Procrastinar ¿no es de vagos?

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Miro con desgano la enorme cantidad de trabajo pendiente que se acumula de a poco en mi agenda. Sé que debo darle una solución pronto, pero como diría mi hija, “me da flojera”.

De tal palo, tal astilla… pero no por eso he de decir que es mi niña vaga. Así que vamos a buscar una justificación científica para que su madre no me dé la chapa. Porque, en realidad, tanto ella como yo no somos perezosos ni manejamos mal el tiempo.

Solo somos procrastinadores. Y rockeros, pero eso es historia para otra reflexión.

¿Procrastinar es de sabios?

El término “procrastinación” deriva del latín procrastinare: dejar para mañana. Pero su raíz es mucho más compleja, porque también los griegos tenían una palabra para destinar este estado: akrasia, hacer algo en contra de tu mejor juicio.

Básicamente, es posponer una actividad que requiere esfuerzo y responsabilidad por otra que es gratificante, pero no tiene ninguna relevancia (ver una serie de Netflix, por ejemplo).

Seguir postergándolo todo me hace sentir mal, porque no solo me percato que lo hago a conciencia, sino que también es una mala idea. No obstante, procrastino de todas formas, por irracional que resulte.

La culpa no es mía o de lo que tengo que hacer: es de los estados de ánimo negativos que la tarea me provoca. Básicamente, se procrastina porque tenemos mal humor.

No dejes para mañana… sí, sí, cómo no

Mi problema no es de gestionar el tiempo, sino que no quiero enfrentarme con las emociones y estados de ánimo que la tarea me provoca: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento, dudas sobre mi capacidad y más.

Es gestión de las emociones, no del tiempo. Cuando pienso en cómo me voy a sentir cuando enfrente el trabajo acumulado me deprimo, así que busco una salida gratificante inmediata para no sentirme mal en lugar de lidiar con la tarea pesada.

En mi caso, como escritor me quedo mirando la hoja en blanco donde debe estar el inicio de mi mejor novela y me empiezan a asaltar las dudas: ¿será en realidad mi obra maestra o un bodrio? ¿Soy suficientemente bueno como para narrar la historia que tengo en mente? ¿La acogerá bien mi público? ¿Encontraré una editorial que la publique? Y otras sandeces por el estilo, así que recuerdo que debo pelar los ajos para la comida, o sacar la basura, o terminar de leer ese libro que dejé por la mitad… literalmente, cualquier cosa menos enfrentarme a la tarea que debo priorizar.

En otras palabras, me congratulo por procrastinar, diciéndome “mí mismo, eso es otra cosa que también tenías que hacer en algún momento”.

Pero sé que tengo que enfrentar a mis demonios, así que mientras más lo demoro más mal me siento, creando un círculo vicioso de culpa-necesidad. Esto se conoce como las “cogniciones procrastinatorias”, que generan angustia y mucho estrés.

Cómo si necesitara yo un poco más de eso.

Así que palante el carro

La procrastinación crónica no solo reduce la productividad, sino que tiene efectos destructivos en la salud mental y física: estrés crónico, angustia psicológica, síntomas de depresión y ansiedad, malos hábitos de salud, hipertensión y problemas cardiovasculares.

Ergo, es necesario no solo priorizar las necesidades a corto plazo, sino pensar con luz larga y avanzar, aunque la tarea adelante parezca digna de titanes.

Cierto es que el miedo a ese monstruo dispara alarmas en la amígdala que nos hace percibirlo como una amenaza genuina. Pero es aquí donde hay que subirse los pantalones y gestionar lo que sentimos a nuestro favor.

Para ello, hay una estrategia llamada “la mejor opción”, que nos llama a encontrar una recompensa mejor que procrastinar. Lo primero es perdonarme por haber caído en la procrastinación, lo que elimina el sentimiento de culpa. Luego, crear un sentimiento positivo de autocompasión, comprometiéndome a aceptar los desafíos con el mejor enfoque.

Eso es más fácil decirlo que hacerlo, pero pasa por buscar el lado positivo al reto que tengo que enfrentar.

Una raya más pal tigre

En un final, en el pasado me he enfrentado a la hoja vacía y ya tengo unos cuantos libros míos en la repisa. Al terminar cada uno de ellos, siempre he quedado con la impresión que era mejor que sus antecesores.

Si me funcionó ayer, funcionará mañana. Es la frase de Einstein que es de locos hacer lo mismo y esperar resultados diferentes, solo que al revés: si ya sabes que puedes hacerlo, repite los pasos.    

Así que voy a enfrentarme al reto una página a la vez, sin la presión de tener que ver el libro como un todo, sino disfrutando cada línea. Esta es otra herramienta muy útil para enfrentar un reto que amenaza sumirte en la procrastinación: no te dejas aplastar por la magnitud del trabajo que tienes que terminar, si lo ves como una serie de tareas pequeñas que puedes hacer con facilidad.

Esto se llama la “capa de autoengaño”, pero es buena porque nuestro cerebro puede manejar mejor el futuro inmediato que las estrategias a largo plazo: la motivación sigue a la acción, así que si comienzas a teclear la primera palabra de tu genial novela —cuento, obra de teatro, informe técnico— a esta le seguirá otra y luego otra.

¿Qué aún me dan ganas de procrastinar? Ok, entonces voy a ver las acciones que me son agradables como meta. Cada vez que termine una página, me permito ver 5 minutos de la serie que me gusta, o lo que sea que use como alivio de mi estrés.

¿Es una tarea nueva por completo? Entonces, tras terminarla podrás sacar experiencia para enfrentarte a una situación similar que aparezca en el futuro: será tu primera raya sobre ese tigre.

Tómate tu tiempo, y un té gratificante

No obstante, procrastinar es un acto existencial, que plantea preguntas sobre nuestra responsabilidad individual y el manejo del tiempo. Pero también nos separa de las eficientes y frías maquinarias de una fábrica: somos vulnerables a las emociones, así que queremos ser felices en las decisiones que tomamos.

Por ello, y tras procrastinar un rato escribiendo estas casi mil palabras, regreso a la pila de trabajo acumulado un poco más libre de cargo de conciencia.

Si has llegado hasta el final de este artículo y tienes mejor idea de por qué y cómo no debes dejar para mañana lo que puedes hacer hoy, no habré estado procrastinando.

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¡Solo hazme saber que estás vivo y no estoy tecleando al éter!

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5 comentarios en “Procrastinar ¿no es de vagos?”

  1. No puedo negarlo, yo también he procrastinado! Como se suele decir “Quién este libre de culpa, que tire la primera piedra!”
    Gracias por compartir.

  2. Para mi caso diste en el clavo con esto: «Aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento, dudas sobre mi capacidad y más». Sobre todo un poco frustado con las ganancias con Adsense.

    1. Y es que para procrastinar, lo único que necesitamos es ser humanos y tener algo que hacer. El orden es difícil y el caos más gratificante, pero hay que echarle conscientemente un poco de ganas para que las cosas avancen. Hay que trabajar bien, lo cual no quiere decir que haya que trabajar mucho.

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