La gran moneda del sol de oro

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Joyce Barker Bucat, Álex Padrón & Zacarías Zurita

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Soy de los autores que disfruta interactuando y contrastando mi forma de escribir con otros colegas. Siempre se aprende mucho cuando las imaginaciones se potencian y entremezclan, como sucedió en este cuento a 6 manos con otros dos autores de Taller 9, de Sergio Gaut vel Hartman.


Hubiera deseado no involucrarse en tan tremenda responsabilidad, pero la oferta era tentadora y no estaba en condiciones de rechazarla. Sin embargo, tenía claro que el comienzo iba a ser antojadizo, irreverente y sorpresivo; al menos eso leyó en el libro en blanco, el que recibió junto con los escarabajos revestidos de piedras preciosas.

Los escarabajos aparecieron en la madrugada incrustados en el capó de su auto, como si fueran garrapatas. Los que estaban recubiertos de zafiros se mezclaban con los de esmeralda, y los de rubí con los de diamantes. Unos pocos exhibían sus cuerpos sin piedras. No fue difícil desprender algunos de la lata del auto, pero no quiso sacarlos todos. “¿Para qué?”, pensó esa vez, agarrándolos con cuidado. “No parece que estuvieran vivos”; pero sí lo estaban. Los guardó en una bolsa de terciopelo azul y los acomodó sobre la mesa larga, donde ya se encontraba el libro que había encontrado escondido en el fondo del buffet del comedor, al desprenderse una tabla, poco tiempo antes. Fue una sorpresa que le dejó sin habla.

El libro era un poco más grande que una biblia estándar, con tapas de cuero café y hojas no tan delgadas, de color blanco apagado. Sus bordes eran redondeados y, en los pliegos, un sello de agua con su nombre que luego desapareció, para transformarse en un extraño símbolo conocido. Estaba tan bien conservado que un inexperto lo hubiera confundido con una libreta de moda, vendida en alguna tienda de regalos.

La gran moneda del sol de oro, que venía en una pequeña caja de madera, no se le entregó ese día: dijeron que aún no era el momento y se la llevaron. Pero no le importó, porque sabía que existía y eso le bastaba para poder seguir investigando. Debía descifrar mucho, y otra responsabilidad adicional habría sido inapropiada.

Desde el principio supo que su tarea iba a ser ardua, pero tras los primeros meses entendió que era titánica. El trabajo de toda una vida, o de varias, a juzgar por todas las anotaciones al margen con diferentes grafías y tintas. En la medida que avanzaba en la comprensión del grimorio que le había sido encargado, con más ansias se adentraba en su estudio. ¿Qué otra cosa tenía que hacer, acaso? Las joyas engastadas en los escarabajos eran sustento más que suficiente para todos esos lujos que un día soñó y ahora no necesitaba.

Así que se prometió a sí mismo un año de trabajo incansable, más constante que ninguno de los libreros que le habían precedido, para cuando el encargo estuviese terminado llenar el vacío con un retiro más que holgado. Si detenía su labor era solo por la obligación de darle algo de alimento a su cuerpo.

Pero incluso eso dejó de ser necesario cuando descubrió que, cuando removía las gemas del lomo del insecto, podía comerlo sin problemas o ascos y sentirse lleno por días. No se sentía culpable por ello: el propio escarabajo cobraba vida por unos instantes y le pedía que lo devorase, entonando cánticos en una lengua, de la que ganaba comprensión en la justa medida que avanzaba en el libro.

Con la bolsa de terciopelo azul sobre las piernas, una barcina para los desechos cerca, la jarra de agua, su bolígrafo de fuente y la luz del bombillo incandescente como antorcha, no necesitaba más. Si el sueño llegaba, esporádico y breve, se permitía recostar la cabeza unos minutos sobre la tabla de la mesa, Pero siempre con una mano marcando las páginas donde había abandonado la lectura; con el temor que un viento inexistente las voltease y tuviera que empezar otra vez.

Sin darse cuenta, necesitaba cada vez menos descanso. Algo había en aquellos escarabajos que le producían una vitalidad impensada. Dormía cada dos días por quince minutos, tiempo en el que en sueños seguía buscando el misterio del texto.

Los vecinos se inquietaron al no verle por siete semanas, y decidieron llamar a la policía. Lo que encontraron adentro fue perturbador: una casa a oscuras, plantas secas, fruta podrida, el refrigerador putrefacto y el perro muerto sobre la alfombra.

 Le internaron y aislaron en el manicomio. A pesar de tener los cuidados necesarios, adelgazaba; no dormía, incluso con medicación. Su misión, decía, era revelar la verdad de aquel libro que le había sido dado, pero ahora no podía cumplir con ello, cosa que le azoraba.

Luego, su comportamiento cambió, para satisfacción de sus médicos. Ganaba peso, ya no se alteraba y descansaba más. Como querían documentar su caso, instalaron cámaras en la habitación. Lo que vieron fue escalofriante. Mientras se sentaba en la cama, desde las tuberías emergían escarabajos. Unos eran ingeridos y degustados como si fueran una exquisitez, otros corrían por el muro, dejando mensajes incomprensibles.

—¿Han visto? —dijo a quienes entraron en su auxilio, apuntando al muro mientras chorreaba algo de su boca—. Ellos me eligieron: es hora de portar la moneda —sonrió.

Un doctor, actuando con rapidez, le inyectó un sedante para que durmiese.

Las cámaras, a la hora de la revisión médica matutina, no mostraron nada anormal. Pero cuando entraron, no estaba. En el centro de la habitación, un agujero devoraba lentamente todo a su alrededor y parecía conducir a un abismo insondable, estelar, del que brotaban humores y lamentos.

En el muro ahora una frase anuncia, con letra clara, que el nuevo sol ha llegado.

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