15 Manías de escritor que se me quedaron en el tintero (Final, y no incordio más)

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¿Qué puedo decir? En mi afán de señalar algunas malas manías de nosotros que escribimos, y siempre haciéndolo desde el respeto y mi estricto punto de vista, han saltado algunos ofendidos.  Parece que algún sayo les sirvió de los enumerados en el primero de estos artículos, y también en el segundo.

Y eso que me he abstenido a propósito de poner ejemplos, ni de autores vivos ni muertos, para no herir sensibilidades. Pero nada: siempre hay a quien le molesto, por oscuras razones que escapan a mi comprensión de ermitaño confinado en su cueva.

Así que para aquellos que les resultan interesantes mis opiniones, y también para otros que me exigen credenciales y títulos literarios para escribir lo que me resulte conveniente en mi propia página, acá va el cierre de esta serie.

Lo siento si alguno se ve reflejado en estas 15 manías, pero tómenselo a guasa como lo hago yo.

Todos somos algo (muy) tontos

Clásica historia que solo puede funcionar en el supuesto que todos los personajes son tontos de capirote. No tienen ninguna iniciativa ni motivación personal, desafían la lógica y están ahí con la única función de bailar al ritmo que al escritor convenga.

Es el caso archiconocido de las víctimas que logran derribar al asesino en serie, y en lugar de machacarlo hasta hacerlo pulpa salen corriendo, dándole tiempo a que se recupere.

La pila de Lego

Ahora pasa esto, luego pasa lo otro, más tarde otro suceso interesante y al final, como no sé darle un cierre adecuado a la historia, pues la dejo tal cual. O mucho peor: me complico tanto en el argumento que la única solución posible es que todo sea un sueño.

Típico cuento que, al final de una lectura de taller, todos tienen ganas de tirarte vasos plásticos —pero no lo hacen, porque están llenos de té o algo un poco más fuerte.

Más complicado que el marabú

Típica historia que arranca muy interesante, pero se da tal enredada argumental por el camino que no se sabe si estamos leyendo una novela o un tratado de Física Cuántica.

Estas historias puede que tengan un final convincente, pero son tan enrevesadas que sofocan in media res cualquier esfuerzo por comprenderlas.

Miren como brilla mi cabeza

Historia donde se reconoce ingenio y buena factura, pero cuyo final es o un chiste privado para un puñado de aludidos o un derroche de erudición del autor que nadie entiende ni tiene ganas de entender.

Aunque esta sea el tipo de historia que el escritor se muere por contar, elude mágicamente la necesidad intrínseca de que la literatura solamente funciona si al lector le gusta. No es que seamos comerciales o facilistas, pero hay que acortar la rienda del ego.

Historia Level up

Muy socorrida en la fantasía, pero también en la CF, es el clásico argumento que uno esperaría de un videojuego —no demasiado bueno. El protagonista tiene que adquirir la Espada de los Poderes, luego el Anillo Brillante de los Nibelungos, El Manto Supremo de la Invisibilidad Infinita y demás sarta de baratijas/artefactos si quiere enfrentar a su némesis con éxito.

Este tipo de historias es madera para sacar trilogías, tetralogías y más logías. De los nombres de los artefactos a conseguir, mientras más rimbombantes mejor.

Un océano de oportunidades desaprovechadas

Manía de algunos escritores de, en medio de la acción, hacer que sus personajes tengan largas disquisiciones filosóficas en torno a que hubiera pasado si hubiesen tomado una decisión diferente cincuenta cuartillas atrás.

No dudo que jugar a Doctor Strange sirva para expresar dudas muy humanas en los personajes, pero para ello hay un tiempo y un lugar. También una línea de pensamiento coherente: mientras el protagonista cuelga de una mano del patín de un helicóptero, no tiene mucho sentido analizar qué hubiera pasado si llegaba a apagar la hornilla antes de quemar la cena de la noche anterior.

Información de carga frontal

Se ve mucho en los escritores de CF, que optan por en un par de cuartillas —párrafos incluso— por atiborrar al pobre lector de toda la información de contexto. De la forma menos didáctica posible.

A veces la carga frontal se esconde en un artículo insertado, una entrada de la enciclopedia galáctica o un “buen doctor” —perdón, Asimov— que detiene por completo la acción para darle al lector una vomitiva sesión de alimentación forzada. No digo que no sea necesario explicar, pero hay que dosificar la guayaba para que el lector no se atragante.

Carga frontal ab initio

Es lo mismo que la manía anterior, pero directamente al principio de la historia. El lector no tiene tiempo ni de desarrollar el mínimo de empatía con los personajes o el mundo, para que le importe un bledo que lo aturdan con información.

Pero, ¿y esto que es?

Justo al otro lado de la carga frontal, está la total ausencia de ninguna referencia de contexto en la historia. El argumento puede ocurrir en cualquier parte y en cualquier momento, sin dar un asidero al lector para que se entienda que está sucediendo.

Vamos, que por cuidarse de no atiborrar al lector, le dejan en un ayuno total: todo sin la medida justa es malo.

¡He hecho mi tarea!

El autor ha sudado y se ha quemado las pestañas de biblioteca en biblioteca, así que el lector debe aguantarse: volcará en su obra toda su recién adquirida erudición, dato a dato y fecha a fecha.

También ocurre cuando se ha currado al detalle la construcción de su mundo, y quiere que sepamos cuan en serio se lo ha tomado. El resultado son tochos llenos de datos y seres que no están ligados de forma definitiva a la historia, y que sería mejor organizar en una saga para no desaprovechar lo estudiado.

Se venden universos usados

Manía de algunos escritores de NO hacer su tarea. Es preferible tomar un universo ya construido, limar los nombres y pintarles otros por encima.

Esto ni siquiera es homenaje ni fanfic: es expropiación cultural en toda regla, porque los arquetipos empleados ya se han integrado a la cultura del lector. Ni siquiera merece la categoría de plagio. Es descaro, directamente.

¡Mira que tecnológico soy!

Muy vista en algunos escritores de CF, esta manía consiste en sumarle a la prosa algún elemento tecnológico en forma de adjetivo, para que el lector se convenza de que estamos en una época futura.

Lo curioso es que ahora mismo nadie anda quitándose sus gafas Rayban para mirar en su teléfono inteligente con batería de litio y recarga inalámbrica las cotizaciones del Bitcoin inmaterial, mientras en el pub la música techno cargada de ruidos de autotune deleita a hipsters sonrientes con sus pulseras ergonómicas.

Cuando la tecnología se populariza, se incorpora como algo transparente que no merece demasiada mención. En una historia, los personajes y sus motivaciones siempre deben ser el foco de atención para que el lector pueda sincronizar con ellos.

El autor de ojo bizco

Manía de algunos escritores de modificar de forma constante el punto de vista de la historia, en una especie de danza de mosca que salta de la perspectiva de un personaje a otro sin demasiada lógica. En su cambio constante, a veces confiere habilidades adivinatorias a sus personajes, que cuentan un segmento de la historia que no tendrían por qué saber.

Caricaturas con borrones

Manía que consiste en esbozar a un personaje como un arquetipo literario (el científico orate, el héroe incorruptible, la femme fatale, el mutante movido por la venganza) y arrepentirse sobre la marcha, confundiendo al lector.

A nadie le gustan los estereotipos, pero no se puede negar que existen y en ocasiones son útiles para pintar personajes que no tienen demasiada trascendencia con dos trazos. Detallar los hobbies y dilemas internos de todos y cada uno de los storm troopers de la Guerra de las Galaxias no es relevante.

El sesgo del rasgo único

Tendencia a caracterizar a los personajes con una sola característica: ser tuerto, cojo, tener una cotorra en el hombro o usar un tricornio puede que destaque, pero no define a nadie. Ni siquiera es un rasgo de personalidad, sino un atributo físico, que a veces es hasta intercambiable.

Vale para tomar puntos de referencia, pero incluso en esos casos se describe un poco más. En la vida cotidiana hasta decir “es por dónde va ese calvo más adelante” usualmente se acompaña del color de una prenda de vestir —por si hay un desfile de calvos.

Y hasta aquí el catauro de manías de escritor que he observado. ¿Te sientes identificado con alguna? ¿Has detectado alguna que falta en mis listas? Si es así, ¡déjame un comentario!

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2 comentarios en “15 Manías de escritor que se me quedaron en el tintero (Final, y no incordio más)”

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