo.

—Quizás no sea necesario ni siquiera un ritual. Bastaría un deseo anormalmente intenso.

Antes de que Arturo pudiera replicar, sonó el teléfono en mi escritorio.

—¿Diga?

En la medida que me informaban, de mi frente comenzaron a brotar hilos de sudor. Cuando colgué, temblaba como una hoja.

—No sé cómo es posible, pero el tipo del disfraz se presentó con información como para cerrar los tres casos… Arturo, amigo mío… ¿Cuán fuerte era tu deseo de tener una guardia normal?

 Su rostro se estaba amoratando, congestionado.

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